El Hombre del Saco

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     ¿Cuántas veces nos han hablado del hombre del saco? ¿Cuántas veces nuestras madres nos asustaron con lo de que venía y nos llevaba en su enorme saco? Es curioso, con los años uno piensa, ¿Y como iba a meter a tanta gente en el saco? Y además, ¿cómo iba ese pobre hombre a costear el llevarse a tanta gente? Sinceramente, ya no se habla tanto de él. Muchos pensaréis que es debido a que con la crisis no puede permitirse el lujo de ir secuestrando gente por ahí, a diestro y siniestro, pero la realidad es muy diferente. No se lleva a nadie porque ya no lo necesita. ¿No me entendéis? Pues tranquilos, que os lo explico lo más sencillamente posible.

     Hace muchísimo tiempo en una pequeña aldea de algún lugar inexistente, existía una familia tan pobre que por carecer, carecían hasta de nombre.

    El cabeza de familia, León, era un hombre sin embargo conocido en el lugar por tener la inmensa suerte de ser un gran deportista. Era capaz de llegar corriendo desde una aldea hasta la más cercana en prácticamente un par de zancadas. Sus piernas no tenían músculos, eran un músculo con forma de pierna. Su torso era realmente increíble, comparable tal vez con un buen muro. Y por si su musculatura no le hubiese granjeado con más de una dama algún intento de formar una familia, su sonrisa era de infarto.

     Su esposa, Beatriz, era conocida en todo el reino por su belleza. Mujer realmente hermosa cuya fama se había extendido desde uno al otro confín. Pobre como una rata no soñaba con casarse con algún miembro de la realeza. Ni siquiera con algún soldado competente. Teniendo en cuenta que en aquella época la categoría personal se medía por la familia a la que perteneciese y a la vez, los hijos que no pertenecían a la realeza o nobleza eran soldados o sacerdotes, y teniendo en cuenta a su vez que Beatriz no tenía la oportunidad de contraer nupcias con alguien tan insigne, decidió casarse con León, que al fin y al cabo era un chaval majo, con buenas piernas, buen corazón, buena sonrisa y que al fin y al cabo le había dado a Beatriz unos cuántos motivos para querer unirse a él “de por vida”.

     De un hombre tan viril y fuerte y de una mujer tan dignamente hermosa debían nacer por fuerza hijos fuertes y guapos, tal y como mandaba la cuestión. Pero a veces la vida es un poquito bromista y nos depara algo que no esperamos. Julián, el primer hijo de esta singular pareja era guapo y parecía tener aptitudes al igual que su padre. María, la segunda hija de este matrimonio era bella como su madre, esbelta y soñadora. Pero Hugo… ésa fue otra cuestión. El destino a veces quiere jugar, y en aquella ocasión jugó, ya lo creo que jugó. Hugo era un chico “incómodo de ver”. No era feo, era más bien raro. Y bastante enclenque además. Vamos, que las malas lenguas del lugar no soltaron más habladurías porque en aquella época no existían los programas de cotilleo y los juglares tenían sus limitaciones.

      De esta forma Hugo se sentía un poquitín incómodo cuando iba a la aldea. Los demás chiquillos se burlaban de él y hasta le tiraban algún que otro tipo de alimento, cosa que tampoco estaba tan mal porque al fin y al cabo, falta les hacía en su cabaña. Sin saber muy bien cómo, el que Hugo fuese tan “incómodo de ver” les ayudó un poco en su economía familiar.  En fin, cosas que tiene la vida y el destino, que también tienen ganas de jugar.

      De esta guisa Hugo fue creciendo y la cosa se complicó. Ciertamente no había heredado la belleza de su madre, pero si se adivinaba en él algo del porte de su padre. Si bien de pequeño había sido bastante enclenque, y de hecho, al mirarlo no se le adivinaba demasiada musculatura, cierto era también que esos palillos que tenía por brazos y piernas eran más fuertes de lo que a simple vista se adivinaba. A veces, era capaz de cargar con sus dos hermanos a la vez, y no es por nada, pero si bien Julián era un chico esbelto, María ya no era tan esbelta como al principio. Igual de bella o más, pero un poquito regordeta, ciertamente.

    La gente del pueblo que al fin y al cabo se habían acostumbrado a la cara de Hugo, empezaron a llamarlo para trabajitos varios de fuerza. Trabajitos que Hugo hacía sin protestar, cosas pequeñitas, como mudar una carreta que se había quedado sin ruedas de un lugar a otro ahí a lo bestia, a pulso. O como aquella vez que lo llamaron para portar las alpacas de heno, y nuestro querido Hugo decidió que terminaría antes si cogía las mismas de diez en diez, en lugar de una a una como hacía la gente normal.

      En fin señores, que la envidia es muy mala, y sin bien nadie envidiaba la cara de Hugo, cierto es que su fama de fortachón empezó a extenderse por todo el reino. La idea era incluso que Hugo pasase a prestar su servicio de forma remunerada, a cambio de algunos huevos, o incluso gallinas, o algún que otro cesto de fruta. Realmente su familia dejó de pasar hambre.

       Pero lo mejor vino después. A un graciosillo vecino de la aldea se le ocurrió que Hugo podía ganarse la vida asustando a los niños. Sí, sí, amigos míos, habéis escuchado bien semejante barbarie. Este buen señor que no era más que un amargadillo de la vida que no soportaba el ruido de los chiquillos jugando en lo que ellos denominaban calles. Si bien de todos era sabido que las llamadas como tales no eran más que un cenagal asqueroso, y que los chiquillos no dejaban de tirarse al suelo empujándose unos a otros y refregándose contra todo hasta el punto de tirar en más de una ocasión algún puesto o caseta mal instalada. Por todo ello, un día en que este buen señor le había dado un poquitín de más a la jarra del zumo de la uva, decidió que Hugo podía presentarse por las noches en las aldeas y dar un sustillo a aquellos niños más revoltosos.

    Ni que decir tiene que al principio Hugo se opuso rotundamente. Pero la curiosidad fue muy fuerte y él pensó que tal vez no le vendría mal tener para variar algo de dinero en lugar de huevos o gallinas. Quién sabe, pensó, tal vez su fama llegase a la corte y pudiese “asustar” a niños más nobles e incluso principescos, vete tú a saber.

      Así, de una forma sencilla y práctica, Hugo comenzó con su empresa. En el desempeño de la misma se llevaba un viejo saco que tenía su madre para poder guardar en él los pagos que le hiciesen en especie. De todos era sabido que no todos tenían dinero, y había que entender que algunos pagasen su trabajo en especie. Además, ya dice el dicho, quizás proveniente de ésta época y situación, que la avaricia rompe el saco y Hugo no podía permitirse un nuevo saco, así que cargado con su cara “incómoda de ver” y su particular forma de moverse, todo ello removido con la gracia que le aportaba el viejo saco raído a su apostura, hizo que naciese el primer “hombre del saco”.

     Ahora es cuando ustedes pensarán que jamás oyeron contar tan absurda historia. Por favor, no se desesperen aún. La historia no ha terminado, porque no se si les habré comentado, que a veces la vida y el destino tienen ganas de jugar. Ejem, continúo, que a veces desvarío.

     Hugo comenzó a hacerse un nombre como “el hombre del saco”. Y en ello estaba cuando un día llegó a un nuevo pueblo un poco mayor que los demás. Como siempre que llegaba a un sitio nuevo se dirigió a la persona que se encargaba de “dirigir” el pueblo Por supuesto, hablo de personas normales y corrientes, pequeños carguillos, que a la realeza nuestro querido Hugo ni se le ocurría acercarse, no fuese que un rey loco decidiera colgarlo o quemarlo por feo y raro.

      En estas meditaciones iba nuestro amigo cuando en un río vio algo que jamás pensó que vería. Bañándose, desnuda por supuesto, había una joven tan hermosa que ni su madre ni su hermana podían competir con ella. La joven nadaba y nadaba en aquel río, en el que para su desgracia el agua estaba turbia y no le dejaba ver lo que quería con total claridad, pero no había que ser muy listo para saber que aquella joven debía de ser perfecta en más de un sentido.

      Arrebolado decidió que debía marcharse de allí con presteza porque si ella lo veía empezaría a gritar de seguro y se montaría una buena. Preocupado por todo esto decidió en un gesto impulsivo y aprovechando que aún el saco estaba vacío ese día colocárselo en la cabeza como una especie de caperuza. El saco estaba tan viejo y raído que le permitía ver a pesar de todo. Se lo sujetó todo lo mejor que pudo y se apresuró a esconderse de todas formas tras un árbol por si la divina providencia le agasajaba su tormentosa vida con una hermosa visión de aquella doncella al salir del agua.

      Recolocándose se hallaba cuando escuchó una especie de grito proveniente del agua para percatarse con absoluto asombro de que la joven tenía problemas y hacía unos movimientos muy extraños para aquella época. En nuestros días habría sido algo parecido al break dance acuático. Sin dudarlo un solo segundo corrió hacia ella sin pensar que tenía aquel feo saco sobre la cabeza y que por ende, no sabía nadar. ¡Que desastre! Imagínense si pueden por un instante qué debió sentir aquella joven cuando vio que un saco con patas se dirigía a toda prisa hacia ella vociferando y haciendo unos movimientos realmente extraños para además hundirse, toser, manotear, volverse a hundir… vamos que el saco con patas se estaba ahogando. Y es que amigos míos, nuestro Hugo era tan bueno que se le olvidó el pequeño detalle de que no tenía ni pajolera idea de nadar.

      La joven que simplemente se había asustado porque algo había rozado su piel bajo el agua reaccionó de momento y procedió a ayudar a aquel extraño sujeto que ciertamente la intrigaba sobremanera. Cuando le echó literalmente mano para sujetarlo, el dichoso saco empezó a manotear de nuevo y al hacerlo rozó partes del cuerpo de la muchacha que propiamente no debió rozar. Sin embargo, Hugo que no era tonto, alucinado como estaba se tranquilizó un poco al notar determinada protuberancia en su mano, y si bien retiró la misma como si de fuego se tratase, esto ayudó a la joven a sacarlo a la orilla. En estos menesteres estamos cuando los lacayos y doncellas de la joven al escuchar tal alboroto, acudieron prestos a ver que ocurría encontrándose la extraña situación.

       La joven decidió que el saco lo necesitaba más ella que él. Al fin y al cabo, iba como su madre la trajo al mundo y no era digno de una dama. Presta, le dio un tirón a la cuerda que sujetaba el saco en su sitio y lo arrancó de la cabeza de Hugo para colocarlo de tal forma que tapase lo mejor posible sus partes púdicas.

       Al hacerlo tanto Hugo como ella se quedaron petrificados. Él por el susto, el sobresalto, el recuerdo de aquella protuberancia… ella porque la cara de Hugo era… ¡magnífica! ¡Cómo podía existir un hombre tan guapo en el mundo! ¡Señor, era perfecto!

      Se quedó ahí parada como una tonta mirando embelesada a aquel hombre que tapaba aquel maravilloso rostro con un saco. Debía estar loco. Era la única explicación posible. Sus rasgos eran tan… varoniles. Su nariz aguileña, sus profundos ojos, esa mandíbula cuadrada… era perfecto. Y su cuerpo… tan esbelto…

       Hugo no daba créditos a lo que estaba ocurriendo. Al fin y al cabo en un par de microsegundos aquella muchacha se pondría a gritar como una histérica. Seguro. Y encima no podía quitarle el saco porque la chavala en su afán de salvarle la vida no se había puesto aún la ropa. Pero aquella muchacha no gritó. Al contrario, le miraba de una forma extraña que le hizo sentir un cosquilleo inminente. Algo no iba bien. Ya conseguiría un saco en otro sitio, debía huir de ahí inmediatamente.

    Por ello, ni corto ni perezoso se levantó del lugar correspondiente, aún tosiendo y babeando, bonita imagen por cierto. Se alejó de la joven, humillado, asustado y sintiendo algo extraño, nuevo y diferente. Por una vez en su vida deseó con una fuerza bestial ser guapo. Ella se quedó allí pasmada como si de una piedra se tratase. Cubierta con aquel saco asqueroso y con la boca abierta en una actitud de incredulidad. Cuántas veces le había pedido a las estrellas que les mandase un hombre diferente a los demás. ¿Cuántas? ¿Decenas? ¿Centenas? ¡Miles! Ella no quería un guapito de cara como los esposos de sus hermanas. Quería un hombre de aspecto duro y fuerte que proclamase seguridad.

      Así que como a veces la vida y el destino quieren jugar, ambos se quedaron marcados por aquel momento. En el caso de Hugo la cosa fue terrible ya que decidió partir lo más lejos posible a fin de evitar futuras vergüenzas mayores.

      Pasó cuatro días en una aldea cercana y decidió que debía volver a casa. Su espíritu estaba dañado y ya no le satisfacía hacer su trabajo. Además, eso de coger a los niños, meterlos en el nuevo saco que era más áspero, gordo y resistente  era un rollo. Tenía que soltarlos antes porque corrían el peligro de asfixia y no era lo mismo. Necesitaba otro viejo saco raído como antes, de esta forma podía retener a los chavales un rato mayor y los asustaba más dejándolos en la puerta de su casa a altas horas de la noche.

      Ya regresaba a casa cuando al cruzar el bosque fue apresado por unos soldados. No tenía ni idea de por qué. No había hecho nada malo. Sólo su trabajo. El temor le invadió las entrañas. Recordó de nuevo a la joven y pensó que tal vez ésta malinterpretase su manoteo en el agua y su roce involuntario de lo que no debía. De todas formas decidió no forcejear. Sabía perfectamente que con su fuerza podía tirar a todos aquellos soldados al suelo como si fuesen de juguete. Pero algo en su interior le apercibió que se abstuviese de ello.

     Al llegar al pueblo y entrar en el castillo esperó con temor el momento en que sería arrojado al calabozo. Pero ese momento no llegó. Al contrario, lo llevaron directamente al salón del trono donde su Majestad el Rey le habló directamente.

-¡Eh! ¡Tú! ¿Cómo te llamas, plebeyo?
- Hugo, Majestad.
- Te preguntarás que haces aquí.
- Sí señor, así es.
-¿Recuerdas a mi hija Mónica?

     Al decir esto, Hugo se atrevió por primera vez a levantar la cabeza. Un ¡ohhhh! Se extendió por toda el salón del trono. Hubo quien incluso retrocedió varios pasos por si la fealdad se contagiaba. Pero él no percibió nada de esto. Sus ojos estaban fijos en aquella joven hermosa y bella que días antes había visto en el río. ¡Vaya por Dios! ¡Era la hija del rey! ¡Iban a colgarlo!

    A punto estaba de hacerse en los pantalones algo indebido para cualquiera, no sólo para un caballero, cuándo el rey bajó presuroso los escalones que los separaban y se abrazó a él con gran estruendo en el resto de la sala.

-¡Gracias hijo mío! ¡Gracias por salvarle la vida a mi hija en el río!

     Tras volver a colocarse la mandíbula en su sitio, pues justo es decir que se le cayó de pura incredulidad, iba a aclarar la situación con el rey cuando se fijó de nuevo en el rostro de la princesa. Estaba… ¡feliz! Ella lo había planeado todo. ¡No le temía! ¡Le gustaba! Por fin le gustaba a alguien, y nada más y nada menos que a una princesa bella y hermosa.

      La joven se acercó a él y le tomó las manos.

-Joven caballero. Gracias por salvarme en el río. Por favor, permitid que mi padre os lo agradezca quedándoos a cenar. Sabemos de vuestra importante labor en el reino, pero os agradeceríamos que nos acompañarais en el banquete que vamos a ofrecer en vuestro honor.

Al oír las palabras de la reina, los nobles, damas y demás asistentes a este acto quedaron estupefactos, pero eso sí, como dignos “pelotas” de sus majestades, guardaron silencio y aceptaron a Hugo como uno más.

La princesa estaba realmente alucinada con aquel hombre que se veía tan fuerte y diferente a los demás. Hugo estaba tan emocionado por primera vez en su vida que no se molestó en desmentir lo ocurrido. Total, qué más da. Tanto monta, monta tanto.

  En poco tiempo se celebraron los esponsales de Hugo y Mónica. La familia de Hugo no podía dar crédito a lo que veían. Pero así era. Aquel chaval había llegado a ser nada más y nada menos que el príncipe del reino.

  Sobre las futuras generaciones es mejor no hablar ahora. Sólo puedo adelantaros que yo escuché hablar del hombre del saco y no soy de la Edad Media. Algo me dice que los hijos de esta pareja singular no fueron todos guapos y que la tradición familiar se siguió llevando a cabo. Sinceramente, no lo sé. Tampoco me interesa porque al fin y al cabo me conformo con saber que los feos podemos llegar muy lejos.

    Y colorín colorado, esta historia se ha acabado. 




Violeta

Objetivo de la semana 5

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¡¡¡Por fin hemos cumplido un mes de nuestro proyecto salud!!! Al principio fue algo duro pero ya pasó ja, ja. Llegados a este punto deberíamos repasar los objetivos que queríamos alcanzar cuando comenzamos y ver nuestros progresos, que son muchos.

Este mes ha sido para coger el hábito y acostumbrarnos a movernos un poco, dejar la vida sedentaria y cuidarnos por dentro al igual que por fuera, que eran nuestros objetivos a alcanzar a corto plazo. Para alcanzar los de a largo plazo hay que modificar nuestros objetivos de la semana para ir un poco más allá.

Los nuevos objetivos son:

  • Comer dos piezas de fruta al día.
  • Comer verduras en una de las comidas principales.
  • Comer un dulce al día como máximo (o chuchería o helado o bebida refrescante).
  • Beber 2 litros de agua al día.
  • Correr (trotar) o marchar a paso muy rápido 3 días de la semana durante 20 minutos.
  • Andar una hora 2 días de la semana.
  • Realizar otro tipo de deporte 2 días a la semana.
  • Hacer 3 series de 25 abdominales antes de dormir (o después de realizar el deporte).
  • Aplicar crema reafirmante después de la ducha (para evitar estrías y descolgamientos).
  • Dormir al menos 8 horas al día.
Aquí está la temida carrera en lugar de la caminata, pero sólo serán 20 minutos durante tres días de la semana y no se va a notar la diferencia después de haber cogido el hábito de andar durante una hora esos tres días. Visto desde el lado bueno, estamos ahorrando tiempo je, je.

Puede que lo de dormir 8 horas suene repetido y mucha gente lo considere innecesario para el proyecto salud, pero es uno de los pilares fundamentales de la salud física y mental. Durante el sueño prácticamente todas las células del cuerpo se regeneran y se restauran los niveles apropiados de todas las sustancias necesarias para vivir que tenemos en nuestro interior, por lo que siempre hay que tenerlo muy en cuenta y no menospreciarlo.

Dicho todo esto, ¡¡buena suerte esta semana!!

El Mago del Tiempo

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Robian caminaba con la cabeza agachada y algo oculta con la capucha de su capa. Hacía sólo unas horas que había llegado del bosque a recoger leña, notaba un cansancio intenso. Estaba triste y deprimido. Su familia era pobre aunque tenía lo imprescindible para vivir, sin embargo todos debían aportar su granito de arena o en más de una ocasión algo más que el granito de arena. Hoy como siempre, intentaría acostarse temprano. Mañana era un día especial. Era el cumpleaños de su hermano pequeño, Micha, y también el suyo, en las familias pobres los hijos cumplían casualmente años el mismo día.

   Micha, era un joven inquieto. Se pasaba horas jugando a formarse como caballero. Tenía una espada de madera con la que simulaba matar ogros y Trolls para después ser felicitado y aclamado por alguna bella hada o princesa. Era increíble la imaginación que podía llegar a tener Micha a su corta edad. Aquel día cumplía 8 años, justo la mitad de los que cumplía Robian.  

    Al día siguiente Robian salió al amanecer. Como cada mañana lo primero que hizo al levantarse fue echar un vistazo a su hermano que dormía plácidamente. Quería hacerle un regalo a aquel granujilla. No tenía dinero para comprar nada pero no se le daba mal la madera. Por ello decidió salir a recoger la leña que necesitaban como hacía cada mañana y al mismo tiempo recoger algún tronco que le sirviese para poder tallarlo y hacerle a su hermano alguna bonita figura. Últimamente hablaba mucho de no se qué duende que les visitaba por las noches. No quería por tanto potenciar su imaginación aún más tallando algún tipo de ser mítico e inexistente. Por ello haría algo más profesional o en todo caso más práctico. Ya tenía una espada de madera, le haría algún tipo de cuchillo para el cinto o algo así que le ilusionase en sus batallas imaginarias.

     En esos pensamientos estaba cuando al acercarse al río para lavarse la cara le pareció ver un suave destello en el agua. Se inclinó un poco para ver de qué se trataba pero no vio nada. Probablemente algún tipo de pez con su brillante piel había lanzado aquella suave luz. Al introducir las manos en el agua vio de nuevo el destello… sí, era un pez, pero ¡era enorme!... De pronto algo emergió del agua, o mejor dicho alguien. Ante Robian se encontraba la joven más hermosa que él nunca hubiese imaginado. Era prácticamente una niña, rubia y ojos color miel. Su cuerpo estaba cubierto por una especie de tela que más bien parecían escamas de un intenso color anaranjado. Era realmente hermosa y su voz sonaba cantarina.

-Hola dulce Robian.
-¿Quién eres tú?- Robian estaba sorprendido y a la vez algo atemorizado.
-Soy Rayana. Ninfa del agua. Habito en este río desde… hace mucho tiempo.
-No creo en cuentos ni leyendas
-Lo sé pequeño Robian. Llevo mucho tiempo aquí y sin embargo jamás me has visto… hasta ahora
-¿Por qué ahora?
-Porque tengo un mensaje para ti. Ya tienes dieciséis años. Eres adulto en nuestra tierra y tendrás un legado muy importante que cumplir. Vas a conocer a un hombre importante y  sabio. Él te tomará bajo su protección y te hará entrega de un hermoso regalo que tendrás que cuidar.
-¿Por qué yo?
-Porque en otro tiempo, otro lugar y otra época fuiste uno de los nuestros. Pero ésa, joven Robian, es otra historia.

   Dicho esto la bella joven desapareció bajo el agua tal y como había surgido dejando a Robian temblando al borde la orilla.

   Como si nada hubiese pasado, el joven tomó su hacha y su saco, colocó ambos a su espalda y se internó en el bosque para no perder demasiado tiempo. Pronto el sol calentaría mucho y sería pesada su labor. Apresuró el paso preguntándose a si mismo si lo que le había parecido ver era real o había tomado mucho sol el día anterior. ¡Qué locura! ¡Una ninfa! Él no creía en hadas, duendes o magia alguna. Eso era para pequeños como Micha que no tenían otra cosa en qué pensar y gustaban en perder el tiempo.

   Observó que el bosque parecía hoy ligeramente distinto. No podía creerlo pero… se había perdido. Parecía mucho más espeso, más profundo e incluso más ¿intenso? Como si los verdes y marrones del bosque se hubiesen intensificado. Absorto en ello no se percató de que había un ser observándolo hasta que prácticamente se topó con él. Era un hombre de unos veinte años envuelto en una capa marrón oscura que había vivido mejores épocas. Su mirada era profunda, gris y cautivadora. Tenía la nariz aguileña y era fuerte y robusto.

-Buenos días joven.
- ¿Quién eres tú?
- Y… ¿dónde están tus modales? En primer lugar amigo mío, has de dar los buenos días. A continuación y con amabilidad, me presentaré a ti. Me llamo Lucius.
- Perdón. Hoy llevo un extraño día. He de proseguir mi camino.
- Ya veo. Has de recoger leña, hacerle un regalo a tu hermano… tienes muchas tareas por hacer.
-¿Cómo sabes todo eso?
- Yo lo sé todo joven Robian. Conozco todo lo relacionado contigo.
- ¿Te conozco? Tu rostro me es familiar…
El extraño soltó una sonora carcajada.
-Todo a su debido tiempo amigo mío. Ven, te enseñaré un lugar donde hay hermosa leña y después te ayudaré a volver a casa.

    Robian sabía que no podía fiarse de desconocidos, pero a la vez aquel hombre le daba confianza. Qué extraño. Él jamás confiaba en nadie. Pero bueno… ciertamente se había perdido. Aquel día estaba resultando de lo más raro.

     Llevaban pocos metros andados y a Robian le pareció escuchar un ruido enorme. Una especie de crujido ensordecedor. Como árboles cayendo…

-¡Al suelo!- le gritó Lucius a la vez que arremetía contra él y lo tiraba cubriéndolo con su propio cuerpo.

    Anonadado Robian se escondió tras unas piedras junto a Lucius, temblaba y estaba pálido porque lo que tenía ante sus ojos no podía ser real. A unos diez metros de ellos dos se encontraba un ser descomunal. Su piel era ¿verdosa?.. O quizás, ¿violácea? Era horrible. Medía más de tres metros de altura, de eso estaba bien seguro. Era parecido a un humano, pero sus rasgos eran salvajes y realmente era aterrador. Estaba doblando árboles como si fuesen mondadientes. Lucius, le hizo una seña de que esperase e hizo algo realmente tonto, salió de detrás de la piedra que los cubría y le habló a aquel ser.

-¡Terme! ¿Qué haces?
La voz que sonó era grave y profunda.

-¿Lucius? ¿Eres tú?
- ¡Pues claro gigante idiota! ¡Quién si no! ¿Qué haces?
- Necesito algo de madera para mi pequeña. Ya mide casi dos metros y los pies se le salen de la cama.
- Claro. Y por eso tienes que romperlo todo. Como Yerena te vea te va a encoger.

     Increíblemente eso es lo que pareció que pasaba nada más oír el gigante aquella palabra. ¿Qué sería Yerena? Debía ser algo realmente aterrador porque el gigante se había apaciguado de momento al oír su voz.

-Chsss. Calla por favor, Lucius. Sólo quería algo de madera. Lo siento de veras.
- ¿Lo sientes? – en este caso se escuchó una joven voz femenina.

De donde provenía esa voz. Era cantarina y angelical pero no veía a nadie. Aunque la voz sonaba… tras de él.

Despacio se giró y vio a una joven que podría ser incluso aún más bella si es que era posible que la joven del agua. Su pelo era de color rojo, sus ojos eran de un marrón chocolate… su piel blanca casi traslúcida. Iba totalmente vestida de verde… iba cubierta de hojas de árboles y caminaba muy despacio. Pasó junto a Robian y le hizo una señal de que se quedase quieto.

-¿Qué le haces a mis árboles?
- Necesito madera Yerena. Lo siento… ¿no oléis eso? ¡Huele a humano! Mi pequeña quiere uno para jugar con él pero no encuentro ninguno.

     Yerena se acercó despacio a él, abrió la palma de su mano y sopló suavemente. Sus ojos hipnóticos se cerraron un poco y ligeramente al soplar una ligera brisa hizo que una especie de polvo verde se elevase hasta la cara del enorme hombre que inmediatamente quedó tranquilo.

-Discúlpame Yerena. La próxima vez te pediré permiso como protectora del bosque.

    Dicho esto se giró y se marchó. Robian salió y se quedó mirando embobado primero a  Yerena, y luego a Lucius. ¿Qué le había pasado? Parecía tener cincuenta años. Su pelo había encanecido, había algunas arrugas en sus ojos. Su cuerpo parecía algo más pequeño, hasta su capa parecía más vieja, aunque su sonrisa… era más abierta y maravillosa.

-Robian- le llamo- Ésta es Yerena. Guardiana y protectora de los bosques.
- Hola Robian. Ya puedes cerrar la boca. Vivo con mi pueblo a poco de aquí, otro día te llevará a mi aldea. Hoy no tienes tiempo pequeño. Lucius quiere llevarte a un lugar lejano para ti.

-Eres…
-Sí querido- la joven le sonrió-. Soy un hada. Hermana de la ninfa que viste esta mañana en tu río. Ella cuida del agua, yo cuido del bosque.
-Yo no creo…
-Lo sé- le dijo Yerena-. Ya se que no crees en hadas, magia… pero dime joven mío… ¿cómo explicas lo que acabas de ver?

Y dicho esto, desapareció tras el tronco de un árbol dejando un dulce aroma a hojas recién cortadas.

-Vamos muchacho. Tenemos mucho que caminar aún- le instó Lucius. Su caminar era más lento que hacía un rato.
-¿Qué te ocurre Lucius? Pareces cansado. Pareces mayor.
-Soy mayor querido Robian. No paramos de crecer en nuestra vida. El tiempo pasa rápidamente, es sólo que no todos lo ven.
-No entiendo nada. Debo estar soñando.
-Ahora estás despierto querido Robian. Antes soñabas cuando creías vivir el día a día. Vivías una ilusión.
-No entiendo nada.
-Lo entenderás.

    Caminaron largo trecho hasta que llegaron a un claro en el bosque. En ese claro se veía una cabaña vieja y desvencijada. A Robian le parecía familiar… ¡Era su cabaña! ¡Estaba prácticamente destruida!

-¿Qué ha ocurrido? ¡Papa! ¡Mamá! ¡Micha!

     Robian corrió despavorido hacia la cabaña, pero al atravesar la puerta todo cambió de pronto. La cabaña rejuveneció de nuevo. En la estancia había un pequeño jugando con unos tacos de madera. Reía y reía con su juego. A su lado una hermosa joven le sonreía. Parecía… ¡su madre! Pero… aquél niño…

-Robian.- le habló Lucius.- Debes observar, puedes ver, pero ellos no te ven a ti ni tampoco te escuchan. Fíjate bien en ese niño pequeño, te es familiar ¿verdad? Eres tú.

     En ese instante Robian observó como una pequeña figura de aproximadamente setenta y cinco centímetros salía corriendo desde detrás de un tonel. Su piel era verde. Iba riendo y en su mano llevaba algo…

-Venga Yefrel- habló la joven que al parecer era su madre.- Devuélveme el cucharón o no podré terminar el guisado. Eres un duende travieso, pero eres un buen canguro para mi pequeño Robian.

Robian no daba crédito a sus ojos.

-¿Es un gnomo?- le preguntó a Lucius.
- Escucha bien Robian. Es un duende doméstico. Los gnomos prefieren vivir bajo tierra.

     De pronto se escucharon voces y gritos. Asombrado Robian comprobó que había anochecido. Unos seres salvajes de grandes orejas y gran nariz entraron en la cabaña. El grito asustado de su madre se escuchó por todo el bosque. Estos seres no dijeron nada, simplemente cogieron a Robian y se lo llevaron raudos de allí. El llanto de la madre de Robian se escuchaba por todo el bosque.

     Robian miró a Lucius interrogante y quedó petrificado. Lucius era ahora un anciano de unos noventa años. Su cuerpo estaba totalmente arqueado y se sostenía en un bastón.

-Ven, joven Robian. Casi no me queda tiempo…

       Ambos salieron fuera y Robian vio como su madre corría por el bosque frenética hasta donde su padre cortaba leña un poco más adelante. Juntos se dirigieron al río y gritaron pidiendo ayuda. Pero nadie pareció ayudarles. Luego ambos se dirigieron corriendo al corazón del bosque. Robian los seguía con dificultad. Lucius se quedó algo atrás pero le instó a continuar. Cuando Robian los alcanzó vio cómo entraban en una pequeña cabaña… En su interior había una especie de caldero y una mujer de nariz aguileña y ojos profundos, grises… algo desgarbada.

-Fíjate bien Robian- le dijo Lucius al oído. Es Neren, mi madre. Es una bruja. Pero al contrario de lo que todos creen no todas las brujas son malas, pequeño. Las hay muy, muy buenas.
-Ayúdanos Neren- le suplicaron aquellos desesperados padres.
-Sentaos- les ordenó Neren. He de contaros algo queridos. Puedo regresaros a vuestro pequeño, pero… hay condiciones.
-Lo que sea Neren, por favor- le suplicó su madre.
-Los Trolls se han llevado a vuestro hijo para quedárselo y daros a cambio otro chico distinto. Les gusta cambiar niños. Lo han llevado a su guarida. Yo puedo traerlo pero para ello he de hechizarlo. Olvidará todo lo que ha ocurrido. Lo olvidará él y vosotros. No recordaréis nada de la existencia de nuestro mundo. Viviréis sin magia. Seréis humanos normales. No recordaréis nada de la magia hasta que Robian cumpla los dieciséis años. A esa edad, él estará preparado para recordar. Volverá a creer y volverá a ver. Y cumplirá su destino.

     En esos momentos Lucius cayó al suelo… ¿muerto? Robian no podía creerlo, ¡Lucius había muerto! Se abrazó a él desconsolado. Nadie lo veía ni lo escuchaba. Cubrió a Lucius con su propia capa y sobre él lloró desconsolado como un niño. Entonces notó una mano sobre él. Era una mano suave. Era Neren.

-Hola pequeño.
-¿Me ves?
-Mucho más que eso Robian. Levanta la capa por favor.

Al hacerlo, Robian vio incrédulo como Lucius era ¡un bebe!
-¡Qué clase de brujería es ésta!
Neren soltó una enorme carcajada. A pesar de su aspecto áspero y feo era dulce en su mirada y cariñosa en sus gestos.
-Es brujería buena. Yo te rescaté de los Trolls con un hechizo. A cambio tuve que hacer un trato con la madre naturaleza y te convertí en mi hijo en un mundo paralelo. El mundo de los sueños. En la tierra eres Robian. La tierra es un sueño. Nuestra realidad es ésta aunque los humanos crean que es al revés. Aquí eres Lucius. Mi hijo adoptivo. Creciste con tus padres, pero en agradecimiento a mí te pusiste a mi servicio y te enseñé todo lo que sabes. Te convertí en el Mago del Tiempo. Por eso naces, creces, envejeces y no mueres, sólo duermes, te recuperas y vuelves a nacer. Tu trabajo es el más bello de todos. Regalas tiempo a los humanos. Ellos son algo torpes y no siempre saben cómo utilizarlos. Pero tú te encargas de que sean capaces de hacer millones de cosas al día y a la vez si ellos quieren, si lo desean de verdad, pueden descansar, pasear, leer, reír, compartir con su familia y sus amigos, dedicar tiempo al amor… Tú les regalas el tiempo, querido Robian Lucius.

      En ese instante una mariposa de hermosos colores violetas y rosas se posó sobre Robian. Depositó polvo de hadas sobre él y a continuación se alejó un poco transformándose en una bella joven alada. Robian la reconoció de momento. Era su amor, Serena. Su sílfide o hada protectora del aire que en su momento le ayudó a volar al mundo sin magia y ahora… recordaba. Siempre había estado junto a él cuando no creía en la magia.  Siempre había mariposas cuando cortaba leña. Siempre había una mariposa  en su almohada junto a él al despertarse. Siempre había estado con él. Y de pronto recordó. Recordó todo su mundo anterior y se sintió grande y dichoso.

      Le regalaría a Micha y a todos los demás humanos algo más que un trozo de madera. Les regalaría tiempo. Se sentía fuerte y con poder. Tenía dieciséis años. El hechizo se había roto. Ya no envejecería en un solo día. Tenía toda una vida por delante. Tenía todo el tiempo del mundo.

Violeta. 

Objetivo de la semana 4

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Esta semana es la cuarta y eso quiere decir que, cuando acabe, ¡¡llevaremos un mes con nuestro proyecto salud!! Pero para ello hay que seguir siendo constante y mantener el convencimiento de que todo puede conseguirse en esta vida con esfuerzo, ganas y voluntad.

Por eso, esta semana también va a tener muy pocos cambios (ya sabéis, el verano: los helados, los refrescos, la playita, la piscinita, las ganas de desconectar, las salidas por las noches...) para que no sea muy difícil seguir cumpliendo los objetivos, que esta semana son:

  1. Comer dos piezas de fruta al día.
  2. Comer verduras en una de las comidas principales.
  3. Comer un dulce al día como máximo (o chuchería o helado o bebida refrescante).
  4. Beber 2 litros de agua al día.
  5. Andar una hora 5 días de la semana.
  6. Realizar otro tipo de deporte 2 días a la semana.
  7. Hacer 3 series de 20 abdominales antes de dormir (o después de realizar el deporte).
  8. Aplicar crema reafirmante después de la ducha (para evitar estrías y descolgamientos).
Como veis sólo vamos a aumentar un cuarto de hora cada día el tiempo que le dedicamos a andar y vamos a añadir 10 abdominales más a las 3 series, que prácticamente no se va a notar.

Con esto estamos consiguiendo crear un hábito, de manera que, aunque no sean grandes esfuerzos o no veamos grandes cambios, sí es verdad que prácticamente ya no cuesta trabajo realizarlos y ya no buscamos excusas para no hacerlos.  Cada vez estamos más cerca de alcanzar los resultados esperados cuando comenzamos, por eso ¡¡ÁNIMO Y A POR TODAS!!

Tres Baúles

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      Antonio llegó pronto. De todos los que había invitado ése fin de semana ya habían llegado casi todos. La verdad es que Luisa estaba feliz de cómo habían ido desarrollándose los hechos. Todavía no podía creer que sus abuelos la hubiesen invitado a ella y a sus amigos a pasar dos días con ellos en aquella gran casa campestre que más bien parecía una mansión embrujada, pero que al fin y al cabo no era más que el antiguo hogar de sus padres.

      Luisa no había tenido un buen curso. Sus notas habían caído en picado últimamente, probablemente por el fracaso matrimonial de sus padres.  La situación se había vuelto crítica, realmente ya llevaban mucho tiempo en que las cosas no funcionaban bien. Siendo justos tal vez tendrían que haberse divorciado hacía años.

      Sus abuelos maternos eran José y Juana. Dos abueletes la mar de “salaos” que llevaban siglos viviendo en esa casona que se caía a pedazos. Multitud de veces habían intentado convencerlos para que abandonasen esa inmensa mole de paredes viejas y maderas carcomidas, pero ellos insistían en que aquella mole era su hogar y guardaba además secretos importantes que debían custodiar.

      ¡Cuánta imaginación! A pesar de todo tenía que reconocer que aquella casa siempre le había gustado para esconderse del mundo. Sus abuelos eran fantásticos. Siempre contentos, siempre haciendo que ella se sintiese como no se sentía en su propio hogar.

      Por todo esto había decidido por fin aceptar su oferta. Y allí estaban ella y sus amigos, Antonio, Jorge y Julia. Sus abuelos habían medio habilitado dos habitaciones para ellos, en una habían acomodado a los chicos y en otra a las chicas, por supuesto y como era de mandar. Ya había sufrido interrogatorios por parte de ambos para saber si alguno de los chicos era su novio. En realidad estaban anticuados, ella no definiría como novio a Jorge. Simplemente era un amigo especial con el que compartía aficiones y estudios desde casi el parvulario y que en estos momentos difíciles la había ayudado mucho. Pero… ¿novio? No lo catalogaría así, sinceramente.

      Su vivaracha amiga Julia acababa de llegar con aproximadamente las maletas equivalentes a todo un equipo de fútbol. ¡Para estar en el campo! Madre mía. Y Jorge… bueno, allí estaba con su porte y su sonrisa por bandera. La verdad, el fin de semana prometía.

-¿Luisa? Cariño, ¿dónde estás? Tus amigos ya están aquí -la llamó su abuela.
-Aquí estoy -Luisa abrazó a su abuela con cariño. Esa señora le quitaba el sentido.
-Gracias de nuevo abuela. Necesitaba un finde tranquilo.
-¿Cómo de tranquilo? No os hemos invitado por gusto, vamos a aprovecharnos de vosotros y a utilizaros como mano de obra barata a cambio de una buena comida casera. Ya sabes cariño, hay que ser prácticos en esta vida.

Señor, adoraba a esa anciana. Incluso si era cierta su afirmación le daba igual. Disfrutaría ese fin de semana a tope.

-¡Venga chicos! -esta vez era su abuelo quien los llamaba- ¡Vamos adentro! Os enseñaré vuestras habitaciones y podréis soltar vuestras cosas. Luego os espero aquí abajo para explicaros ciertas normas-A pesar de su seriedad todos rieron con su ocurrencia. ¿Normas? ¿A ellos? Este abuelete no sabía con quién hablaba.

Pronto subieron todos. La parte de arriba era igual de caótica que la de abajo con la salvedad de que la madera parecía aún en peor estado.

La habitación de los chicos se veía limpia y ordenada. Era muy sencilla, un par de camas, una mesa de escritorio, un gran ropero empotrado en la pared… y un baúl. Enorme. De color negro, grande y macizo.

      Las chicas por su parte encontraron en su dormitorio una sorpresita con un jarrón de flores silvestres sobre una mesita redonda que tenían junto al ventanal. También había dos camas, también tenían un gran ropero empotrado en la pared… y también tenían un baúl. Éste era más pequeño que el de los chicos, de color blanco, muy bonito, decorado con flores y viejas fotografías.

      A las 8 de la tarde bajaron todos a cenar aquel viernes. Juana había preparado un gazpacho andaluz, un hojaldre relleno de atún, tomate, aceitunas, queso… y una fuente inmensa de ensalada. Todo tenía un aspecto delicioso por no hablar de la inmensa fuente que en el centro de la mesa lo presidía todo con su gran variedad de fruta.  Se lo había currado la abuela.

      Todos comieron con avidez y gusto. Todo estaba delicioso y la conversación fluyó sola. Al terminar de cenar recogieron entre todos y decidieron sentarse un rato en el porche exterior que tenía la casa y que daba a un gran campo de naranjos.

-En fin chicos -comenzó Juan-. Me gustaría que me hablaseis sobre vuestro futuro. Tengo entendido que este año el curso escolar -y miró directamente a su nieta- no ha sido precisamente el mejor para todos vosotros.
-Bueno abuelo, sabes que no ha sido un año fácil.
-Eso son excusas cariño. Tu abuela y yo sí que lo pasamos mal en nuestros años jóvenes. Nos conocimos en extrañas circunstancias y siempre fue todo complicado. Pero salimos adelante.
-Ya, ya -esta vez fue Antonio quien habló- ahora van a contarnos que pasaron hambre y miseria durante la guerra y la posguerra… que la vida era difícil y todo eso.
-Hijo no bromees con esas cosas. No son cosa de broma. Ahora habláis de crisis económica, habláis de que estáis ¿agobiados? Los estudios, el paro… todo eso es cierto, pero…os propongo algo.
-Uy, uy, verás tú -Julia temía que en realidad quisieran ponerlos a trabajar. Sinceramente era la única que había tenido sus remilgos a ir ese fin de semana al campo. Personalmente quería pasar todo el verano tumbada en una hamaca, pero la buena de su amiga Luisa la había convencido.
-Verás pequeña -la interpeló el abuelo- ¿has visto un baúl en tu habitación?
-Sí claro. Me llamó la atención por sus fotografías. Son preciosas y muy antiguas ¿verdad?
-Asi es -esta vez fue la abuela la que continuó-. Verás querida… esas fotos son de nuestra juventud. También hay algunas de nuestros hijos… en fin, un poco de todo. Ese baúl está cerrado con llave. Esa llave tendréis que ganarla. Si conseguís ganaros la llave podréis abrir el baúl y ver su contenido. Os aseguro que no os va a defraudar.
-Chicos, en vuestro dormitorio ocurre igual -continuó el abuelo-. También hay un baúl, mucho más grande. Su contenido es evidentemente secreto. También tenéis que ganaros la llave. Si conseguís abrir ambos baúles os daremos la clave para que encontréis el tercer baúl. Es el más importante de todos. Pero ése está escondido en esta casona. En este caso la búsqueda será doble.
-¡Qué interesante! Siempre me gustaron vuestros juegos. ¡Chicos! ¿Aceptamos? -les preguntó Luisa.
-¿Por qué no? -contestó Jorge-  No tenemos nada mejor que hacer, me tienen intrigados tus abuelos.
-De acuerdo –dijeron casi al unísono los demás.
-¿Cómo podemos ganarnos la llave?
-Bien -ahora habló Juana-. Chicos, en vuestra habitación hay un secreto oculto e interesante. Tendréis que descubrir de qué se trata y eso os llevará a la llave. En vuestra habitación encontrareis un sobre con unas indicaciones. Tenéis hasta mañana por la noche para encontrar la llave. En cuanto a vosotras, también tenéis un sobre con indicaciones en vuestra habitación. En vuestro caso también hay un secreto… que tendréis que descubrir y descifrar. Sólo puedo deciros eso.
-¡Ah! -dijo el abuelo- si llegado el domingo por la tarde a la hora de iros no habéis encontrado el tercer baúl ya no podréis encontrarlo. Así que espabilaros. Buenas noches chicos.

Los chicos subieron las escaleras impacientes. Todos querían ver sus sobres. ¡Qué emoción! Luisa estaba como loca. Realmente sus abuelos eran geniales. Antonio entró el primero en su habitación seguido de Jorge. Efectivamente había un gran sobre sobre la cama. Dentro una especie de enigma.

“A veces hay un camino donde no lo ves. No es el más sencillo pero te llevará a lugar seguro. Aprecia el valor de lo feo y hallarás lo bello”

En el de las chicas Julia leía su sobre.

“Siempre hay una salida aunque no sea la tradicional. Todo hay que trabajarlo y lo más importante a trabajar es la amistad”

-No entiendo nada Luisa.
-Ni yo. Registremos la habitación a ver si encontramos la llave.

Por su parte los chicos habían empezado a hacer lo  mismo. Estuvieron hasta las tantas de la noche, pero ninguno de los cuatro obtuvo resultados. Acabaron exhaustos y rendidos. Se despertaron temprano con la ilusión de encontrar algo. Sobre las 9 se rindieron y bajaron a desayunar. La abuela les había preparado un delicioso bizcocho.

-Buenos días chicos. ¿Qué tal la búsqueda?
-Ruinosa -declaró Antonio.
-Bueno… tal vez no habéis interpretado bien el enigma. O tal vez deberíais concentraros más. ¡Suerte chicos!

Al terminar subieron de nuevo. Jorge empezó a hacer la cama. Al menos dejarían todo recogido antes de abandonar ese estúpido juego que no les llevaba a nada. Deshizo las maletas ya que la noche anterior no se entretuvieron a ello. Pero al colocar la ropa en sus perchas tropezó con una especie de madera sobresaliente del borde del armario. ¡Clac! Un crujido extraño sonó. Antonio lo miró sorprendido y ambos volvieron a sacar la ropa del armario y observaron incrédulos como en el fondo del mismo había una ¿puerta? ¡Había una abertura y una especie de pasadizo! Emocionados decidieron llamar a las chicas y buscar una linterna.

-¡Chicas! Tenéis que ver esto, ¡corred!

      Ambas entraron atropelladamente y quedaron maravilladas. Con cautela los cuatro entraron en el pasadizo terminando en una especie de habitáculo pequeño lleno de juguetes antiguos. Olía a moho y no había mucha luz. Sin embargo al enfocar la luz de la linterna comprobaron con placer que había una llave colgada del dintel de la entrada.

      Prácticamente temblando entraron en el dormitorio y abrieron el baúl. Sorprendidos vieron que estaba lleno de uniformes antiguos. Había ropa de uniforme, de soldados. Doblada y colocada cuidadosamente con bolitas de alcanfor para mantener lejos a las polillas. También había algo más, un uniforme de enfermera o lo que quedaba de él. Y una especie de pergamino.

“Enhorabuena chicos. Habéis encontrado nuestra antigua forma de vida. Seguid buscando y descubriréis un tesoro”

-Eh chicos -llamó Luisa que había vuelto a entrar en el armario- aquí hay algo más. Hay otra puerta… ayudadme a empujar, está atascada.

Juntos y emocionados empujaron y sorprendidos se toparon con lo que parecía ropa. Ropa femenina. Concretamente el bonito vestido de flores de Luisa. Sorprendidos avanzaron y descubrieron que esa segunda abertura daba ¡al ropero de las chicas! Una tras otro entraron en el dormitorio de ellas. Inspeccionaron el pasadizo pero no consiguieron encontrar más puertas ocultas. Sin embargo de pronto Luisa tuvo una inspiración.

-¿Recordáis la nota? Siempre hay una salida aunque no sea la tradicional… -mientras hablaba con sus amigos se fue acercando a la ventana para abrirla de par en par-. ¡Chicos! ¡Venid!

      Nerviosos observaron cómo oculta entre las enredaderas de la pared había una escalera.

-Ayudadme, yo peso menos -comentó Julia. Entre todos la ayudaron para que pudiese deslizarse por la escalera.  En uno de esos travesaños había un clavo con la otra llave. Inmediatamente subieron a abrir el otro baúl.

En éste baúl más pequeño había muchas fotos de niños. Luisa tomó una de ellas en sus manos y no pudo evitar derramar unas lágrimas. En esas fotos se veían pequeños sucios, con las ropas rotas, mal alimentados… y sin embargo, sonreían. Se les veían felices. ¿Qué significaba todo aquello?

      Los cuatro bajaron inmediatamente a buscar a los abuelos. Allí estaban sentados tranquilamente en unas viejas mecedoras en el porche. Entre ellos una mesita con refrescos. No hacían nada en particular, como si ya lo tuviesen todo hecho. Simplemente disfrutaban de la compañía uno del otro y de aquel maravilloso día. Al ver a los chicos acalorados y exhaustos sonrieron. Ambos comprendieron que habían encontrado las dos primeras llaves.

-Bien, bien. Creo que estos chavales han podido abrir los baúles Juana.
-Asi es amor. Se les ve en la cara. ¿Y bien chicos?
-No entendemos mucho abuela. ¿De quién son esos uniformes? ¿Y ese pasadizo?
-¿Y lo del ropero? -preguntó a su vez Julia- ¿Y la escalera?
-¿Y esos niños? -preguntó Antonio.
-Tranquilos chicos. Habéis mirado el interior de los baúles, pero no los habéis visto o conoceríais esas respuestas. Volved arriba y pensad en que sólo juntos podréis encontrar el tercer baúl. Quizás el más importante de todos.

Rápidamente subieron y volvieron a mirar el contenido de los baúles.

-Chicos, creo que el secreto está en las fotografías –comentó Jorge.
-Tal vez, pero… no sé que buscamos.
-¡Dios mío! -exclamó Luisa- su mano temblaba con la fotografía de una pequeña en la mano. El estado de la niña era al igual que los demás de desesperación. Pero había algo familiar en su rostro. Aquella chiquilla era prácticamente igual a ella. ¡Señor! ¡Era su madre de pequeña! ¡Estaba prácticamente segura!- ¡Es mi madre! Siguió mirando fotos y comprobó que algunas estaban hechas en aquel pequeño habitáculo, así que subieron a inspeccionar.

La abuela les subió aquel mediodía bocadillos porque estaban tan absortos que no querían bajar a comer. Miraron y remiraron los uniformes y las fotografías. Cansados decidieron parar a tomar una ducha y bajar a cenar algo. Al sentarse en la cocina a cenar Luisa vio algo que le llamó la atención. Sobre la repisa de la chimenea había una pequeña caja. Más bien, un pequeño baúl.

      Se levantó y se acercó al mismo.

-¡Chicos! Creo que acabo de encontrar el tercer baúl.
-Y creo que yo sé cuál es la llave -dijo Jorge mirando a la abuela que tenía en su cuello una cadena con la medalla de la Virgen y una pequeña llave.

      La abuela sonrió ante la expectación de los jóvenes.

-Estoy orgullosa de vosotros. Efectivamente habéis llegado hasta el final -la abuela descolgó de su cuello la llave y se la entregó a Luisa-. Querida, creo que tú vas a entender mejor que nadie el contenido de este baúl. Perdóname por utilizar a tus amigos. Necesitabas ayuda. Espero que hayas comprobado en este proceso que tienes amigos dispuestos a ayudarte. Dentro de este baúl está el legado de tu abuelo y mío. Te regalamos tu historia.

Nerviosa Luisa giró la llave con precaución y alzó la tapa con cuidado. Sus ojos se humedecieron de inmediato al ver una foto de ella misma cuando era pequeña. Empezó a sacar el contenido y sacó varios documentos. Una especie de contrato, varias fotografías, una medalla que parecía del ejército, una flor seca…

Todos se sentaron en torno a la mesa y sus abuelos alternándose comenzaron a contarles a todos su historia. La historia de dos seres desesperados que en plena guerra civil se vieron inmersos dentro de tanta locura en un poco de paz. La casa que habitaban era de un señor terrateniente para quien Juana trabajaba de joven. Cuando la guerra estalló esta casa se vio convertida en una especie de hospital, de ahí aquel uniforme de enfermera. José llegó herido en una de las incursiones. Se enamoró de Juana prácticamente al instante. Ambos tenían un problema común. Junto a la casa había una pequeña aldea donde infinidad de niños pasaban hambre y necesidad. Todos aquellos que tenían edad para ello podían ser reclutados. Casi de forma accidental comenzaron a construir en la casa una especie de pasadizo. El hijo del dueño de la casa tenía dieciséis años y la urgencia se hizo mayor. Empezaron a cuidar a los niños de la aldea y terminaron cuidando a todos los chiquillos que se encontraban solos y abandonados. Pasaron necesidades y vicisitudes, pero le salvaron la vida a muchos de ellos. La medalla que se encontraba en el baúl había sido mandada a hacer por uno de esos niños al hacerse mayor en reconocimiento a la labor que ambos habían realizado. Este niño era en realidad niña. La madre de Luisa, una de las tantas niñas que habían recogido y ayudado durante el proceso.
     
      Al finalizar la guerra las cosas no fueron fáciles. Algunos de estos niños fueron recogidos por familiares, otros no tuvieron la misma suerte. El propietario de la casa era ya muy mayor, pero José y Juana se querían y habían decidido casarse y formar un hogar. Así que… donde menos lo esperas hay una salida aunque no sea la tradicional. Se casaron y se quedaron en la casa a cuidar del anciano y de los chicos que no tenían a nadie. Entre ellos la madre de Luisa.

      A los ojos del mundo eran sus hijos. El valor de la amistad y la solidaridad fue necesario y los unió aún más. Juntos formaron la familia más hermosa del mundo. La de unos supervivientes sin igual forjados por el destino.

   Luisa fue consciente de que sus abuelos no eran tales genéticamente, pero le dio igual. Aceptó el regalo tal y como se lo habían dado, con gratitud. Acababan de darle una lección importante, la de lo bien que vivía a pesar de los problemas que se encontraba en el día a día, de la suerte que había tenido por nacer en el seno de esa familia, en esa época y ese lugar. Era una persona afortunada. Miró a sus amigos con otros ojos, ellos le habían ayudado y ciertamente siempre estaban ahí. De pronto, se dio cuenta de la importancia de ese tercer baúl, le había dado una base y un futuro, se sentía feliz. 








Violeta