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Instinto

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¡¡Hola a todos!! Hoy os traigo un nuevo relato de nuestra escritora Violeta para empezar con ilusión el puente. Os recuerdo que ya tiene blog propio, que es: Pergaminos de Sueños Escritos. Pasaros por allí para ver más relatos. Ahora a disfrutar de la lectura. ¡¡Besos!!





    
     Hay quien piensa que el instinto no es un sentido más que forma parte de nuestra naturaleza, pero yo os aseguro que es uno de los más importantes. En ocasiones tu vida puede depender de él, y eso, queridos amigos, no es como se suele decir “moco de pavo”.

     Me llamo Rebeca y esta historia que os voy a contar puede que os resulte desconcertante, increíble y en cualquier caso, tal vez sobrecogedora.

     No hace mucho tiempo mi vida se limitaba a mi trabajo y poco más. Llevo casada ya casi ocho años, sin embargo no tengo hijos. Mi marido y yo hemos visitado médicos y clínicas especializadas en el tema intentando saber por qué, ya que ambos deseamos con entusiasmo ser padres. Hasta ahora todas las conclusiones son iguales. Estamos sanos, ambos, pero por alguna razón no me quedo embarazada.

     Mi marido, Alejandro, no dejaba de sugerirme la adopción. Para mí es una solución que se me antoja cada vez más, pero he de admitir que sigo teniendo el reloj biológico totalmente despierto y activo y quiero agotar todas las posibilidades.

     De cualquier manera, mi vida continúa independientemente de mis deseos de ser madre. Sigo con ella, disfruto de ella e intento no volverme una obsesa del tema. Desde pequeña había escuchado varias veces una frase que me llamaba la atención, algo así como “Ten cuidado con lo deseas porque puede cumplirse”. ¿Quién iba a decirme que yo viviría ese dicho en primera persona?

     Aún recuerdo con claridad nítida aquella noche. Hace tan sólo dos meses, a mediados de febrero, llegué a casa algo más tarde de lo habitual. Mi marido me esperaba con una botella de vino y una maravillosa cena en la mesa. Incluso había colocado flores en ella. Estaba algo misterioso aquella noche. Se había vestido para una ocasión especial, y había algo en él… diferente.

     Lo primero que pensé es que estaba intentando disculparse conmigo. Unas cuántas noches antes se presentó en casa muy tarde y con un aspecto abominable. Menudas pintas traía. Para colmo de los colmos empezó a inventar excusas tontas que no me cuadraban para nada.

     Tal vez os parezca exagerado, pero yo diría que aquella noche era más magnético, irradiaba algo casi animal en su mirada y a la vez me cautivaba hasta un punto increíble. Nada más llegar a casa recuerdo haber notado una debilidad general en mi cuerpo. Leonardo se acercó a mí y dijo pocas palabras, pero quedaron grabadas a fuego en mí.

-Bienvenida Rebeca. Te estaba esperando.

Madre mía, incluso el tono de su voz parecía distinto. Mi marido es un hombre muy atractivo y yo estoy tan enamorada de él como el primer día, pero reconozco que aquella noche sentí una atracción inmensa hacia él.

Su mirada durante la cena llegó incluso a hacer que me sintiese tímida después de ocho años de matrimonio. Ni siquiera sé como pudimos aguantar hasta terminar la cena cuando ambos queríamos cenar algo diferente. Pero más increíbles aún fueron los postres. Si al principio me sentía tímida, luego me volví una especie de fiera desconocida.

Tan sólo unos días después comencé a sentirme algo rara, mareada, el vientre abultado. Sentía nauseas continuas y estaba claro que había cogido una buena gastroenteritis. Pero no era así. Totalmente alucinada escuché la noticia. Estaba embarazada.

La primera reacción que tuvo Alejandro al contárselo fue de incredulidad absoluta. Después, hizo algo absolutamente impredecible. Quería que cogiera esas vacaciones que me debían desde hacía ya tiempo y que nos marchásemos a una cabaña que tenían sus padres en la montaña. Tal cual. No dejaba de insistir en lo importante que era para mi salud el descanso, al menos los primeros meses del embarazo, insistía una y otra vez.

-Pero Alejandro. Debo estar aquí y acudir a las primeras citas médicas. Ya sabes.
-Bah. ¿De cuánto estás? ¿De dos semanas? Vamos a celebrarlo. Alejémonos de todo y cuando pase tu primer trimestre volveremos y comenzarás con tus revisiones.
-La verdad es que me apetece descansar. Me siento agotada durante todo el día y mi vientre… está muy hinchado Parece que estoy de más tiempo, la verdad.
-Vayámonos pues. Dame ese capricho Rebeca- me insistía.

Nunca fui capaz de negarle nada a Alejandro cuando me miraba así. Por tanto, solicité mis vacaciones aludiendo necesidades por motivos de salud y nos marchamos a ese idílico lugar en la montaña al que muy poquitas veces me había llevado mi maridito.

Notaba a Alejandro totalmente solícito conmigo. Siempre lo había sido, pero ahora estaba todo el tiempo pendiente de cada uno de mis movimientos. Llegó a ser algo agobiante, la verdad. No me dejaba sola prácticamente para  nada. No cesaba de preguntarme por mi estado de ánimo, por mi apetito, vigilar mi sueño.

Ciertamente, hay padres que llevan esa palabra a un extremo total. Aunque reconozco que tal vez ayudase mi rápido crecimiento fetal.

-Alejandro, creo que debemos volver a casa. No es normal, fíjate en mi barriga. Parece que estoy de seis meses y no de uno. No es normal.
-Bobadas. Habrás tenido tú muchos embarazos quizá para saberlo.
-¡No soy tonta! ¡Esto no es normal! ¡Ni mi apetito! ¡Ni mis sueños!
-Vale, vale, tranquila. Lo arreglaré todo y volveremos a casa, pero por favor, sólo unos días más. Llamaré a la clínica y concertaré una cita lo más urgente posible. ¿Más tranquila?
-Sí. Por supuesto. ¡Hazlo!

Mi intuición me decía que algo raro me ocultaba Alejandro. Al igual que mi sentido común me avisaba que no era normal aquel crecimiento, aquel movimiento en mi interior. Parecía que tenía una lavadora dentro de mí. Tan solo estaba de poco más de un mes de gestación y notaba movimientos en mi interior de forma continua. Y esos sueños. Por las noches soñaba que corría frenética por el bosque y de vez en cuando me paraba para tenderme feliz en la hierba y contemplar la luna.

A veces, mis sueños se complicaban y sentía hambre, frío y angustia. Entonces miraba al cielo y veía que la luna estaba llena. Comenzaba a sentir en mi interior una euforia ilimitada y unos deseos salvajes de correr. Justo en ese momento, me despertaba sobresaltada.

Los días pasaban. Yo casi no podía moverme. Tuve que meterme en cama y Alejandro lo veía todo “normal”. Mi intuición volvía a tocar la alarma. Debía salir de allí cuanto antes. Tenía que trazar un plan.

Me hacía la dormida y esperaba que Alejandro se durmiese para intentar acceder a su portátil. Desde siempre mi marido había adorado las últimas tecnologías y yo sabía por el tiempo que pasaba unido a ese aparato que estaba conectado con la realidad. Pero él me escuchaba de una forma instantánea. Los móviles nunca tenían cobertura y yo me sentía cada vez más angustiada.

La primavera hacía que los campos estuviesen preciosos. Casualmente este año yo no notaba los síntomas de la alergia, menos mal, algo me salía bien. Es más, daba largos paseos e intentaba inspirar lo máximo posible porque notaba mucho más agudizados mis sentidos del olfato e incluso de la vista y el oído. También me había vuelto más selectiva en las comidas, pero ante todo, estaba siempre alerta.

A menudo me colocaba las manos sobre mi abultadísimo vientre. Ya no podía dar esos paseos. Mi intuición esta vez me avisaba de dos cosas. De forma clara, algo ocurría. Y por otro lado, una especie de premonición. Mis pequeños estaban bien. Sí. Mis pequeños. Tenían que ser dos, porque cómo si no engordaba de esa forma tan exagerada y notaba esos movimientos tan bruscos.

-¡Alejandro! – le grité con las pocas fuerzas que tenía esta mañana.
-¿Qué ocurre Rebeca? ¿Estás bien?- acudió solícito.
-¡No! ¡No lo estoy y tú lo sabes! ¡Me tienes prisionera! ¡No veo a mis padres desde hace mes y medio! ¡Esto no es normal!- le grité señalando mi abultado vientre.

Él me miró y vi en su rostro lo que parecía ser ¿culpabilidad? De pronto tuve una corazonada y no lo dudé.

-Mis padres no saben que estamos aquí ¿verdad?
-Así es Rebeca. No lo saben.
-¿Qué ocurre Alejandro?- le pregunté intentando aparentar la máxima tranquilidad posible.
-Pronto lo sabrás cariño. Pero tranquila, todo va a salir bien. Tus padres creen que hemos ido al extranjero, para adoptar a un niño. Cuando nazcan nuestros pequeños volveremos y continuaremos nuestra vida. Bueno, al principio, los visitaremos y volveremos a este lugar. Hemos de estar en un lugar seguro hasta que todo esté controlado. Cuando no haya peligro, volveremos a nuestra rutina, pero por supuesto, esta cabaña seguirá aquí. Como siempre. De generación en generación nos ha ayudado a todos.

No podía creer lo que me estaba contando. Pero en ese momento no quería interrumpirle, necesitaba que siguiera explicándome.

-Tal vez debí contarte esto un poco antes Rebeca.

Su mirada era dulce. Sus gestos cariñosos hasta un extremo que no puedo describir. Pero en mi interior está creciendo una furia sin igual por momentos.

-¿Recuerdas aquella noche que te enfadaste tanto conmigo? Volví muy tarde y con un aspecto espantoso. Venía de cazar.
-¿De cazar?
-Llevamos juntos casi diez años, ocho casados y siempre me las he arreglado para calmar mis instintos de caza sin que notases nada.- me dijo en un tono extraño.- Pero tú no dejabas de insistir en que querías familia. Yo te decía lo de adoptar para seguirte la corriente, pero lo cierto y verdad, querida esposa es que no puedo tener en casa niños humanos.
-¿Niños humanos? ¿Y éstos, qué son? – le dije señalando mi vientre.
-Lobos.

Antes de que continuase noté un dolor desgarrador en mis entrañas y lo que pasó después lo desconozco. En cuestión de segundos todo se volvió negro. Creo que perdí la consciencia o me hicieron perderla.

 Ahora, al abrir los ojos, estoy algo confusa, esto ha tenido que ser una pesadilla. Seguro que abro los ojos del todo y me incorporo como si nada en mi dormitorio, en casa, junto a mi querido marido totalmente normal y anodino. Intento moverme y para mi desconsuelo, oh no, esto ha sido real.


  Alejandro está a mi lado, sonriente. En sus brazos hay un pequeño encantador. En la habitación también están mis suegros. Él tiene otro bebé en las manos y mi suegra, dos.

-Querida, aquí tienes a tus cachorros- me dice ella socarrona.
-¡Felicidades!- me dice mi suegro- Por cierto Alejandro, ¿se lo has dicho ya?

Alejandro me mira de nuevo con cara amorosa y se acerca a la cama. Mi gesto de retirada es instintivo, de nuevo el instinto. Pero en este momento me doy cuenta de que no le tengo miedo, más bien me siento de nuevo atraída por él.

Él me sonríe. Me besa en los labios y me hace una promesa pícara con los ojos. Mientras, coloca a uno de nuestros bebés en mi regazo. Oh, señor, es un bebé adorable con su piel sonrosada y toda esa cantidad de pelo. Empiezan a acercarme a los demás. Tres niñas y un niño. Todos igual de guapos. ¡He tenido cuatro hijos tras dos meses de gestación!

¿Por qué no estoy aterrorizada?
 
Entonces me acercan un espejo y yo veo en él reflejada mi imagen. Mi nueva imagen. Mi pelo se ve ahora con más cuerpo, mi rostro está… ¡Estoy hermosa! Mis ojos, se ven enormes, almendrados y de un tono pardo vivo. Me siento genial y divina. ¡Viva!

-Bienvenida a la manada amor- me susurra Alejandro.


Violeta


El Campamento Mago de Oz

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     Oz es un mundo extraordinario y divertido, lleno de aventuras y experiencias increíbles. Pero lo cierto, es que nuestro mundo no es el único del Universo. En alguna parte, en algún lugar, en algún momento, surgió otro Oz distinto. Un Oz donde existian los mismos personajes, pero con pequeñas diferenciaciones sin importancia relevante, je je je…



La pequeña Dorotea era una niña ejemplar. Sacaba buenas notas en el cole, pero aún así, su mamá no la dejaba viajar. Cansada de tanto suplicar que le permitiesen ir a la excursión de fin de curso, y viendo que era una misión complicada y dificil, decidió buscar ayuda de sus mejores amigos.

     Para empezar, decidió acudir a su profesor, el señor Ricardo Espantapájaros. Maestro de profesión y vocación, impartía cada día sus clases con alegría y sobre todo, sabiduría. Siempre decía a sus alumnos una y otra vez, que en esta vida, lo más importante, era un BUEN CEREBRO.

     D. Ricardo Espantapájaros, sugirió a Dorotea que marchase a visitar una chatarrería que había cerca del colegio, donde un antiguo compañero suyo de Universidad, cansado del sistema educativo actual, había decidido continuar con el  negocio familiar. De esta forma, Juan Lata, era ahora el propietario, y único trabajador del negocio llamado “Hombre de Hojalata”. D. Juan Lata, siempre fue hombre paciente y esmerado, que intentaba ayudar en lo posible a los que veía más necesitados, de piezas de recambio antiguas o en desuso. Por ello, era conocido entre todos aquellos que no podían permitirse piezas nuevas, como un hombre que tenía UN GRAN CORAZÓN.

     El motivo de visitar la chatarreria “Hombre de Hojalata”, era a fin de conseguir una serie de piezas con las que fabricar un pequeño proyecto de tornado y presentarlo en una feria de ciencias. La proposición que Dorotea habría de hacer a sus padres era sencilla. Si ganaba en la feria, tenían que dejarla irse de excursión con sus compañeros. En caso contrario, ella desistiría de realizar tal viaje.

     Entusiasmada, y con las piezas que Ricardo Espantapájaros le indicó, Dorotea se dirigió al lugar pertinente. En él, Juan Lata, la atendió con gran consideración y esmero, mientras su pequeño perro Totó, ladraba y ladraba alrededor de la niña.

     Una vez reunidas las piezas, la joven fue a pagarlas, pero Juan Lata le dijo que no era necesario, siempre y cuando le ayudase cuando ella pudiera a pasear a Totó. Él no tenía tiempo con el negocio, y el perrito necesitaba salir. Trato realizado, y arreglo efectuado, Dorotea se fue feliz y contenta a casa para iniciar su ardua tarea.

     Mas no tenía soplador. ¿Cómo unir las piezas? Tendría que buscar una solución. Fue entonces cuando se acordó de que su tío, Julio León, debía tener uno en su taller de mecánica. Dicho y hecho. Sin pensarlo, marchó hasta el taller, y a su tío sorprendió disfrutando de una gran tableta de chocolate Valor. Siempre tenía esta golosina cerca, pues D. Julio León decía, que sin azúcar, no se vivía.

     Tío y sobrina se saludaron. Entusiasmados, del VALOR, ambos disfrutaron. Y después, dispuestos a comenzar la tarea se encontraban, pero claro, les faltaban algunos detalles que no sabían cómo arreglar.

     Dorotea indicó a su tío cómo debía soldar las piezas que llevaba, y le explicó el funcionamiento que aquella extraña figura debía realizar. Una serie de pequeños tornillos y piezas diminutas, debían pender de unos resistentes hilos, colocados de tal forma sobre una especie de improvisado perchero, que tras aplicar una corriente de aire, éstos girasen en círculo pendidos de sus ataduras, y simulasen la fuerza de un pequeño tornado.

     ¡Pero no había comprado el fuerte hilo! Tenía que actuar con sigilo. Por ello, como el hilo le faltaba, se dirigió a la mercería “Bruja del Este”, donde trabajaba Eli Phaba. La dependienta la saludó y sus hilos le ofreció. Pero claro, Dorotea poco dinero llevaba, y Eli Phaba, que por todo el pueblo era sabido que era una agarrada adiestrada, le vendió un hilo de muy mala calidad.

     Desconociendo el timo, Dorotea se dirigió rápida hacia la casa de Glinda, su amiga confitera. En su establecimiento, llamado “Bruja del Sur”, a tomar una exquisita merienda con ella y pedirle su colaboración más sincera en ese proyecto. Por supuesto, la mamá de Glinda, al comprobar los materiales, se percató de la mala calidad del hilo, y de inmediato avisó a las pequeñas. Como solución al problema, una idea germinó en ella.

     Buscando y buscando, encontró el hilo fuerte de poliéster que guardaba para sujetar las piezas que se caían de su máquina de batir nata. Como intercambio, Dorotea ofreció hablar con su amigo, el de “Hombre de Hojalata”, y traer las piezas necesarias para el arreglo de la máquina. Encantada, la mamá de Glinda, que era mamá soltera, preparó unos pastelitos para que los ofreciese al caballero a cambio de su ayuda. Y éste, encantado, llevó, preparó, colocó y ensambló las piezas en la susodicha máquina, y ya de paso, ensambló su sonrisa en la mamá de Glinda, que además de linda, necesitaba un papá. Qué mejor hombre que uno con un gran corazón, digo yo.

     Todo se iba arreglando. Todas las piezas encajando, todo iba funcionando, y el artefacto forma iba tomando. Sólo quedaba un detalle. Llegar hasta la feria de ciencias, y obtener el deseado premio.

     El señor Espantapájaros, el señor del Hombre de Hojalata, y su tío, el señor León, marcharon con ella a la tan esperada presentación. Los nervios estaban a flor de piel, y Dorotea temió por un momento que se pudiese llegar a caer. Nada más llegar a la gran feria, llamada “La Magia de la Ciencia”, el camino de acceso todo él de albero, dejó las blancas zapatillas de Dorotea hechas un asco, todas ellas amarillas. Menudo problema, cuando su madre las viese, se la ganaría.

     Además se encontró un problema añadido, nadie la había advertido, de que la indumentaria debería de ir acorde con el invento obtenido. ¿Qué hacer? ¿Qué utilizar en su cometido? Resultados rápidos necesitaba. ¡Claro! Su tía, la mujer de Juan León, guardaba todos los papeles plateados que envolvían el chocolate que su marido se comía. Lo hacía, para poder echarle en cara, la gran cantidad de golosina que ingería. Pues ahora le podían servir a ella y a su obra de ingeniería.

     De forma rápida y efectiva, su querida tía buena, llamada Locata, se presentó, sus amarillas zapatillas de albero envolvió con el plateado envoltorio, y un bonito sombrero a juego le preparó, dándole un aspecto magnético y sugerente. Un beso de ánimo y apoyo, y para después del evento, un bollo. (Por supuesto, de rico chocolate Valor)

     Los jueces llegaron, comenzó la presentación. Qué nervios, qué alucine, qué de ideas estupendas había en aquél lugar. Con fuerza se accionó el ventilador. Las piezas ensambladas comenzaron a tintinear y a emitir una dulce melodía. Más fuerza en las aspas, más se elevava el invento, y en cuestión de segundos, un pequeño tornado emergió, que a todas las piezas las elevó.

     El primer premió ganó Dorotea, que no lo habría conseguido sin la ayuda de todos sus amigos. Era excelente. ¡Por fin podría viajar de excursión! De esta forma fue como se vio, junto a sus amigos y profesores en el Campamento “Mago de Oz”, donde no le faltó durante toda la semana, la risa y la diversión.



Violeta

Las Tijeras

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Tijera: denominada frecuentemente en su plural tijeras, es una herramienta manual que sirve para cortar. Está formada por dos cuchillas de acero que giran sobre un eje común respecto al cual se sitúan los filos de corte a un lado y el mango en el lado opuesto. El mango suele tener agujeros para introducir los dedos o un muelle para facilitar la apertura. El mecanismo formado es un ejemplo típico de palanca de primer orden, en la cual el fulcro se sitúa entre la resistencia (esfuerzo resistente) y la potencia (esfuerzo motor).
Existen varios tipos de tijeras, cuyo diseño depende de la aplicación específica para la que se destinan, por ejemplo en oficinas, cocina, costura, peluquería, enfermería, cirugía o jardinería, incluso con varios tipos para cada oficio.(Conforme wikipedia)



Bien amigo lector, todos sabemos lo que es una tijera ¿cierto? Pues verás, esta es la historia de Jacinta, una tijera con mucho garbo, que descansaba en el lapicero de una oficina en un bufete de abogados.

Nuestra querida Jacinta es entera de acero. Dura como una roca, salvo quizás en su parte más puntiaguda, al finalizar sus hojas. Ya una vez tuvo una caída y se libró por muy poquito de quedarse despuntada. Tal vez, con otro propietario, el tema podría haberse subsanado, pero Miguel, el insigne abogado de casos civiles para el que trabajaba, era algo descuidado.Suerte que Jacinta se moría porque la afilasen, ya que esos afiladores modernos le hacian cosquillas y la dejaban espléndida.

Jacinta había visto poco mundo. Fue fraguada, transportada y vendida, de forma rápida. Permaneció tan solo tres días en la tienda, con lo cual, no tuvo tiempo de cotillear demasiado. Algo sí tenía claro. Ella hubiese querido ser unas tijeras de jardinería. Por tanto, ello decidió su nombre.

En el mostrador de exposición, se encontraban también “Pelitos”, que fue adquirida por una importante casa de peluqueros. “Tomatina”, que estaba feliz al ser adquirida por un importante chef. “Narciso”, que fue comprado por una familia que poseía un gran jardín, y “Suturas”, que presumía ante todas de que su labor era la más importante, pues salvaría vidas.

Jacinta soñaba con ser adquirida por algún jardinero inconsciente que la utilizase para podar flores de fino tallo. Pero sabía que era difícil que esa situación se presentase. Para el jardín no la tomarían a ella, sino a cualquier compañera de “Narciso”. Aún así, soñar no desgasta los cortes, ni necesita afilados extras.

Durante al menos veinte minutos, soñó que tal vez un niño alegre y divertido dejase volar su imaginación con ella. Tenía miedo de los niños. Suelen dejar caer los objetos al suelo. Pero algunos adultos son peores que los pequeños, así que al menos, disfrutaría de su trabajo. También pensó trabajar con algún inventor que la requiriese. O quizás, con algún sastre de alguien famoso…

Pero no siempre las cosas son como en los sueños. Terminó en el lapicero de un abogado que estaba comenzando y tenía poco trabajo. Se limitaba a cortar fotografías, papeles, y a hacerle la competencia a sus primos los abrecartas. Miguel era minucioso. Pocas veces la utilizaba, y no solía mover el lapicero más que para limpiar bajo él. Por tanto, desde su ángulo de mesa, solo acertaba a apreciar una esquinita del parque que se adivinaba al frente.

Uf. Vida aburrida y monótona. Intentó entablar amistad con la señora grapadora y con el señor taladrador, que mantenían una tórrida aventura cuando la oficina al fin se cerraba. Pero estaban tan absortos el uno en la otra y viceversa, que ella no “cortaba” nada con ellos.

Pensó en “Barra de pegamento”. Se le veía sexy, pegadizo… pero él estaba furioso con ella, pues a veces, ella se veía obligada a cortar algo que él había pegado. La bombona del agua no dejaba de intentar darle conversación. Cada vez que podía le hacía “glup glup”, “glup glup”. Pero era monótona en sus temas y terminó cansándose de aquella relación sin sentido.

Una noche, después de ver como el lápiz del nº 2 reía histérico por las cosquillas que el sacapuntas eléctrico le hacía, decidió que se sentía muy sola. Sola, dura, fría, cortante… Se sintió tan mal, que hizo algo inesperado. Sin previo aviso, ni control, cuando aquél día, Miguel abandonó la oficina, ella empezó a maniobrar y volcó el lapicero. No podía rodar, pero sí podía avanzar cortando. Sin pensarlo, comenzó a escalar por las hojas del helecho que el abogado tenía sobre la mesa.

Uy! ¡Que me haces daño insensata!- le gritó la planta.      
-Lo siento. Quiero lanzarme por la ventana para llegar al exterior.
-¿Estás loca?
-Necesito cortar para salir.
-¿Salir? Lloverá y te oxidarás.
-Me arriesgaré a ello.

Implacable, la joven tijera continuó en su ascenso por aquél espeso helecho. Pero por respeto, cortó de forma cuidadosa.

-¡Uy! ¿sabes? ¡Me siento mejor! ¡Más ligero y hermoso!
-Es que quiero ser tijera de jardinería.
-Te veo débil para eso.
-Pues a ti bien que te he dejado.
-Llevas razón. Puedes continuar si quieres.

Poco a poco, “Jacinta” consiguió llegar al alféizar de la ventana y contemplar el exterior. Se sintió desanimada. Fuera llovía, tal y como el helecho ya le había advertido. Sintió temor. Desde aquella altura, la distancia hasta el suelo podría despuntarla. Quizás fuese mejor esperar otra ocasión mejor. Tal vez mañana conseguiría caer en el carro de la limpieza de la Señora Martínez y desde allí… ya vería.

Ahora estaba muy cansada.

Al día siguiente, cuando Miguel llegó al despacho, intentó abrir un sobre y no encontraba las tijeras por ningún sitio. Al dirigirse a abrir la ventana las vio sobre el alféizar. Qué extraño. No recordaba haberlas dejado allí. En fin, encogió sus hombros, las tomó con él, y procedió a utilizarla como cada día solía hacer varias veces. No sabía que haría sin ellas.

Por su parte, Jacinta, triste, se  negó a cortar como es debido. Ya estaba harta de que la utilizasen de abrecartas. ¿Acaso ella utilizaba a Miguel de plumero o algo así? Además, así tal vez hiciese otra visita a su salón de belleza particular, el afiladero.

Durante varios días seguidos, Jacinta intentaba llegar al exterior. Al día siguiente, Miguel la iba rescatando de diferentes puntos de la oficina. Sorprendido por su torpeza al dejar aquel objeto que para él era tan necesario en cualquier parte, temió perderlas de repente. Por ello, hizo algo impropio en él. Se dirigió a la imprenta más cercana a tomar un sustituto por si las perdía.

Las tijeras eran demasiado pequeñas, pero había un cutter enorme y maravilloso que le pareció fantástico para abrir los paquetes más gruesos y las cajas que a veces le enviaban del juzgado. Maravilloso. Contento consigo mismo cogió aquel nuevo artefacto y lo colocó sonriente en el lapicero.

¡Santa Guillotina y Santo Machete! Jacinta ya no se sentía fría ni cortante, sino fuerte y efectiva. ¡Qué atractivo era aquél nuevo compañero! ¡Qué formas! ¡Que filo más afilado! Guau… Y ése color azul intenso de su traje…

-Esto… eh… hola… me llamo Jacinta.- se presentó
-Hola. Yo me llamo “Cortés”.
-Qué bonito nombre. Suena a descubridor…
-Así es. Cada vez que abro algo descubro lo que hay en su interior.
-Debe ser un trabajo muy interesante.
-El tuyo también imagino que debe serlo, al fin y al cabo, sin ti, sería dificultoso poder hacer muchas tareas que precisan un corte efectivo y recto.
-Uy, no sigas, que se me van a rizar los filos de las hojas…
-Ja, ja, ja, ¡y tienes sentido del humor! ¿No son de acero tus hojas? Adoro el acero, es fuerte y resistente.
-Toda yo soy de acero. Tu plástico también es muy molón, con ese color te da intensidad y soltura.
-Bah, eso dicen todas.

Durante horas y horas, ambos utensilios hablaron y hablaron. Cortés había visto mucho mundo. Había permanecido casi un año en la vitrina que había frente al parque y había visto de todo. Incluso una vez, había estado a punto de comprarlo un señor que varios días después salió en televisión. Por lo visto, era un atracador. Su vida había sido muy interesante.

Y Jacinta ya no tenía necesidad de salir. Había dejado de sentirse sola y “Helecho” le había dado permiso para podarlo cuando lo necesitase. Por supuesto, “Begonia” y “Geranio” se habían apuntado a ello también. Ahora Jacinta se sentía muy útil. Cada vez que entrechocaba sus hojas, Cortés se reía en el lapicero. Qué estilo, que poderío…


Por su parte, Miguel estaba sorprendido de sí mismo. Hay que ver lo que son las cosas. Ahora que había comprado un cutter, no había vuelto a perder las tijeras. Menos mal que tenía ambos, pues al fin y al cabo, estaba preparando su traslado a otras dependencias que se encontraban en la planta baja del mismo parque. Desde allí, las vistas serían impresionantes. El único problema era que se trasladaba con su hermana, que adoraba las plantas y era un desastre. Ya se veía afilando a Jacinta más de una vez, pues estaba seguro de que sería utilizada para podar, casi más que para abrir las cartas. En fin, qué se le iba a hacer. Compraría un afilador. 


Violeta

Luces de Colores

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Marcos observó aquella vieja máquina de escribir que le retaba cada día. La hoja en blanco se había convertido en su compañera perenne. Su musa, su inspiración, había volado un día de otoño acompañando a las hojas caídas, y no había regresado. Demasiadas preocupaciones, mucho estrés, la necesidad de exigirse a sí mismo una obra maestra, y por encima de todo ello, las fechas en sí. Navidades. ¿Cómo sobrevivir a las Navidades sin ella?

Desde los anuncios publicitarios, hasta las luces que adornaban todas las calles, pasando por los millones de anuncios donde todos regresan a casa. Para él, sin embargo, estas fechas simbolizaban otra cosa muy distinta. Pérdida, dolor, temor, llanto, rabia.

Al día siguiente había de entregar su artículo en el periódico donde trabajaba, pero nada adornaba aquella hoja en blanco. Hastiado de intentar lo imposible, decidió salir a dar una vuelta. No tomaría la calle principal a fin de evitar aquellas hipócritas sonrisas que no le dejarían en paz. Se encaminó hacia las afueras, por donde estaba el vertedero, donde con nadie se cruzaría. Apresurando el paso, con la música de sus pensamientos y la necesidad de quien quiere escapar de todo. La vista fija en el suelo, alejado del bullicio.

Fue allí donde la encontró. A menos de dos metros de él, oculta entre los restos de lo que parecían escombros de una obra. Se detuvo impresionado, pues juraría que estaba despierto, pero tal vez se equivocaba y dormía. Escondida, manchada, algo mojada, pero presente, allí estaba. Con cuidado, se acercó a ella y la tomó con  temblor. Despacio, la sacó de debajo de aquellos restos y anonadado comprobó que no se había equivocado. Se sentó en el suelo y observó con lágrimas en los ojos aquella letra cursiva que adornaba la carpeta que sujetaba. “Luces de colores”.

Separó sus tapas de cartón, seguro de que debía estar vacía, pero volvió a equivocarse. Su mente voló durante un instante al pasado. Al día en que su joven esposa falleció en aquel accidente. Su joven Clarisa, que tanto amaba la Navidad. Cuando llegaban estas fechas, ella perdía el juicio entre regalos, canciones, felicitaciones y visitas. Nada le enturbiaba el momento. Ella siempre le decía que los milagros existían y que algún día se lo demostraría, y además, lo haría en Navidad. Solo que murió sin poder hacerlo.

Cada vez que él le escribía algún poema de amor, o alguna canción, ella lo guardaba en aquella carpeta de tapas rojas que decoró con papel maché y cartulinas de colores escribiendo un título en ella con rotulador indeleble. Cuando ella murió, él se desprendió de todo aquello que le resultaba en extremo doloroso. Y arrojó la carpeta a un contenedor, con todas las declaraciones de amor implícitas en sus hojas.

¿Cómo era posible aquello? Con reverencia, observó cómo no faltaba ni una sola de aquellas hojas impresas. Ni el agua, ni la suciedad, ni los dos años pasados, habían destruido ni un solo pequeño fragmento de aquellos recuerdos.

Se abrazó a aquella carpeta como quien se sujeta en la deriva, y decidió regresar a casa. Unos niños jugaban en la calle y la señora Martínez le comentó algo de que le había preparado un bizcocho de chocolate. Se sentó ante la mesa de su cocina y sacó una a una las hojas de la carpeta. Con cada hoja que sacaba, una parte de su corazón se contraía y luego, se relajaba. Recordó el milagro que Clarisa le prometió. Miró el calendario. 24 de diciembre.

En lugar de escribir sobre el timo de la Navidad, sustituyó ese artículo por otro distinto. Decidió, solo por probar, a escribir sobre el tiempo, la cura de las heridas, los milagros y el amor. Sus dedos volaron sobre el teclado. Jamás había tenido tantas ideas en mente. Demasiadas para un artículo. Había encontrado una nueva forma de evadir el tiempo y seguir curando su alma.


Once meses después, un libro de poemas y cartas de amor salió al mercado, convirtiéndose en un libro  súper ventas. Dedicado a Clarisa, “Luces de colores, milagro de Navidad”. 


Violeta

Molesto

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Pocas veces he estado tan enfadado conmigo mismo. ¿Era posible caer en todos los tópicos? Noche de Halloween, y yo, aquí, con las ventanas, las contraventanas y las puertas, cerradas a cal y canto.
En la calle, ruido, niños correteando con sus famosos trucos o tratos, y peor aún, adultos que no son conscientes del inmenso ridículo que hacen al ponerse al mismo nivel y transigir. ¿Caramelos? ¡Bah! ¡Para caramelos estoy yo!

Mi novia me ha llamado hace un rato. No puede venir. O eso dice ella. Cree que soy tonto, que no me doy cuenta de que hace ya algún tiempo que no es la misma. Ha cambiado, para peor sin duda. Me molesta sobremanera.

Decidí llamar a Olga, una compañera de la oficina, pero después lo pensé mejor. Está divorciada e igual piensa que lo que quiero es un rollo con ella. Su actitud, me resulta cuanto menos, inquietante y desde luego, muy poco apropiada. Olga también me molesta.

Luego está Severino, el cartero. Con sus ridículas bromas mañaneras. Quiere hacernos creer que con su mísero sueldo y su feo rostro puede ser  un hombre feliz. No se lo cree nadie. El otro vi a su mujer y a sus dos hijos. Iban los tres a ver una película, al cine. Simulaban ser felices, fingían algo que estoy seguro no es real. Nadie puede ser feliz con ese sueldo, ese trabajo, esa esposa que no es precisamente agraciada. Odio la mentira y la hipocresía. Severino me molesta muchísimo.

Pero hoy al menos, estoy de celebración. Pues me siento relajado, tranquilo. Las voces de mi cabeza están en silencio, por fin. Me acerco a la estantería a fin de coger un libro y decido que es mejor encender la lámpara. Hay poca luz ya para la lectura, y al haber cerrado todo, no se puede leer. Aprieto el interruptor, no funciona.
Decido darle al interruptor principal de la habitación, aquél que enciende la lámpara del techo. No me importa que puedan ver luz desde fuera. No me importa nadie. Pero al intentar conectar, tampoco funciona.

Ya casi no se ve. Maldita sea. Yo tenía una linterna de petaca en algún sitio… quiero recordar, sí, ¡claro! ¡En el sótano! ¿Podré bajar sin luz? Qué absurdo. Primero intentaré llegar al cuadro eléctrico, tal vez se ha fundido algún plomillo.

Siento como una especie de roce en el brazo y noto como mi piel se eriza. Ha debido ser mi imaginación. Continúo hacia la parte trasera, justo antes de la bajada al sótano, donde está el cuadro de la luz. Estoy algo intranquilo, tengo la sensación de que hay alguien conmigo en la habitación. Es imposible. Lo cerré todo a cal y canto. Es imposible.

Siento que mi mano tiembla y decido que antes de llegar al cuadro de la luz, tal vez sea mejor idea dirigirme a la cocina. De esa forma cogeré las cerillas. Casi he llegado a la puerta de entrada, cuando la sensación de que estoy siendo vigilado aumenta considerablemente. Me detengo en la puerta y escucho el palpitar de mi corazón. Tengo la sensación de que alguien está situado tras de mí y en cualquier momento va a tocarme. ¡Qué absurdo! Aun así, no puedo evitarlo, ¡me giro con toda la rapidez que puedo!

- ¡Quién hay ahí!- grito a una habitación en suposición, vacía.

Nadie responde, pero siento en la nuca una especie de frío intenso y éste se extiende a todo mi cuerpo.

Como alma que lleva el diablo acelero el paso hacia las cerillas. Con manos temblorosas, a oscuras y algo nervioso, dejo caer varios de los utensilios que hay sobre la encimera. Mi corazón late cada vez más deprisa y mis oídos empiezan a zumbar. Con un intenso temblor, consigo sacar una cerilla y encenderla. Voy alumbrando con esa débil luz poco a poco la estancia, los ojos desorbitados, la boca desencajada.

Una especie de risa lejana se escucha. Debe ser en el exterior. ¡Malditos niños! ¡Malditos padres! ¡Malditos caramelos y maldita noche!

Me paro, respiro, esto es absurdo. Una pequeña vocecita en mi cabeza se despierta. “Estamos aquí”, “No has acabado con nosotros…”, “Te esperamos…”

Me cuesta trabajo respirar. Aun así, inspiro, expiro, inspiro, expiro. Me siento algo mejor. ¡Cielos! ¡Me he quemado con la cerilla! ¡Hay que ser estúpido! Enciendo una nueva cerilla, mis manos tiemblan algo menos. Pienso en el cartero y su poco agraciada mujer. Él sí que debe pasarlo mal cuando en su casa no haya luz. Me voy sintiendo algo mejor con ese pensamiento. Luego recuerdo a Olga. Es demasiado amable, estoy seguro de que su autoestima es inexistente. Y en cuanto a mi novia… exige siempre demasiado. Estoy mejor sin ella, eso seguro.

Faltan pocos metros para el cuadro eléctrico. Le daré al interruptor y después, aprovecharé y bajaré al sótano para buscar la linterna, por si acaso vuelve a fallar la dichosa luz, o quizás, el dichoso sistema.

La cerilla vuelve a consumirse, pero no importa, mis dedos ya tocan la clavija de encendido. Pero… está algo húmeda, viscosa. Aun así decido accionarla, pues noto que de nuevo me estoy poniendo nervioso. Vuelvo a sentir como una especie de dedo que pasea por mi brazo y doy un respingo, mi corazón se acelera aún más y por fin, acciono la palanca.

¡Sangre! Espantado retrocedo sobre mí mismo y tropiezo con algo, ¿con alguien? Grito, con todas mis fuerzas, ¡hay un cadáver! ¡Es mi novia! ¡Alguien ha matado a mi novia a cuchilladas!

Un intenso dolor me recorre el brazo y me llevo las manos al pecho, me tambaleo, veo una cortina que se mueve y algo que corre a contraluz. ¡El asesino está aquí! De repente, se me olvida la puerta del sótano, ¿la dejé abierta? Pierdo el equilibrio y no puedo controlar mi cuerpo, caigo y me golpeo el cuerpo con el borde de los escalones, quedando en un extraño ángulo sobre el suelo. Mi cabeza mira hacia una dirección, y mi cuerpo hacia otra. ¡Qué raro es todo esto!

Las voces de mi cabeza se han callado. Me levanto del suelo, con algo de trabajo, y comienzo a subir los escalones. Cuando ya casi estoy en la cocina escucho un fuerte llanto y veo a varias personas uniformadas junto a Elisa, mi novia. Ella llora desconsolada y a su lado, Olga, la abraza. Ella también ha llorado, tiene toda la cara llena de rímel. Es un espectáculo deplorable.

- Por favor, tranquilícese. Cuénteme otra vez qué paso, señorita.

- Ya se lo he dicho agente. Mi amiga y yo vinimos a gastar una broma a mi novio. Últimamente estaba siempre muy serio. Trabaja demasiado, ¿sabe? Nos escondimos esta tarde en la casa, yo tengo una copia de la llave. A él no le gusta Halloween, así que cuando cerró las ventanas y las puertas, yo corté la luz. Lo teníamos todo preparado. Olga se acercó y lo rozó, para asustarlo un poco. Él siempre dice que no tiene miedo a nada. Luego, yo me tumbé en el suelo. Por supuesto, antes me había llenado toda  de sangre de ésa que venden en las tiendas de artículos de broma. También había untado el interruptor. Pensamos que él se daría cuenta de la broma y nos reiríamos un rato, pero… se asustó tanto que perdió el equilibrio y cayó por las escaleras. ¡Y se ha roto el cuello!

Elisa siguió llorando desconsolada, mientras yo miro hacia abajo y veo horrorizado que mi cuerpo sigue allí, en ésa extraña postura. ¿Estoy muerto? ¡¡¡Estoy muerto!!!

Grito, nadie me oye. Entonces, miro a Olga. Ella me está mirando fijamente y sonríe. Un policía le dice algo, y ella le contesta.
- La verdad agente, lo siento por él, pero al fin y al cabo, igual no se cayó, lo mismo se tiró. Tiene que tener en cuenta que a él, “todo le molestaba”.
Fin


(Recuerda, compra muchos caramelos para cuando vengan a pedirte “truco o trato”, y pase lo que pase, no te escondas en casa…)



Violeta

Perdidos

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      La tormenta sonaba con fuerza, y con más fuerza aún vibraba el suelo. Si no encontraban pronto un refugio, iban a tener problemas. Por ello, los jóvenes aceleraron el paso y decidieron esconderse en alguna de las numerosas cuevas del acantilado.

- Tengo miedo. El agua puede subir y ahogarnos en el transcurso de la noche- dijo ella.
- No sí somos inteligentes. Tenemos que intentar llegar lo más alto posible.- contestó él.
- Aun así, lo veo en extremo inseguro.- insistió ella.
- ¿Tienes una idea mejor?- ironizó él.

      Ambos hermanos comenzaron el ascenso por la empinada pared de piedra. Los relámpagos iluminaban la noche, y al menos, eso, era de agradecer.

- Ya tendríamos que estar en el pueblo.- comentó ella.
- Sigue subiendo. – contestó él.

     Algo después llegaron a la primera cueva. No obstante, estaba demasiado cerca. Si querían conseguir su objetivo, tendrían que subir aún más.

- Estoy cansada, quiero hacerlo a mi forma. – se quejó ella.
- No podemos, y lo sabes. – le recordó él.

    El ascenso continuó, hasta que por fin, vieron una gruta que podía ser adecuada.
     Ambos se miraron y sonrieron. Al menos, podrían descansar. Con precaución, entraron al interior e inspeccionaron el lugar. No parecía peligroso. Miraron hacia arriba, casi no se podía ver nada, a pesar de que un nuevo relámpago les ayudó algo en esa tarea. Los truenos cada vez eran más fuertes.

- ¿Tomaste la linterna del vehículo?- preguntó ella.
- Por supuesto- dijo él.

     Al alumbrar a la parte de arriba, ambos se percataron de que no había murciélagos ni nada parecido. No habría sido agradable pasar la noche acompañados por seres que podían volar sobre ti en cualquier momento lanzando chillidos.
    Ambos decidieron pasar la noche allí. No había otra alternativa.

- Sabes que padre vendrá mañana muy temprano- dijo ella.
- Eso espero- contestó él.
- Lástima que no pueda venir por nosotros esta noche- se quejó ella.
- Sabes que es imposible. Hoy es “la noche”- contestó él.

   Poco tiempo después, ambos se hallaban tumbados uno cerca del otro.

- Qué pena. Nos lo vamos a perder- dijo ella.
- Conoces las normas- contestó él.
- ¿Tienes miedo?- preguntó ella.
- Un poco. Al fin y al cabo, hoy es noche de Halloween. – contestó él.

    Ya casi se habían dormido cuando les pareció escuchar un ruido. Ambos abrieron los ojos de repente y se sentaron casi a la vez, movidos por un mismo resorte. Asustados, procedieron a esconderse.

- ¡Oh, no! ¡Oh, no! ¡Alguien viene!- susurró ella.
- Yo también tengo oídos- la recriminó él.

    En cuestión de pocos minutos, se escuchó la lluvia golpear con fuerza sobre la piedra. El olor de la noche cambió, todo olía a tierra mojada y algo más. Lo que parecían voces, empezaron a escucharse más cerca, cada vez más cerca. Ambos hermanos observaban incrédulos como era posible que en aquella noche de locura, alguien se hubiese aventurado a esas horas en aquél lugar. Claro, que ellos mismos tenían planes mejores, y sin embargo, ahí estaban.

- ¡Menuda broma les vamos a gastar a los del pueblo!- vociferó una voz.
- ¡Sí! Ja, ja, ja.

   La apariencia de los recién llegados era como mínimo, muy extraña. Los hermanos se fijaron bien en ellos. No podían dar crédito a lo que sus ojos le mostraban. Uno de ellos iba vestido de negro y con la poca luz que había, se observaba que su rostro era muy pálido y tenía unas grandes ojeras de cansancio. Pero eso no era lo peor. Lo peor eran los incipientes colmillos que se le veían cuando hablaba.
     El otro, iba cubierto de pelo, por completo. Sus ojos eran muy grandes y de color amarillo, su cuerpo deforme.
   También iba una chica, o una hembra. ¿Cómo definir aquella criatura? Su rostro era muy deforme, olía mal y sus ojos eran siniestros. Su cabello era largo y estaba muy enredado y sus uñas eran excesivamente largas y arqueadas.
    Ambos hermanos se miraron. Estaban aterrorizados. En principio podrían haber pensado que aquellos llevaban disfraces, pero no. Se les veía demasiado reales. ¿Era posible que aquellos seres fueran en verdad así? Intentaron ocultarse algo más, pero al hacerlo, sólo consiguieron hacer un pequeño ruido que de momento ellos escucharon.
    Antes de darse cuenta, unas luces les deslumbraron. Los estaban enfocando con linternas dejándolos ciegos durante un instante.

- ¿Quién hay ahí?- preguntó el de los colmillos.
- Vaya, vaya, ¿pero, qué tenemos aquí? ¿Comida?- dijo la mujer.

    Los hermanos estaban empezando a asustarse de verdad. Temblando, salieron de su escondrijo.

- Nuestro coche se ha estropeado y nos hemos refugiado aquí. No queremos problemas- dijo él.

    Los que acababan de llegar observaron a aquellos dos muchachos. Prácticamente, eran dos niños. ¿Qué edad tendrían? ¿Once, doce? Los dos eran delgados, rubios, de ojos claros, hermosos, inofensivos…
    Los tres se miraron a la vez.

- Creo que tenemos suerte chicos. Este año Halloween va a empezar antes- dijo el que estaba cubierto de pelo relamiéndose.

    Ambos hermanos, atemorizados, se miraron uno al otro. Aquello no podía estar pasando de verdad.

- ¿Qué hacemos?- preguntó ella.
- ¿Crees que podríamos escapar?- susurró él.

   Los otros tres empezaron a carcajearse. La muchacha calculó la distancia que había hasta la puerta. Era imposible escapar.

- Imposible salir a tiempo- dijo ella.
- Eso pensé yo- contestó él.

   En cuestión de segundos, las linternas cayeron al suelo. Se escuchó un aullido profundo y una serie de desgarrones surgieron de la nada. Crujidos, gritos, llantos llenaron la estancia.
   De pronto, el silencio se adueñó del lugar. Incluso la lluvia cesó.

- Lástima. Papá no nos ha visto- dijo ella.
- Sí  -dijo él relamiéndose la sangre que aún le goteaba.

   Cuando llegó el sol, ambos hermanos se miraron satisfechos. Un nuevo ruido les alertó de que su padre había llegado. Al mirar alrededor suyo y ver aquellos restos y tanta sangre, no pudo evitar recriminar a sus hijos.

- ¡Chicos! ¿No habréis caído en el tópico? ¿Os los cenasteis en Halloween?
- Perdón papito, ya sabemos que la noche de Halloween es la designada por los ancestros para hacer ayuno, pero no quisieron marcharse y el hambre es mala- dijo ella.
- Así ha sido padre. Ya sabemos que es a la luz del día cuando mejor podemos alimentarnos, porque no nos esperan y eso, pero no tuvimos otra alternativa. Olían demasiado bien a sangre fresca.

- En fin, qué le vamos a hacer. Vamos hijos, tenemos que marcharnos. Los monstruos empiezan a salir al exterior. ¿Sabéis? Antes, hace muchos años, era justo al revés. Nosotros nos escondíamos, mientras que temíamos a esos seres, vampiros, hombres lobos, brujas… Teníamos miedo de la noche de Halloween, pues ellos podían salir libres y atacarnos. ¿Podéis creerlo? Por suerte, ahora nosotros los devoramos a ellos. 




Violeta