Eres Más Guapa de lo que Crees

6 comentarios

Esta mañana estaba viendo las novedades de mis amigos de facebook cuando me encontré con este vídeo tan impactante. Estamos acostumbrados a que las mujeres se vean siempre más feas de lo que son y que siempre se busquen ese defecto que las hace inaceptables físicamente cuando en realidad no existe. 

Pues bien, creo que este vídeo lo dice todo por sí mismo.


No pierdas el tiempo imaginando cosas que no existen. Eres BELLA simplemente por ser como eres. No lo olvides.

La Mariposa de Alas Azules

0 comentarios


     Desde muy pequeño, Julián había sido un enamorado de la naturaleza. Las plantas, los pequeños insectos que pudiese encontrar en su jardín, los que podía estudiar a través de sus libros y a través de documentales, llenaban una parte importante de su mundo.

     Aquella noche cenó temprano y se acostó pronto. Estaba cansado. El tratamiento era intenso y le dejaba agotado. Ya llevaba seis meses sometido a multitud de pruebas de todo tipo y en los últimos tres meses había tomado más medicamentos que en el resto de su corta vida. Con sólo siete años, era un experto en hospitales y ambulatorios.

Tenía una rara enfermedad que no conseguian diagnosticar. El médico intentó explicar a sus padres que si bien no era un cáncer, digamos que el proceso era bastante similar. El pequeño se lo  había tomado todo muy bien, con mucha calma, pero si es cierto que necesitaba despejar su mente y su forma de hacerlo era a través de los libros.

Julián era feliz cuando llegaba la hora de dormir. Solía tener un sueño maravilloso que se repetía una y otra vez, constante, repetitivo, y sobre todo, tranquilizador. Se veía en un escenario diferente al que estaba acostumbrado. Todo era verde, muy verde. Gran infinidad de plantas se podían observar por doquier. Pero las plantas de su sueño no eran como las de casa, eran más bien como las que veía en las selvas de los documentales. Siempre veía en su sueño una loma totalmente cubierta de ellas. Cerca de allí había un riachuelo. Escuchaba el sonido del agua y casi podía notar su frescor en el ambiente.

El pequeño se recreaba durante su sueño en la hierba fresca, en el roce y las cosquillas que le hacía en sus pies descalzos. Casi siempre, repetía la misma operación. Giraba y giraba hasta caer carcajada tras carcajada en la hierba y contemplar desde esa inusual postura el brillante cielo azul.

En el interior de aquél bosque que destilaba frescor había un inmenso claro donde el tiempo parecía detenerse. Los rayos del sol lo habían elegido como su lugar favorito y volcaban en él su calor. Julián se tumbaba en él y agradecía ese calorcito que tanto le gustaba.

Sus sentidos, al igual que él, comenzaban a alertagarse y ése era el momento en que empezaba a escuchar las pequeñas vocecitas alegres y cantarinas…

-Hola Julián, ¿cómo estás hoy?
-Ahora, muy bien.

Risitas alegres se escuchaban por doquier. El niño, deseoso de jugar y compartir el momento con sus amigas, se incorporaba hasta sentarse en el suelo a admirar su baile rítmico. Unas haditas con alas de color azul revoloteaban cada noche en su sueño y le transmitían alegría de espíritu y fuerza para continuar el día siguiente.

-¿Me curaré algún día?
-Pues claro, tú sólo tienes que buscarnos. Encuéntranos y te curarás.

Y continuaban su baile al son de la canción que ellas mismas entonaban moviendo sus pequeñas alitas azules sin parar y cubriendo al pequeño de polvo de hada.

Ese sueño se había convertido para Julián en una tabla de salvación y así se lo hizo saber a sus padres. Se obsesionó tanto con el tema que comenzó a buscar en todos sus libros para ver si encontraba el lugar de sus sueños. Pero ese milagro no ocurría y el niño se encontraba cada día más débil y con menos fuerza para buscar.

      Sin embargo, a veces, el destino nos ayuda y mucho. Cuando se desea algo con mucha fuerza, tal vez, llegue a cumplirse. Aquella tarde, Julián y sus padres acababan de llegar de la última visita al médico. Venían cansados y abatidos pues no había esperanzas de una mejoría. Para intentar animar al pequeño, Lola, su madre, decidió poner un DVD mientras su marido y ella preparaban la cena. Lo acababa de comprar en el quiosco situado en las puertas del hospital, le llamó la atención al verlo, y ni siquiera podía explicar el porqué.

     Las imágenes del DVD llenaron pronto la diminuta salita de la familia. Brasil. Imágenes hermosas de selvas tropicales empezaron a bullir de la televisión, y el pequeño gritó de pronto extasiado.

Es ahí! ¡Mamá, papá, es ahí!
-¿Qué ocurre Julián? ¿Qué es ahí?- le preguntó su padre desde la cocina.

Ambos progenitores corrieron donde estaba su hijo y vieron en la pantalla imágenes de una selva o bosque espectacular. El niño seguía insistiendo.

-¡Tengo que ir ahí y me curaré! ¡Por favor! ¡Tengo que ir ahí!
-Julián, cariño- le dijo su madre acariciándole el rostro- sólo es un bonito sueño. Brasil está muy lejos de casa y cuesta mucho dinero ir.

El chico comenzó a llorar desconsolado.

-He de ir mamá. Si no voy me moriré. He de ir.

No volvieron a hablar más del tema. Es más. La madre de Julián, enfadada con la situación y el mundo en general, volcó todas sus frustraciones del día en el DVD y lo quitó de inmediato.

Aquella noche Julián no tuvo su hermoso sueño y a la mañana siguiente amaneció con fiebre.

Tal vez era una gran tontería, pero Lola sentía que su hijo debía visitar aquel lugar. No tenían dinero. Llevaban mucho gastado en médicos y tratamientos, pero aquello haría feliz a su pequeño, y él lo merecía y lo necesitaba. Sabía que eso no iba a curarlo, pero al menos, le haría sonreír y le daría una satisfacción.

Tras una visita a una agencia de viajes en la que le permitieron financiar el viaje, regresó a casa con una sonrisa sincera por primera vez en mucho tiempo y le enseñó a su hijo los folletos.

-Cariño – le dijo a Julián- ¡nos vamos a Brasil!

A las pocas horas, la fiebre del niño desaparecía como por ensalmo, y sus padres, preparaban las maletas para el viaje. Julián tenía mejor aspecto del que había tenido en mucho tiempo y se encontraba con ánimo y mucha ilusión.

Lola había conseguido alojamiento en un hotel que era modesto, barato, pero limpio y cercano a un gran bosque maravilloso que le garantizaron era el mismo de las imágenes del DVD.

El niño casi no podía esperar para visitarlo. Se le veía cansado y abatido, pero sus padres no fueron capaces de negarle la visita al bosque. Al fin y al cabo, iban a estar sólo un fin de semana y no podían perder mucho el tiempo.

Al comenzar a adentrarse en el bosque, los tres quedaron prendados de la maravilla del paisaje. Julián se acercó a una hoja y les señaló a sus padres unas pequeñas gotas de rocío de color verde pálido.

-Mirad, son larvas de mariposas.
-Veo que alguien ha estado atendiendo en clase- le dijo risueña su madre.

En otra hoja cercana había una especie de tiritas de color café rojizo y con manchas verde lima brillante y amarillas en la parte dorsal. Gustavo, el padre de Julián, acercó su mano a ellas, pero el niño lo detuvo de inmediato.

-¡No papá! ¡No las toques!

Gustavo retiró la mano de inmediato.

-¿Qué son?
-Larvas de mariposas Morphos. Si tocas sus pelos te pueden irritar la piel, es su modo de defensa. Además, te van a manchar de un líquido asqueroso que huele mal. Y esto – añadió el niño señalando una crisálida- puede hacerte daño en el oído si la tocas. Tienen que defenderse.
Qué barbaridad! ¡Cuánto sabes hijo!- le dijo Lola orgullosa.

Ambos padres se quedaron durante un momento absortos observando otra serie de plantas que había alrededor. Se escuchaba el sonido del agua y no veían de dónde procedía.  Ninguno se dio cuenta de que Julián se adentraba en un claro que había más adelante. Cuando notaron su ausencia ambos se asustaron e iban a empezar a gritar su nombre cuando vieron un auténtico espectáculo que les dejó sin palabras.

Ante sus ojos apareció un hermoso claro. El agua caía desde una pequeña cascada a un pequeño riachuelo situado en un lado del  mismo. Pero lo que les dejó atónitos, fue su propio hijo. Sonriente, tumbado con las manos alzadas al aire. A su alrededor, mariposas azules hermosísimas y muy grandes revoleteaban. Algunas incluso se posaban durante unos instante en el niño. Como si le conocieran.

     Decidieron no molestarle. Se sentaron en el suelo y decidieron esperar. El baile de las mariposas duró aún un rato más y ellos se limitaban a fotografiar al niño y sus amigas sin acercarse, no fuera que las asustaran.

     Poco a poco, las mariposas empezaron a internarse de nuevo en el bosque y Julián se levantó del suelo, sonriente, feliz.

-¡Adiós amigas!

Durante los dos días siguientes, Julián repitió la misma operación. No visitaron nada más, pasaron todo el tiempo en el claro, con las mariposas. Tras el último día, directamente embarcaron en el avión de regreso. Al día siguiente había visita al hospital. Tenían que hacer una resonancia al chico y querían descansar algo.


-¡Realmente increíble!- repitió por sexta vez el Dr. Gutiérrez.

¡Menudo revuelo se había formado! El doctor no daba crédito a sus ojos. Habían repetido las pruebas una y otra vez por tercera vez en la semana. ¡Julián estaba curado!

No tenían una explicación, no sabían cómo había podido suceder, pero el pequeño estaba curado. Ni que decir tiene que los padres estaban alucinados. El niño, por el contrario, sólo repetía una y otra vez “Os lo dije”.



A muchos kilómetros de allí, en una pequeña aldea brasileña, un anciano cuenta una bonita historia a un grupo de niños.

-En el universo hay mundos paralelos. Pero las personas no siempre estamos alineados con el universo y sus criaturas. Si la gente supiese que las hadas vuelan cerca de nosotros y pueden concedernos deseos buenos, intentarían apresarlas. Por eso, toman una forma diferente que las personas puedan entender. Como las mariposas azules, que en realidad son hadas mágicas con una forma algo distinta. La gente cree que mueren a las pocas semanas de salir de su crisálida, pero en realidad, se marchan a casa. De vez en cuando, cuando ellas lo ven conveniente, se ponen en contacto con un humano, y les cuentan la verdad.


Violeta

El Cetro

0 comentarios


     Cuentan que los antiguos egipcios conocían que el cielo estaba sostenido por pilares de papiro, ya que esta planta surgió del pantano donde nació el propio dios Ra. Para que quedase constancia clara de ello, adornaban las columnas de sus grandes templos inspirándose en esta planta, de ahí, las columnas papiriformes que sostienen el templo como si del universo se tratase…


     Iris quería demostrar a toda costa a su hermano que no le mentía. Por ello ya llevaba la mitad del jardín escarbado. Casi había hundido de nuevo la azada en la tierra a fin de conseguir su propósito cuando vio cómo un escarabajo emergía e intentaba huir de allí.

     Colocó la azada delante de tal forma que el pequeño insecto pudiese subir. Se negaba, pero ella insistió. Observó a su alrededor y cogió una hoja caída. Su tacto era seguro menos frío  que el metal de la azada. Lo colocó ante el pequeño escarabajo verde y consiguió que se subiese a ella. Luego, lo depositó a salvo entre el resto de hojas entre las plantas de colores.
    
     Aquél verano estaba siendo prolífero en este tipo de coleópteros. Ya llevaba varios días en que encontraba multitud de escarabajos e intentaba ponerlos todos a salvo. Una vez que lo hubo conseguido se quedó un momento parada en el tiempo, pensativa. Una imagen extraña vino a su mente. Se vio a sí misma de niña junto a una anciana que le sonreía y le decía:

-El escarabajo verde es el disfraz que adopta el Dios Ra, mi pequeña. Al igual que ese bichito pequeño, el Dios Ra también hace girar y girar el sol de un lado al otro del firmamento para que a todos nos llegue su calorcito.

¿De dónde había venido eso? Uy, uy. No podía irse de marcha con los amigos. La bebida de la noche anterior le estaba causando estragos, aunque la verdad, no había bebido tanto. No le apetecía tomar nada. Al menos, nada con alcohol y terminó tomando zumos.

Qué curioso. De pronto la azada tocó algo duro. Ajá. Sabía que Ernesto estaba pasándose de la raya, metiéndose con ella porque ella ya era mayor y no tenía buena memoria. Sí claro, a sus veintinueve años era mayor. Pues vaya. En pocas horas iba a cumplir treinta. Otra década.

Empezó a escarbar de nuevo alrededor de aquel objeto duro que había tocado con la punta de la azada. Ernesto seguía diciendo que jamás enterraron nada de pequeños en el jardín. Ella recordaba claramente como un día enterraron juntos su caja de secretos. Eran mellizos. Jugaban juntos y les gustaban muchas cosas en común, al menos de pequeños. Ahora, conforme el tiempo iba avanzando se habían ido distanciando un poco.

-Aquí estás.

Feliz sacó una pequeña caja enterrada. ¡Qué bonita era! No la recordaba tan bonita. Era una caja triangular de madera con muchos cuadraditos tallados y cubiertos de colores. Rojo, amarillo, azul y verde la decoraban. En el centro había un dibujo. Parecía una planta. La caja con su forma triangular no era regular. Sus lados tenían unos quince x veinte x veinticinco centímetros. No recordaba esa forma tan rara.

De nuevo, un supuesto recuerdo vino a ella.

-Guarda aquí tus tesoros pequeña- repetía aquella anciana voz femenina- tiene la dimensión 3,4,5. El triángulo sagrado.

¿Qué? ¿El triángulo sagrado? Felipe tuvo que cargar bien anoche el único cubata que se había tomado.

     Conteniendo la respiración, tomó la tapa y la abrió. En su interior había canicas, cromos, un trozo de tela de una camisa de Ernesto, su hermano, y… ¡qué bonito! ¿Cómo no recordaba aquél objeto? Lo cogió y lo sacó a la luz para observarlo mejor. Era espléndido. Una especie de mango, como la empuñadura de un puñal estaba en sus manos. Era de un color verde hierba muy bonito. En el lugar donde terminaba el mango y supuestamente tendría que estar una hoja de metal o algo así, el objeto terminaba en  una especie de triangulo aplanado con unas hojas talladas.

     Nuevos recuerdos vinieron a su mente y empezó a vislumbrar columnas con aquella forma y mucha agua. Olía a hierba, a humedad, a juncos…

-¡Iris! ¡Iris, despierta!
-¿Eh? ¿Qué ocurre?
-No lo sé. Venía a burlarme de ti y tus agujeros en el jardín y te he visto aquí en el suelo tumbada. Te has desmayado. ¿Te encuentras bien?
-Creo que sí. He tenido un sueño muy raro.

Ernesto la observó.
-Es curioso. No se te ve pálida. Al contrario, estás deslumbrante. Tienes un brillo en la piel increible.
-Gracias querido. Me sienta bien cumplir años- bromeó Iris.
-¡La has encontrado! Pero… ¡un momento! ¡Es espectacular!

Ernesto cogió el objeto de manos de Iris y lo observó boquiabierto. Luego miró la caja que lo contenía y miró a Iris alucinado.
-No recuerdo estos objetos.
-Yo recuerdo la caja- le respondió ella- pero este mango sin hoja no lo recuerdo.
-¿Mango sin hoja? No hermanita. Es un “menhit” Un cetro de papiro. Yo diría que es muy antiguo.

Ernesto era un enamorado del antiguo Egipto. Siempre adoró todo lo relacionado con él y se dedicaba a su estudio. Trabajaba en un museo como conservador y era feliz con su trabajo. Lo adoraba. Su esposa, Carmen, siempre le bromeaba diciéndole que le era infiel con las momias que allí había, porque pasaba más tiempo en el museo que en casa. 

-¿Iris? ¿Tú lo recuerdas?
-No. La verdad. Sólo quería darte una lección. No soy tan vieja para no recordar que enterramos esto aquí. Aunque ahora que lo pienso, tú tienes la misma edad que yo. ¿Un cetro de papiro?
-Sí. Se utilizaba como amuleto. Muestra el tallo y el brote del papiro como símbolo natural de la vida.
-Vaya.
-Y la caja. Tiene la dimensión 3,4,5. Fíjate. Medirá aproximadamente quince x veinte x veinticinco centímetros. Si divides estas medidas por cinco, dan una equivalencia 3,4,5. Igual que las pirámides egipcias y el triángulo sagrado.
-Tú y tu Egipto.

La joven Iris lo miró sonriendo. Pero Ernesto la miraba absorto. La piel de Iris resplandecía como nunca. Estaba hermosa y serena. Ella que siempre era un manojo de nervios desaliñado. 

-Voy a tapar estos agujeros. Dame mi cetro hermano, creo que es mío. Luego me voy a dormir, estoy cansada.

Iris entró en la casa y con cuidado lavó muy bien el cetro. Luego, terminó de lavarse las manos. Tuvo una especie de impulso y antes de tenderse a descansar en el sofá se dirigió a Ernesto y le dio un fuerte abrazo. Hacía mucho tiempo que no tenía un gesto así, tan espontáneo. Pero por algún motivo era una necesidad imperiosa.

-¡Uy, que me estrujas! ¡Ni que no fueses a verme más! ¡Qué barbaridad!- dijo un encantado Ernesto achuchando cariñosamente a su hermana.
-No te librarás tan fácilmente de mí. Voy a descansar un poco y luego taparé todos esos agujeros. Dentro de un par de horas más o menos seremos más mayores.
-Sí, pero yo envejezco mejor que tú.

Ernesto bromeaba pero a la vez estaba intrigado. Iris siempre había sido muy guapa, pero ahora, estaba deslumbrante por segundos.

Iris se durmió plácidamente en el sofá y Ernesto se dirigió a su biblioteca particular. Aunque tenía su propia casa donde tenía todos sus libros maravillosos, en casa de sus padres conservaba aún algunos. Entonces lo vio. El libro dedicado a las divinidades egipcias. Comenzó a buscar en él y vio una fotografía del cetro. Era idéntico al de Iris. El texto explicaba que este cetro aparece asociado en multitud de ocasiones a diosas como Hathor, Bastet, Sekhmet y Neith. ¿Cómo habría podido llegar un objeto tan importante y de tanto valor a manos de una niña? Él no lo recordaba y sin duda, lo recordaría. Su amor por Egipto venía desde pequeño.

Iris tuvo sueños inquietantes donde se veía a sí misma vestida con una especie de túnica en color lavanda. En el cuello tenía un “usej” o dicho de otra manera, un collar egipcio. Su cabello era largo y negro y estaba tejido con una especie de trencitas muy finas. Una hermosa diadema lo adornaba. Sus ojos maquillados con khol. Se encontraba tumbada en un diván y desde el mismo tenía una espléndida visión del Nilo. El olor a papiro impregnaba el ambiente.

-Iris, Iris, hija, ¿estás bien?
-¿Mamá?
-Te has dormido.
-He tenido un sueño muy hermoso.
-Con Egipto ¿verdad?
-¿Cómo lo sabes?
-Porque ha llegado el momento de que continúes con el destino para el que naciste, mi pequeña- respondió su madre con lágrimas en los ojos.
-No entiendo.
-Yo te lo explicaré hermana- intervino Ernesto-. Eres una descendiente directa de una gran sacerdotisa del antiguo Egipto. El cetro es un amuleto que simboliza justo lo que tú eres, alegría, juventud, florecimiento… deberías verte ahora mismo. Estás resplandeciente. Durante generaciones las sacerdotisas de generación en generación han ido cuidando del templo del papiro. Nacéis en cualquier lugar del mundo, a veces como en tu caso, podéis incluso tener un mellizo. En este caso yo. Supuestamente, yo habría sido hijo único, pero el destino quiso que nacieses en esta casa, en este lugar. Por eso imagino que adoro tanto Egipto. Cuando cumplís los treinta años, de nuevo el  número 3, vuestros recuerdos de vidas anteriores vuelven y vuestra misión se os manifiesta.
-Entonces, ¿tendré que irme de aquí?
-No hay otra alternativa si quieres continuar con tu destino. – alegó su madre-. Yo creí que era la elegida por una historia que me contó mi bisabuela, pero eres tú.
-Necesito hacerlo mamá. Lo necesito Ernesto. No puedo explicarlo, pero tengo una necesidad de volver a mis orígenes o lo que sean.
-Es normal. Es la llamada. Estoy orgullosa de ti, te echaré de menos, aunque te visitaré cuando me dejen. Soy hombre, no estoy seguro de que me dejen verte.
-Bueno, se supone que yo mando, así que te dejaré visitarme siempre que quieras y yo vendré siempre que pueda.

Y así fue como Iris pudo por fin entender el misterio de la caja, los escarabajos y sus extraños sueños que formaban parte de otra vida anterior. Hay quien dice que hoy en día ya no existen las antiguas sacerdotisas y que los templos no son más que restos de lo que hubo, pero lo que nadie sabe es que en algún lugar de Egipto, oculto a la vista de todos, se encuentra el Templo del Papiro, donde la sacerdotisa Iris vigila para que el mundo rejuvenezca y se prepare para renacer en el más allá.


Violeta

Un Nuevo Día

2 comentarios

No importa lo gris que haya sido el día: mañana siempre será mejor. 

Hay personas que se empeñan en ver toda una escala de grises pasando muy cerca del negro en su día a día, y todos hemos tenido una racha así, pero no debemos olvidar que "EL NEGRO NO ES UN COLOR, SINO LA SUMA DE TODOS LOS COLORES", según decía un profesor de dibujo que me dio clases en el instituto. Por esta razón debemos dejar de verlo todo negro y gris, ya que, si tenemos todos los colores en él, ¿por qué no elegir cualquier otro?

En la teoría de colores que dimos recuerdo que, en pigmentos, el negro era la suma de todos los colores, pero en luz, el blanco los reunía a todos y el negro era su ausencia. Debemos recordar que siempre hay día después de la noche y siempre vuelve a salir el sol, por lo que siempre hay que mirar al cielo, ya que, ni siquiera en las noches en que no hay luna, existe oscuridad completa, pues ya se encargan de ello las estrellas.

Todos tenemos estrellas alrededor, así que no te desanimes, simplemente abre los ojos y mira hacia ellas, ya que, de un momento a otro, saldrá un sol radiante que te cegará por completo con su maravillosa luz y claridad.


La Perfección

0 comentarios

Es curioso cómo pasa la vida sin darnos cuenta... de nada. Lo tenemos todo a nuestro alcance y nos empeñamos en ponernos las cosas difíciles, en establecer metas inalcanzables, en alcanzar la perfección... cuando la perfección no existe. Es una mera invención de la sociedad consumista en la que vivimos, porque además, ¿cómo puede ser la perfección tan cambiante? ¿Cómo puede la perfección depender de la época en la que vivimos si no es una mera ilusión de las personas y de las circunstancias del momento?

Si fuera posible bajar de esta veloz rueda giratoria en la que está sumida nuestra vida diariamente y poder observarlo todo desde fuera, seguro que nos escandalizaría nuestro ritmo de vida y nuestros objetivos, impuestos por nosotros mismos.

Si buscamos la palabra perfecto en el diccionario, esto es lo nos encontramos: que posee el grado máximo de una determinada cualidad o defecto. Y ahora yo pregunto: ¿cuál es el grado máximo? ¿Existe algún grado  que no sea superable por otro? ¿Y exactamente cúanto es un grado? 

Como veis, la perfección es inalcanzable, simplemente, porque ni siquiera se sabe lo que es de manera exacta. Por ello, no malgastéis vuestra vida intentando alcanzarla, pues es imposible. Después de todo, ¿cómo sabemos que algo es perfecto si no sabemos cuáles son sus defectos? ¿No son los defectos lo que hace que todo sea perfecto? 


Cosas de la Vida

0 comentarios


     Para aquellas personas que hayan sufrido penas de amor, saben que es un dolor fijo y constante que se te clava en lo más profundo de tu alma. No voy a entrar en cuestión de religión ni creencias, pero sí es cierto que para muchos de nosotros el cuerpo es mortal, el alma inmortal. Personalmente opino que por eso debe doler tanto, porque te hieren el alma y ésa no debería sufrir daño alguno.

     Con todos mis respetos a todas aquellas personas que han sufrido este tipo de dolor que parece que jamás va a curarse, os voy a contar la historia de Daniel, un muchacho de veintisiete años que vivía entre penumbras tras la marcha de su novia, Matilde.

     Los jóvenes llevaban ya tiempo juntos. Desde muy niños habían empezado una bonita y tierna historia de amistad que terminó convirtiéndose como por arte de magia en una hermosa historia de amor. Sus primeros flirteos, tímidos e inexpertos continuaron con la dicha del saberse amado y correspondido y por supuesto la felicidad plena de quien vive el momento junto a quien quiere.

     Pero también es cierto que las personas van cambiando, madurando. Daniel y Matilde empezaron a ser muy amigos desde el preescolar, continuaron durante la primaria y se hicieron novios en los comienzos de la secundaria. Si has tenido la suerte de que esto te ocurra con tu media naranja, la relación se irá fortaleciendo, cambiando de nivel, mejorando. También te puede pasar que con el paso del tiempo o quizás la monotonía, la situación puede cambiar. No siempre queremos las mismas cosas ni las necesitamos tampoco. Algo así ocurrió en el caso de Matilde que comprendió un buen día que si bien quería mucho a Daniel, no era el hombre con el que quería compartir el resto de su vida.

     Unos meses atrás Daniel había preparado la declaración de amor más hermosa de su vida dispuesto a convencer a Matilde para que se fuese a vivir con él. Llevaban tanto tiempo juntos que había llegado el momento de pasar a otro nivel. El tiempo diría si había o no boda, ya que de sobra sabía que las bodas no eran para Matilde. Ésa era su amiga Susana. Más de una vez Susana y Matilde habían bromeado y hablado en serio también sobre ese tema.

Para Matilde el matrimonio era una atadura que cambiaba a las personas. Para Susana era la consolidación de una relación entre dos personas que se aman. Daniel dudó un poco porque imaginó que tal vez se resistiese a dar otro paso más, pero jamás pensó que cortaría de cuajo con la relación.

     Ahora, con el corazón roto y el alma desquebrajada, recordaba cómo Susana le advirtió mientras le ayudaba a preparar aquella megafiesta de que Matilde iba a asustarse. Siempre se había asustado del compromiso. Siempre.

-Pero Susana- le decía Daniel en su momento- Nos queremos. Llevamos siglos juntos. ¡Es lo que sigue!
-No para ella Daniel. Ella es un espíritu libre y va a creer que quieres tenerla sujeta. Casi siempre estáis acompañados, por mí, por tu primo Tomás, por ambos, por el grupo entero de amigos…

Daniel sabía cuánta verdad encerraban esas palabras, pero no quiso escucharla.

Y de esta forma organizó una fiesta preciosa en la que invitó a un montón de amigos. Al finalizar la velada donde una deslumbrante Matilde estaba eufórica, sonriente y con algún grado de alcohol en su cuerpo, un Daniel esperanzado le entregaba a solas, en la terraza del local donde estaban, una hermosa caja de terciopelo con una llave en su interior.

La reacción de Matilde no pudo ser peor. Al principio se quedó sin habla, luego empezó a poner todo tipo de excusas, algunas podían tenerse en cuenta, otras eran sin lugar a dudas, eso, excusas. Daniel no daba crédito a lo que escuchaba. Matilde no quería ataduras y además estaba viendo claro que él buscaba otros compromisos y eso la aterrorizó. Así que simplemente, se marchó. Sin más. Tenía familia fuera y decidió irse durante el resto del verano con ellos y tal vez incluso, tantear la posibilidad de continuar lo que le quedaba de sus estudios universitarios fuera.

Como consecuencia de todo ello, Daniel estaba destrozado. La llamaba por teléfono, pero ella no le contestaba. Le enviaba emails, pero ella no los respondía. Incluso intentó visitarla, pero al parecer ella se había marchado a un viaje por el extranjero con su prima.

Se sumió en una depresión tal que prácticamente dejó de comer, de salir, su piso de soltero estaba hecho un asco, y su empresa de catering, totalmente abandonada por su parte. No tenía intención de continuar con nada por ahora.

Aquella mañana abrió los ojos lentamente. Olía raro. Claro, llevaba unos días sin limpiar en absoluto y dejándolo todo por medio. El piso estaba hecho un auténtico asco. Le dio por mirar el ordenador, tal vez hubiese un mensaje de ella. Nada. Sólo un millón de fotografías en el escritorio sucediéndose una tras otra como una macabra procesión de recuerdos.

Volvería a dormir. No tenía pensado trabajar hoy tampoco.
Ése era el plan, pero estaba claro que no iba a poder ser. De pronto le pareció escuchar la llave en la cerradura y una voz que le llamaba. Por cierto, una voz cabreada.

Por todos los… ! ¡Qué asco! ¿Te has muerto ya?- le preguntó Susana con un enfado de narices.
-¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?
-Con la llave de Matilde. Se la dejó en el piso que compartíamos. Sí, la he nombrado y el mundo no se ha desplomado. Matilde, Matilde, Matilde, ¿sigo?
Déjame en paz!
Cuando te levantes! ¿Durante cuánto tiempo crees que voy a poder continuar yo sola con el negocio? ¡Necesito ayuda! ¡La tuya, que para algo eres el jefe!
-Susana, por favor, ¡déjame!

Ella le ignoró por completo y acercándose a él tiró fuerte de la manta bajo la que se encontraba en calzoncillos.

Eh!
-¿Qué? Te he visto millones de veces en bañador. ¡Levanta!

Con movimientos rápidos y seguros empezó a descorrer cortinas permitiendo que la luz los inundase y les mostrara la horrible realidad. Sin añadir una palabra más Susana comenzó a recoger de una forma rápida y compulsiva. Conocía el piso. Había estado millones de veces en él junto a Matilde. Sabía dónde estaban las bolsas de basura y hasta las sábanas limpias.

Daniel la veía moviéndose de aquí para allá con gestos rápidos y certeros. Parecía nerviosa, él sabía que estaba furiosa, pero allí estaba ayudándolo. Como siempre. La eficiente Susana siempre dispuesta a ayudarle. Era una buena amiga, eso estaba claro.

     Incómodo por la actividad de Susana, decidió al menos tomar una ducha y vestirse adecuadamente. Para él no era lo  mismo estar en bañador que en calzoncillos. Así que sin decir una palabra se dirigió al dormitorio, cogió ropa y se fue al baño. Para cuando salió se sentía mejor. La ducha le había aclarado las ideas, el afeitado le había sentado genial y desde luego, Susana había obrado un auténtico milagro en su piso.

-Guau chica. Sí que eres eficaz.
-Gracias. Intento hacer lo que hacen los adultos. Enfrentar los problemas.
-¿Soy un problema?
-Tal vez. Venga, vamos al despacho, tienes que firmar una montaña de papeles, citas con posibles clientes y todo lo demás. Tus empleados te echan de menos.
-Seguro que sí.
-No seas irónico Daniel, no te pega nada. Tal vez Tomás y yo nos encarguemos de muchos asuntos, pero ellos quieren verte a ti. Somos una empresa muy pequeña, casi más una familia que otra cosa.
-Está bien. Lo siento.

Y así fue como Daniel decidió volver al mundo de los vivos, al menos en apariencia e intentar retomar la rutina de cada día. Alli estaban sus amigos, Tomás y Susana. Faltaba Matilde dando su toque de humor y bromeando con unos y otros.

     Durante las siguientes semanas intentó parecer un ser normal y no un muerto viviente. Se volcó en el trabajo de una forma total y pasó mucho tiempo con sus amigos. Tomás era muy eficiente en su trabajo. Él y Daniel habían montado la empresa unos años atrás, y Susana se agregó algo después. Tenía un don de gentes increíble, era como una especie de contacto directo con los clientes, una relaciones públicas excelente. Además tenía un gusto exquisito para los detalles y desde que ella había llegado a la empresa los pedidos habían aumentado considerablemente.

     Para animar un poco a Daniel, Tomás había decidido hacer una fiesta con todos los empleados y amigos. Dando vueltas al asunto estaba cuando llegó aquella mañana Susana saludando a todos y riendo con un chiste de Julio Salazar, un trabajador de casi sesenta años que se pasaba media vida contando chistes malos. Ella siempre se reía con ellos. Estaba radiante. Su sonrisa, siempre atenta a las necesidades de los otros trabajadores… De pronto la mirada de Susana se cruzó con la de Daniel y ella se sonrojó visiblemente y desvió la mirada.

-Hoy está muy guapa ¿verdad?- dijo Tomás a Daniel.
-Siempre lo está ¿no?- contestó Daniel.
-Pues deberías decírselo alguna vez.

Daniel puso cara de estupefacción y se quedó mirando a Tomás incrédulo.
-No veo por dónde vas.
-Pues te ayudaré un poquito- continuó Tomás – Ella está loca por ti desde siempre. Es la única que te apoya incondicionalmente, trabaja como una mula, es una mujer muy guapa y siempre te salva el culo de las peores situaciones. Cuántas y cuántas veces ha tenido que tragar el veros a Matilde y a ti juntos. Pero nunca te ha puesto mala cara ni se ha marchado a otro lugar. Hasta ahora.
-¿Cómo?
-Se va. Me lo dijo anoche tomando una cerveza. Ha decidido volar fuera del nido y dejar de esperar lo que nunca va a llegar según sus propias palabras. Y si le dices que te he dicho algo de esto, te mato.

Aquella revelación dejó pensativo a Daniel y con un incómodo pellizco en su interior. Susana se iba. No recordaba desde cuando estaban relacionados. La verdad, a él siempre le gustó Matilde, pero Susana venía como en un paquete añadido. Es más, siempre estaba ahí. Cuando el año anterior él se cayó y se partió la pierna, Susana le llevaba a las citas médicas y le suplía en el trabajo. Siempre amable y contenta. Cuando comenzó la aventura de la empresa, ella se mantuvo firme y no dudó en apoyarles hasta que finalmente decidió unirse a ellos. Matilde, sin embargo, solo acudía a los actos de presentación y era como la modelo guapa a la que todos fotografían, mientras Susana hacía el trabajo.

¿Cuántas veces había estado Susana pendiente de él? ¿Cuántas le había cantado las cuarenta sin miedo? Sin embargo, él no sabía prácticamente nada de ella. Había estado tan absorto en Matilde que ni siquiera conocía las vidas de sus trabajadores, mientras que Susana preguntaba a Laura por sus pequeñas, o a Juan por su artritis, o se reía con los pésimos chistes de Julio.

Susana era simplemente magnifica. La había tenido tan cerca que jamás pensó que podía perderla. Y ahora se iba.

Pensaba en la pérdida de Matilde y notaba dolor, pero a la vez, en su interior ya llevaba tiempo presintiendo que algo así podía ocurrir. Matilde no quería compromisos y él los necesitaba para continuar. Como Susana. Ahora pensaba en que también podía perder la sonrisa y vitalidad de su amiga y se sentía desfallecer.

-No me ha dicho nada- le dijo a Tomás.
-Te lo dirá esta noche en la fiesta. 

Llegó la noche y con ella la fiesta. Daniel no tenía ganas de juerga pero no podía faltar. Sabía que tras ella había muchos preparativos y debía estar. Su subconsciente tenía miedo de que Susana le dijera que se iba. Tal vez si no podía hablar con él y no se lo decía, tampoco se iría. Menudas tonterías pensaba su subconsciente.

Fue entonces cuando la vio entrar. El corazón casi deja de latirle. No podía ser. Matilde estaba en la puerta del local, con su vestido de diseño, su maquillaje perfecto y su inmaculado peinado. Buscaba a alguien con la mirada y la detuvo en él. Estaba claro a quién buscaba. Su rostro se llenó con una gran sonrisa. Tras ella acababa de entrar Susana. Increíble. Bella. Traía su cabello suelto en lugar del consabido recogido que usaba para estar cómoda en el trabajo. Llevaba un bonito vestido sencillo que le sentaba genial. Estaba impresionante. Su rostro serio, resignado. También se fijó en Daniel. Le sonrió y le hizo una especie de guiño señalándole a Matilde, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos.

Daniel no podía quitar los ojos de encima de Susana cuando notó que Matilde le echaba las manos al cuello y buscaba sus labios.

-Oh Daniel querido. ¡Cuánto te he echado de menos! Aún no puedo creer que me asustara tanto y te dijera todas esas sandeces. Menos mal que tú me amas con locura y me habrás perdonado. Te veo bien y ahora que yo estoy aquí, estarás mejor.
-Ah, hola Matilde. Por favor, disculpa. He de saludar a alguien muy importante para mí.

Daniel dejó a una boquiabierta Matilde que le miraba incrédula con ojos desencajados mientras él se acercaba a Susana.

-Hola.
-Hola- contestó ella con una sonrisa.
-Estás guapísima.
-Muy original.
-Tomás me ha dicho que te vas.
-¿Has visto a Matilde?
-No seas gallina y me cambies de tema. Será una broma ¿verdad?
-No. No lo es, desde que te vi en calzoncillos tengo pesadillas. Necesito poner distancia.
-Muy graciosa. Pero no puedes irte.
-No veo porqué no.
-Tengo un par de razones para que te quedes.

Y dicho esto la cogió en sus brazos y le dio un beso apasionado ante toda la sala que comenzó a aplaudir con entusiasmo.

-¿Esto es porque me voy este fin de semana con mis padres?
-¿Con tus padres? ¿No dejas la empresa?
-No era mi idea. Me cuesta mantenerme alejada de ti- le contestó con una sonrisa.

Daniel comenzó a reir primero tímidamente y luego con más fuerza y miró a Tomás que sonreía pícaramente en un rincón. Luego se percató de que Matilde seguía ahí. Pero le daba igual. Acababa de descubrir que Susana era todo lo que quería y siempre había estado ahí, pero de verdad. Una nueva vida comenzaba para ambos. Su alma había sanado las heridas. El sol volvía a relucir y el mañana era prometedor. No lo pensó más y volvió a besarla. ¡Qué diantres! ¡Ya había perdido mucho tiempo!


Violeta