El Cetro

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     Cuentan que los antiguos egipcios conocían que el cielo estaba sostenido por pilares de papiro, ya que esta planta surgió del pantano donde nació el propio dios Ra. Para que quedase constancia clara de ello, adornaban las columnas de sus grandes templos inspirándose en esta planta, de ahí, las columnas papiriformes que sostienen el templo como si del universo se tratase…


     Iris quería demostrar a toda costa a su hermano que no le mentía. Por ello ya llevaba la mitad del jardín escarbado. Casi había hundido de nuevo la azada en la tierra a fin de conseguir su propósito cuando vio cómo un escarabajo emergía e intentaba huir de allí.

     Colocó la azada delante de tal forma que el pequeño insecto pudiese subir. Se negaba, pero ella insistió. Observó a su alrededor y cogió una hoja caída. Su tacto era seguro menos frío  que el metal de la azada. Lo colocó ante el pequeño escarabajo verde y consiguió que se subiese a ella. Luego, lo depositó a salvo entre el resto de hojas entre las plantas de colores.
    
     Aquél verano estaba siendo prolífero en este tipo de coleópteros. Ya llevaba varios días en que encontraba multitud de escarabajos e intentaba ponerlos todos a salvo. Una vez que lo hubo conseguido se quedó un momento parada en el tiempo, pensativa. Una imagen extraña vino a su mente. Se vio a sí misma de niña junto a una anciana que le sonreía y le decía:

-El escarabajo verde es el disfraz que adopta el Dios Ra, mi pequeña. Al igual que ese bichito pequeño, el Dios Ra también hace girar y girar el sol de un lado al otro del firmamento para que a todos nos llegue su calorcito.

¿De dónde había venido eso? Uy, uy. No podía irse de marcha con los amigos. La bebida de la noche anterior le estaba causando estragos, aunque la verdad, no había bebido tanto. No le apetecía tomar nada. Al menos, nada con alcohol y terminó tomando zumos.

Qué curioso. De pronto la azada tocó algo duro. Ajá. Sabía que Ernesto estaba pasándose de la raya, metiéndose con ella porque ella ya era mayor y no tenía buena memoria. Sí claro, a sus veintinueve años era mayor. Pues vaya. En pocas horas iba a cumplir treinta. Otra década.

Empezó a escarbar de nuevo alrededor de aquel objeto duro que había tocado con la punta de la azada. Ernesto seguía diciendo que jamás enterraron nada de pequeños en el jardín. Ella recordaba claramente como un día enterraron juntos su caja de secretos. Eran mellizos. Jugaban juntos y les gustaban muchas cosas en común, al menos de pequeños. Ahora, conforme el tiempo iba avanzando se habían ido distanciando un poco.

-Aquí estás.

Feliz sacó una pequeña caja enterrada. ¡Qué bonita era! No la recordaba tan bonita. Era una caja triangular de madera con muchos cuadraditos tallados y cubiertos de colores. Rojo, amarillo, azul y verde la decoraban. En el centro había un dibujo. Parecía una planta. La caja con su forma triangular no era regular. Sus lados tenían unos quince x veinte x veinticinco centímetros. No recordaba esa forma tan rara.

De nuevo, un supuesto recuerdo vino a ella.

-Guarda aquí tus tesoros pequeña- repetía aquella anciana voz femenina- tiene la dimensión 3,4,5. El triángulo sagrado.

¿Qué? ¿El triángulo sagrado? Felipe tuvo que cargar bien anoche el único cubata que se había tomado.

     Conteniendo la respiración, tomó la tapa y la abrió. En su interior había canicas, cromos, un trozo de tela de una camisa de Ernesto, su hermano, y… ¡qué bonito! ¿Cómo no recordaba aquél objeto? Lo cogió y lo sacó a la luz para observarlo mejor. Era espléndido. Una especie de mango, como la empuñadura de un puñal estaba en sus manos. Era de un color verde hierba muy bonito. En el lugar donde terminaba el mango y supuestamente tendría que estar una hoja de metal o algo así, el objeto terminaba en  una especie de triangulo aplanado con unas hojas talladas.

     Nuevos recuerdos vinieron a su mente y empezó a vislumbrar columnas con aquella forma y mucha agua. Olía a hierba, a humedad, a juncos…

-¡Iris! ¡Iris, despierta!
-¿Eh? ¿Qué ocurre?
-No lo sé. Venía a burlarme de ti y tus agujeros en el jardín y te he visto aquí en el suelo tumbada. Te has desmayado. ¿Te encuentras bien?
-Creo que sí. He tenido un sueño muy raro.

Ernesto la observó.
-Es curioso. No se te ve pálida. Al contrario, estás deslumbrante. Tienes un brillo en la piel increible.
-Gracias querido. Me sienta bien cumplir años- bromeó Iris.
-¡La has encontrado! Pero… ¡un momento! ¡Es espectacular!

Ernesto cogió el objeto de manos de Iris y lo observó boquiabierto. Luego miró la caja que lo contenía y miró a Iris alucinado.
-No recuerdo estos objetos.
-Yo recuerdo la caja- le respondió ella- pero este mango sin hoja no lo recuerdo.
-¿Mango sin hoja? No hermanita. Es un “menhit” Un cetro de papiro. Yo diría que es muy antiguo.

Ernesto era un enamorado del antiguo Egipto. Siempre adoró todo lo relacionado con él y se dedicaba a su estudio. Trabajaba en un museo como conservador y era feliz con su trabajo. Lo adoraba. Su esposa, Carmen, siempre le bromeaba diciéndole que le era infiel con las momias que allí había, porque pasaba más tiempo en el museo que en casa. 

-¿Iris? ¿Tú lo recuerdas?
-No. La verdad. Sólo quería darte una lección. No soy tan vieja para no recordar que enterramos esto aquí. Aunque ahora que lo pienso, tú tienes la misma edad que yo. ¿Un cetro de papiro?
-Sí. Se utilizaba como amuleto. Muestra el tallo y el brote del papiro como símbolo natural de la vida.
-Vaya.
-Y la caja. Tiene la dimensión 3,4,5. Fíjate. Medirá aproximadamente quince x veinte x veinticinco centímetros. Si divides estas medidas por cinco, dan una equivalencia 3,4,5. Igual que las pirámides egipcias y el triángulo sagrado.
-Tú y tu Egipto.

La joven Iris lo miró sonriendo. Pero Ernesto la miraba absorto. La piel de Iris resplandecía como nunca. Estaba hermosa y serena. Ella que siempre era un manojo de nervios desaliñado. 

-Voy a tapar estos agujeros. Dame mi cetro hermano, creo que es mío. Luego me voy a dormir, estoy cansada.

Iris entró en la casa y con cuidado lavó muy bien el cetro. Luego, terminó de lavarse las manos. Tuvo una especie de impulso y antes de tenderse a descansar en el sofá se dirigió a Ernesto y le dio un fuerte abrazo. Hacía mucho tiempo que no tenía un gesto así, tan espontáneo. Pero por algún motivo era una necesidad imperiosa.

-¡Uy, que me estrujas! ¡Ni que no fueses a verme más! ¡Qué barbaridad!- dijo un encantado Ernesto achuchando cariñosamente a su hermana.
-No te librarás tan fácilmente de mí. Voy a descansar un poco y luego taparé todos esos agujeros. Dentro de un par de horas más o menos seremos más mayores.
-Sí, pero yo envejezco mejor que tú.

Ernesto bromeaba pero a la vez estaba intrigado. Iris siempre había sido muy guapa, pero ahora, estaba deslumbrante por segundos.

Iris se durmió plácidamente en el sofá y Ernesto se dirigió a su biblioteca particular. Aunque tenía su propia casa donde tenía todos sus libros maravillosos, en casa de sus padres conservaba aún algunos. Entonces lo vio. El libro dedicado a las divinidades egipcias. Comenzó a buscar en él y vio una fotografía del cetro. Era idéntico al de Iris. El texto explicaba que este cetro aparece asociado en multitud de ocasiones a diosas como Hathor, Bastet, Sekhmet y Neith. ¿Cómo habría podido llegar un objeto tan importante y de tanto valor a manos de una niña? Él no lo recordaba y sin duda, lo recordaría. Su amor por Egipto venía desde pequeño.

Iris tuvo sueños inquietantes donde se veía a sí misma vestida con una especie de túnica en color lavanda. En el cuello tenía un “usej” o dicho de otra manera, un collar egipcio. Su cabello era largo y negro y estaba tejido con una especie de trencitas muy finas. Una hermosa diadema lo adornaba. Sus ojos maquillados con khol. Se encontraba tumbada en un diván y desde el mismo tenía una espléndida visión del Nilo. El olor a papiro impregnaba el ambiente.

-Iris, Iris, hija, ¿estás bien?
-¿Mamá?
-Te has dormido.
-He tenido un sueño muy hermoso.
-Con Egipto ¿verdad?
-¿Cómo lo sabes?
-Porque ha llegado el momento de que continúes con el destino para el que naciste, mi pequeña- respondió su madre con lágrimas en los ojos.
-No entiendo.
-Yo te lo explicaré hermana- intervino Ernesto-. Eres una descendiente directa de una gran sacerdotisa del antiguo Egipto. El cetro es un amuleto que simboliza justo lo que tú eres, alegría, juventud, florecimiento… deberías verte ahora mismo. Estás resplandeciente. Durante generaciones las sacerdotisas de generación en generación han ido cuidando del templo del papiro. Nacéis en cualquier lugar del mundo, a veces como en tu caso, podéis incluso tener un mellizo. En este caso yo. Supuestamente, yo habría sido hijo único, pero el destino quiso que nacieses en esta casa, en este lugar. Por eso imagino que adoro tanto Egipto. Cuando cumplís los treinta años, de nuevo el  número 3, vuestros recuerdos de vidas anteriores vuelven y vuestra misión se os manifiesta.
-Entonces, ¿tendré que irme de aquí?
-No hay otra alternativa si quieres continuar con tu destino. – alegó su madre-. Yo creí que era la elegida por una historia que me contó mi bisabuela, pero eres tú.
-Necesito hacerlo mamá. Lo necesito Ernesto. No puedo explicarlo, pero tengo una necesidad de volver a mis orígenes o lo que sean.
-Es normal. Es la llamada. Estoy orgullosa de ti, te echaré de menos, aunque te visitaré cuando me dejen. Soy hombre, no estoy seguro de que me dejen verte.
-Bueno, se supone que yo mando, así que te dejaré visitarme siempre que quieras y yo vendré siempre que pueda.

Y así fue como Iris pudo por fin entender el misterio de la caja, los escarabajos y sus extraños sueños que formaban parte de otra vida anterior. Hay quien dice que hoy en día ya no existen las antiguas sacerdotisas y que los templos no son más que restos de lo que hubo, pero lo que nadie sabe es que en algún lugar de Egipto, oculto a la vista de todos, se encuentra el Templo del Papiro, donde la sacerdotisa Iris vigila para que el mundo rejuvenezca y se prepare para renacer en el más allá.


Violeta

Un Nuevo Día

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No importa lo gris que haya sido el día: mañana siempre será mejor. 

Hay personas que se empeñan en ver toda una escala de grises pasando muy cerca del negro en su día a día, y todos hemos tenido una racha así, pero no debemos olvidar que "EL NEGRO NO ES UN COLOR, SINO LA SUMA DE TODOS LOS COLORES", según decía un profesor de dibujo que me dio clases en el instituto. Por esta razón debemos dejar de verlo todo negro y gris, ya que, si tenemos todos los colores en él, ¿por qué no elegir cualquier otro?

En la teoría de colores que dimos recuerdo que, en pigmentos, el negro era la suma de todos los colores, pero en luz, el blanco los reunía a todos y el negro era su ausencia. Debemos recordar que siempre hay día después de la noche y siempre vuelve a salir el sol, por lo que siempre hay que mirar al cielo, ya que, ni siquiera en las noches en que no hay luna, existe oscuridad completa, pues ya se encargan de ello las estrellas.

Todos tenemos estrellas alrededor, así que no te desanimes, simplemente abre los ojos y mira hacia ellas, ya que, de un momento a otro, saldrá un sol radiante que te cegará por completo con su maravillosa luz y claridad.


La Perfección

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Es curioso cómo pasa la vida sin darnos cuenta... de nada. Lo tenemos todo a nuestro alcance y nos empeñamos en ponernos las cosas difíciles, en establecer metas inalcanzables, en alcanzar la perfección... cuando la perfección no existe. Es una mera invención de la sociedad consumista en la que vivimos, porque además, ¿cómo puede ser la perfección tan cambiante? ¿Cómo puede la perfección depender de la época en la que vivimos si no es una mera ilusión de las personas y de las circunstancias del momento?

Si fuera posible bajar de esta veloz rueda giratoria en la que está sumida nuestra vida diariamente y poder observarlo todo desde fuera, seguro que nos escandalizaría nuestro ritmo de vida y nuestros objetivos, impuestos por nosotros mismos.

Si buscamos la palabra perfecto en el diccionario, esto es lo nos encontramos: que posee el grado máximo de una determinada cualidad o defecto. Y ahora yo pregunto: ¿cuál es el grado máximo? ¿Existe algún grado  que no sea superable por otro? ¿Y exactamente cúanto es un grado? 

Como veis, la perfección es inalcanzable, simplemente, porque ni siquiera se sabe lo que es de manera exacta. Por ello, no malgastéis vuestra vida intentando alcanzarla, pues es imposible. Después de todo, ¿cómo sabemos que algo es perfecto si no sabemos cuáles son sus defectos? ¿No son los defectos lo que hace que todo sea perfecto? 


Cosas de la Vida

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     Para aquellas personas que hayan sufrido penas de amor, saben que es un dolor fijo y constante que se te clava en lo más profundo de tu alma. No voy a entrar en cuestión de religión ni creencias, pero sí es cierto que para muchos de nosotros el cuerpo es mortal, el alma inmortal. Personalmente opino que por eso debe doler tanto, porque te hieren el alma y ésa no debería sufrir daño alguno.

     Con todos mis respetos a todas aquellas personas que han sufrido este tipo de dolor que parece que jamás va a curarse, os voy a contar la historia de Daniel, un muchacho de veintisiete años que vivía entre penumbras tras la marcha de su novia, Matilde.

     Los jóvenes llevaban ya tiempo juntos. Desde muy niños habían empezado una bonita y tierna historia de amistad que terminó convirtiéndose como por arte de magia en una hermosa historia de amor. Sus primeros flirteos, tímidos e inexpertos continuaron con la dicha del saberse amado y correspondido y por supuesto la felicidad plena de quien vive el momento junto a quien quiere.

     Pero también es cierto que las personas van cambiando, madurando. Daniel y Matilde empezaron a ser muy amigos desde el preescolar, continuaron durante la primaria y se hicieron novios en los comienzos de la secundaria. Si has tenido la suerte de que esto te ocurra con tu media naranja, la relación se irá fortaleciendo, cambiando de nivel, mejorando. También te puede pasar que con el paso del tiempo o quizás la monotonía, la situación puede cambiar. No siempre queremos las mismas cosas ni las necesitamos tampoco. Algo así ocurrió en el caso de Matilde que comprendió un buen día que si bien quería mucho a Daniel, no era el hombre con el que quería compartir el resto de su vida.

     Unos meses atrás Daniel había preparado la declaración de amor más hermosa de su vida dispuesto a convencer a Matilde para que se fuese a vivir con él. Llevaban tanto tiempo juntos que había llegado el momento de pasar a otro nivel. El tiempo diría si había o no boda, ya que de sobra sabía que las bodas no eran para Matilde. Ésa era su amiga Susana. Más de una vez Susana y Matilde habían bromeado y hablado en serio también sobre ese tema.

Para Matilde el matrimonio era una atadura que cambiaba a las personas. Para Susana era la consolidación de una relación entre dos personas que se aman. Daniel dudó un poco porque imaginó que tal vez se resistiese a dar otro paso más, pero jamás pensó que cortaría de cuajo con la relación.

     Ahora, con el corazón roto y el alma desquebrajada, recordaba cómo Susana le advirtió mientras le ayudaba a preparar aquella megafiesta de que Matilde iba a asustarse. Siempre se había asustado del compromiso. Siempre.

-Pero Susana- le decía Daniel en su momento- Nos queremos. Llevamos siglos juntos. ¡Es lo que sigue!
-No para ella Daniel. Ella es un espíritu libre y va a creer que quieres tenerla sujeta. Casi siempre estáis acompañados, por mí, por tu primo Tomás, por ambos, por el grupo entero de amigos…

Daniel sabía cuánta verdad encerraban esas palabras, pero no quiso escucharla.

Y de esta forma organizó una fiesta preciosa en la que invitó a un montón de amigos. Al finalizar la velada donde una deslumbrante Matilde estaba eufórica, sonriente y con algún grado de alcohol en su cuerpo, un Daniel esperanzado le entregaba a solas, en la terraza del local donde estaban, una hermosa caja de terciopelo con una llave en su interior.

La reacción de Matilde no pudo ser peor. Al principio se quedó sin habla, luego empezó a poner todo tipo de excusas, algunas podían tenerse en cuenta, otras eran sin lugar a dudas, eso, excusas. Daniel no daba crédito a lo que escuchaba. Matilde no quería ataduras y además estaba viendo claro que él buscaba otros compromisos y eso la aterrorizó. Así que simplemente, se marchó. Sin más. Tenía familia fuera y decidió irse durante el resto del verano con ellos y tal vez incluso, tantear la posibilidad de continuar lo que le quedaba de sus estudios universitarios fuera.

Como consecuencia de todo ello, Daniel estaba destrozado. La llamaba por teléfono, pero ella no le contestaba. Le enviaba emails, pero ella no los respondía. Incluso intentó visitarla, pero al parecer ella se había marchado a un viaje por el extranjero con su prima.

Se sumió en una depresión tal que prácticamente dejó de comer, de salir, su piso de soltero estaba hecho un asco, y su empresa de catering, totalmente abandonada por su parte. No tenía intención de continuar con nada por ahora.

Aquella mañana abrió los ojos lentamente. Olía raro. Claro, llevaba unos días sin limpiar en absoluto y dejándolo todo por medio. El piso estaba hecho un auténtico asco. Le dio por mirar el ordenador, tal vez hubiese un mensaje de ella. Nada. Sólo un millón de fotografías en el escritorio sucediéndose una tras otra como una macabra procesión de recuerdos.

Volvería a dormir. No tenía pensado trabajar hoy tampoco.
Ése era el plan, pero estaba claro que no iba a poder ser. De pronto le pareció escuchar la llave en la cerradura y una voz que le llamaba. Por cierto, una voz cabreada.

Por todos los… ! ¡Qué asco! ¿Te has muerto ya?- le preguntó Susana con un enfado de narices.
-¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?
-Con la llave de Matilde. Se la dejó en el piso que compartíamos. Sí, la he nombrado y el mundo no se ha desplomado. Matilde, Matilde, Matilde, ¿sigo?
Déjame en paz!
Cuando te levantes! ¿Durante cuánto tiempo crees que voy a poder continuar yo sola con el negocio? ¡Necesito ayuda! ¡La tuya, que para algo eres el jefe!
-Susana, por favor, ¡déjame!

Ella le ignoró por completo y acercándose a él tiró fuerte de la manta bajo la que se encontraba en calzoncillos.

Eh!
-¿Qué? Te he visto millones de veces en bañador. ¡Levanta!

Con movimientos rápidos y seguros empezó a descorrer cortinas permitiendo que la luz los inundase y les mostrara la horrible realidad. Sin añadir una palabra más Susana comenzó a recoger de una forma rápida y compulsiva. Conocía el piso. Había estado millones de veces en él junto a Matilde. Sabía dónde estaban las bolsas de basura y hasta las sábanas limpias.

Daniel la veía moviéndose de aquí para allá con gestos rápidos y certeros. Parecía nerviosa, él sabía que estaba furiosa, pero allí estaba ayudándolo. Como siempre. La eficiente Susana siempre dispuesta a ayudarle. Era una buena amiga, eso estaba claro.

     Incómodo por la actividad de Susana, decidió al menos tomar una ducha y vestirse adecuadamente. Para él no era lo  mismo estar en bañador que en calzoncillos. Así que sin decir una palabra se dirigió al dormitorio, cogió ropa y se fue al baño. Para cuando salió se sentía mejor. La ducha le había aclarado las ideas, el afeitado le había sentado genial y desde luego, Susana había obrado un auténtico milagro en su piso.

-Guau chica. Sí que eres eficaz.
-Gracias. Intento hacer lo que hacen los adultos. Enfrentar los problemas.
-¿Soy un problema?
-Tal vez. Venga, vamos al despacho, tienes que firmar una montaña de papeles, citas con posibles clientes y todo lo demás. Tus empleados te echan de menos.
-Seguro que sí.
-No seas irónico Daniel, no te pega nada. Tal vez Tomás y yo nos encarguemos de muchos asuntos, pero ellos quieren verte a ti. Somos una empresa muy pequeña, casi más una familia que otra cosa.
-Está bien. Lo siento.

Y así fue como Daniel decidió volver al mundo de los vivos, al menos en apariencia e intentar retomar la rutina de cada día. Alli estaban sus amigos, Tomás y Susana. Faltaba Matilde dando su toque de humor y bromeando con unos y otros.

     Durante las siguientes semanas intentó parecer un ser normal y no un muerto viviente. Se volcó en el trabajo de una forma total y pasó mucho tiempo con sus amigos. Tomás era muy eficiente en su trabajo. Él y Daniel habían montado la empresa unos años atrás, y Susana se agregó algo después. Tenía un don de gentes increíble, era como una especie de contacto directo con los clientes, una relaciones públicas excelente. Además tenía un gusto exquisito para los detalles y desde que ella había llegado a la empresa los pedidos habían aumentado considerablemente.

     Para animar un poco a Daniel, Tomás había decidido hacer una fiesta con todos los empleados y amigos. Dando vueltas al asunto estaba cuando llegó aquella mañana Susana saludando a todos y riendo con un chiste de Julio Salazar, un trabajador de casi sesenta años que se pasaba media vida contando chistes malos. Ella siempre se reía con ellos. Estaba radiante. Su sonrisa, siempre atenta a las necesidades de los otros trabajadores… De pronto la mirada de Susana se cruzó con la de Daniel y ella se sonrojó visiblemente y desvió la mirada.

-Hoy está muy guapa ¿verdad?- dijo Tomás a Daniel.
-Siempre lo está ¿no?- contestó Daniel.
-Pues deberías decírselo alguna vez.

Daniel puso cara de estupefacción y se quedó mirando a Tomás incrédulo.
-No veo por dónde vas.
-Pues te ayudaré un poquito- continuó Tomás – Ella está loca por ti desde siempre. Es la única que te apoya incondicionalmente, trabaja como una mula, es una mujer muy guapa y siempre te salva el culo de las peores situaciones. Cuántas y cuántas veces ha tenido que tragar el veros a Matilde y a ti juntos. Pero nunca te ha puesto mala cara ni se ha marchado a otro lugar. Hasta ahora.
-¿Cómo?
-Se va. Me lo dijo anoche tomando una cerveza. Ha decidido volar fuera del nido y dejar de esperar lo que nunca va a llegar según sus propias palabras. Y si le dices que te he dicho algo de esto, te mato.

Aquella revelación dejó pensativo a Daniel y con un incómodo pellizco en su interior. Susana se iba. No recordaba desde cuando estaban relacionados. La verdad, a él siempre le gustó Matilde, pero Susana venía como en un paquete añadido. Es más, siempre estaba ahí. Cuando el año anterior él se cayó y se partió la pierna, Susana le llevaba a las citas médicas y le suplía en el trabajo. Siempre amable y contenta. Cuando comenzó la aventura de la empresa, ella se mantuvo firme y no dudó en apoyarles hasta que finalmente decidió unirse a ellos. Matilde, sin embargo, solo acudía a los actos de presentación y era como la modelo guapa a la que todos fotografían, mientras Susana hacía el trabajo.

¿Cuántas veces había estado Susana pendiente de él? ¿Cuántas le había cantado las cuarenta sin miedo? Sin embargo, él no sabía prácticamente nada de ella. Había estado tan absorto en Matilde que ni siquiera conocía las vidas de sus trabajadores, mientras que Susana preguntaba a Laura por sus pequeñas, o a Juan por su artritis, o se reía con los pésimos chistes de Julio.

Susana era simplemente magnifica. La había tenido tan cerca que jamás pensó que podía perderla. Y ahora se iba.

Pensaba en la pérdida de Matilde y notaba dolor, pero a la vez, en su interior ya llevaba tiempo presintiendo que algo así podía ocurrir. Matilde no quería compromisos y él los necesitaba para continuar. Como Susana. Ahora pensaba en que también podía perder la sonrisa y vitalidad de su amiga y se sentía desfallecer.

-No me ha dicho nada- le dijo a Tomás.
-Te lo dirá esta noche en la fiesta. 

Llegó la noche y con ella la fiesta. Daniel no tenía ganas de juerga pero no podía faltar. Sabía que tras ella había muchos preparativos y debía estar. Su subconsciente tenía miedo de que Susana le dijera que se iba. Tal vez si no podía hablar con él y no se lo decía, tampoco se iría. Menudas tonterías pensaba su subconsciente.

Fue entonces cuando la vio entrar. El corazón casi deja de latirle. No podía ser. Matilde estaba en la puerta del local, con su vestido de diseño, su maquillaje perfecto y su inmaculado peinado. Buscaba a alguien con la mirada y la detuvo en él. Estaba claro a quién buscaba. Su rostro se llenó con una gran sonrisa. Tras ella acababa de entrar Susana. Increíble. Bella. Traía su cabello suelto en lugar del consabido recogido que usaba para estar cómoda en el trabajo. Llevaba un bonito vestido sencillo que le sentaba genial. Estaba impresionante. Su rostro serio, resignado. También se fijó en Daniel. Le sonrió y le hizo una especie de guiño señalándole a Matilde, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos.

Daniel no podía quitar los ojos de encima de Susana cuando notó que Matilde le echaba las manos al cuello y buscaba sus labios.

-Oh Daniel querido. ¡Cuánto te he echado de menos! Aún no puedo creer que me asustara tanto y te dijera todas esas sandeces. Menos mal que tú me amas con locura y me habrás perdonado. Te veo bien y ahora que yo estoy aquí, estarás mejor.
-Ah, hola Matilde. Por favor, disculpa. He de saludar a alguien muy importante para mí.

Daniel dejó a una boquiabierta Matilde que le miraba incrédula con ojos desencajados mientras él se acercaba a Susana.

-Hola.
-Hola- contestó ella con una sonrisa.
-Estás guapísima.
-Muy original.
-Tomás me ha dicho que te vas.
-¿Has visto a Matilde?
-No seas gallina y me cambies de tema. Será una broma ¿verdad?
-No. No lo es, desde que te vi en calzoncillos tengo pesadillas. Necesito poner distancia.
-Muy graciosa. Pero no puedes irte.
-No veo porqué no.
-Tengo un par de razones para que te quedes.

Y dicho esto la cogió en sus brazos y le dio un beso apasionado ante toda la sala que comenzó a aplaudir con entusiasmo.

-¿Esto es porque me voy este fin de semana con mis padres?
-¿Con tus padres? ¿No dejas la empresa?
-No era mi idea. Me cuesta mantenerme alejada de ti- le contestó con una sonrisa.

Daniel comenzó a reir primero tímidamente y luego con más fuerza y miró a Tomás que sonreía pícaramente en un rincón. Luego se percató de que Matilde seguía ahí. Pero le daba igual. Acababa de descubrir que Susana era todo lo que quería y siempre había estado ahí, pero de verdad. Una nueva vida comenzaba para ambos. Su alma había sanado las heridas. El sol volvía a relucir y el mañana era prometedor. No lo pensó más y volvió a besarla. ¡Qué diantres! ¡Ya había perdido mucho tiempo!


Violeta

Instinto

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     Hay quien piensa que el instinto no es un sentido más que forma parte de nuestra naturaleza, pero yo os aseguro que es uno de los más importantes. En ocasiones tu vida puede depender de él, y eso, queridos amigos, no es como se suele decir “moco de pavo”.

     Me llamo Rebeca y esta historia que os voy a contar puede que os resulte desconcertante, increíble y en cualquier caso, tal vez sobrecogedora.

     No hace mucho tiempo mi vida se limitaba a mi trabajo y poco más. Llevo casada ya casi ocho años, sin embargo no tengo hijos. Mi marido y yo hemos visitado médicos y clínicas especializadas en el tema intentando saber por qué, ya que ambos deseamos con entusiasmo ser padres. Hasta ahora todas las conclusiones son iguales. Estamos sanos, ambos, pero por alguna razón no me quedo embarazada.

     Mi marido, Leonardo, no dejaba de sugerirme la adopción. Para mí es una solución que se me antoja cada vez más, pero he de admitir que sigo teniendo el reloj biológico totalmente despierto y activo y quiero agotar todas las posibilidades.

     De cualquier manera, mi vida continúa independientemente de mis deseos de ser madre. Sigo con ella, disfruto de ella e intento no volverme una obsesa del tema. Desde pequeña había escuchado varias veces una frase que me llamaba la atención, algo así como “Ten cuidado con lo deseas porque puede cumplirse”. ¿Quién iba a decirme que yo viviría ese dicho en primera persona?

     Aún recuerdo con claridad nítida aquella noche. Hace tan sólo dos meses, a mediados de febrero, llegué a casa algo más tarde de lo habitual. Mi marido me esperaba con una botella de vino y una maravillosa cena en la mesa. Incluso había colocado flores en ella. Estaba algo misterioso aquella noche. Se había vestido para una ocasión especial, y había algo en él… diferente.

     Lo primero que pensé es que estaba intentando disculparse conmigo. Unas cuántas noches antes se presentó en casa muy tarde y con un aspecto abominable. Menudas pintas traía. Para colmo de los colmos empezó a inventar excusas tontas que no me cuadraban para nada.

     Tal vez os parezca exagerado, pero yo diría que aquella noche era más magnético, irradiaba algo casi animal en su mirada y a la vez me cautivaba hasta un punto increíble. Nada más llegar a casa recuerdo haber notado una debilidad general en mi cuerpo. Leonardo se acercó a mí y dijo pocas palabras, pero quedaron grabadas a fuego en mí.

-Bienvenida Rebeca. Te estaba esperando.

Madre mía, incluso el tono de su voz parecía distinto. Mi marido es un hombre muy atractivo y yo estoy tan enamorada de él como el primer día, pero reconozco que aquella noche sentí una atracción inmensa hacia él.

Su mirada durante la cena llegó incluso a hacer que me sintiese tímida después de ocho años de matrimonio. Ni siquiera sé como pudimos aguantar hasta terminar la cena cuando ambos queríamos cenar algo diferente. Pero más increíbles aún fueron los postres. Si al principio me sentía tímida, luego me volví una especie de fiera desconocida.

Tan sólo unos días después comencé a sentirme algo rara, mareada, el vientre abultado. Sentía nauseas continuas y estaba claro que había cogido una buena gastroenteritis. Pero no era así. Totalmente alucinada escuché la noticia. Estaba embarazada.

La primera reacción que tuvo Leonardo al contárselo fue de incredulidad absoluta. Después, hizo algo absolutamente impredecible. Quería que cogiera esas vacaciones que me debían desde hacía ya tiempo y que nos marchásemos a una cabaña que tenían sus padres en la montaña. Tal cual. No dejaba de insistir en lo importante que era para mi salud el descanso, al menos los primeros meses del embarazo, insistía una y otra vez.

-Pero Leonardo, debo estar aquí y acudir a las primeras citas médicas. Ya sabes.
-Bah. ¿De cuánto estás? ¿De dos semanas? Vamos a celebrarlo. Alejémonos de todo y cuando pase tu primer trimestre volveremos y comenzarás con tus revisiones.
-La verdad es que me apetece descansar. Me siento agotada durante todo el día y mi vientre… está muy hinchado Parece que estoy de más tiempo, la verdad.
-Vayámonos pues. Dame ese capricho Rebeca- me insistía.

Nunca fui capaz de negarle nada a Leonardo cuando me miraba así. Por tanto, solicité mis vacaciones aludiendo necesidades por motivos de salud y nos marchamos a ese idílico lugar en la montaña al que muy poquitas veces me había llevado mi maridito.

Lo notaba totalmente solícito conmigo. Siempre lo había sido, pero ahora estaba todo el tiempo pendiente de cada uno de mis movimientos. Llegó a ser algo agobiante, la verdad. No me dejaba sola prácticamente para  nada. No cesaba de preguntarme por mi estado de ánimo, por mi apetito, vigilar mi sueño.

Ciertamente, hay padres que llevan esa palabra a un extremo total. Aunque reconozco que tal vez ayudase mi rápido crecimiento fetal.

-Leonardo,creo que debemos volver a casa. No es normal, fíjate en mi barriga. Parece que estoy de seis meses y no de uno. No es normal.
-Bobadas. Habrás tenido tú muchos embarazos quizá para saberlo.
No soy tonta! ¡Esto no es normal! ¡Ni mi apetito! ¡Ni mis sueños!
-Vale, vale, tranquila. Lo arreglaré todo y volveremos a casa, pero por favor, sólo unos días más. Llamaré a la clínica y concertaré una cita lo más urgente posible. ¿Más tranquila?
-Sí. Por supuesto. ¡Hazlo!

Mi intuición me decía que algo raro me ocultaba. Al igual que mi sentido común me avisaba que no era normal aquél crecimiento, aquel movimiento en mi interior. Parecía que tenía una lavadora dentro de mí. Tan solo estaba de poco más de un mes de gestación y notaba movimientos en mi interior de forma continúa. Y esos sueños. Por las noches soñaba que corría frenética por el bosque y de vez en cuando me paraba para tenderme feliz en la hierba y contemplar la luna.

A veces, mis sueños se complicaban y sentía hambre, frío y angustia. Entonces miraba al cielo y veía que la luna estaba llena. Comenzaba a sentir en mi interior una euforia ilimitada y unos deseos salvajes de correr. Justo en ése momento, me despertaba sobresaltada.

Los días pasaban. Yo casi no podía moverme. Tuve que meterme en cama y Leonardo seguía viéndolo todo “normal”. Mi intuición volvía a tocar la alarma. Debía salir de allí cuánto antes. Tenía que trazar un plan.

Me hacía la dormida y esperaba que él se durmiese para intentar acceder a su portátil. Desde siempre mi marido había adorado las últimas tecnologías y yo sabía por el tiempo que pasaba unido a ese aparato que estaba conectado con la realidad. Pero él me escuchaba de una forma instantánea. Los móviles nunca tenían cobertura y yo me sentía cada vez más angustiada.

La primavera hacía que los campos estuviesen preciosos. Casualmente este año yo no notaba los síntomas de la alergia, menos mal, algo me salía bien. Es más, daba largos paseos e intentaba inspirar lo máximo posible porque notaba mucho más agudizados mis sentidos del olfato e incluso de la vista y el oído. También me había vuelto más selectiva en las comidas, pero ante todo, estaba siempre alerta.

A menudo me colocaba las manos sobre mi abultadísimo vientre. Ya no podía dar esos paseos. Mi intuición esta vez me avisaba de dos cosas. De forma clara, algo ocurría. Y por otro lado, una especie de premonición. Mis pequeños estaban bien. Sí. Mis pequeños. Tenían que ser dos, porque cómo si no engordaba de esa forma tan exagerada y notaba esos movimientos tan bruscos.

-¡Leonardo! – le grité con las pocas fuerzas que tenía esta mañana.
-¿Qué ocurre Rebeca? ¿Estás bien?- acudió solícito.
-¡No! ¡No lo estoy y tú lo sabes! ¡Me tienes prisionera! ¡No veo a mis padres desde hace mes y medio! ¡Esto no es normal!- le grité señalando mi abultado vientre.

Él me miró y vi en su rostro lo que parecía ser ¿culpabilidad? De pronto tuvo una corazonada y no lo dudé.

-Mis padres no saben que estamos aquí ¿verdad?
-Así es Rebeca. No lo saben.
-¿Qué ocurre? - le pregunté intentando aparentar la máxima tranquilidad posible.
-Pronto lo sabrás cariño. Pero tranquila, todo va a salir bien. Tus padres creen que hemos ido al extranjero, para adoptar a un niño. Cuando nazcan nuestros pequeños volveremos y continuaremos nuestra vida. Bueno, al principio, los visitaremos y volveremos a este lugar. Hemos de estar en un lugar seguro hasta que todo esté controlado. Cuando no haya peligro, volveremos a nuestra rutina, pero por supuesto, esta cabaña seguirá aquí. Como siempre. De generación en generación nos ha ayudado a todos.

No podía creer lo que me estaba contando. Pero en ese momento no quería interrumpirle, necesitaba que siguiera explicándome.

-Tal vez debí contarte esto un poco antes Rebeca.

Su mirada era dulce. Sus gestos cariñosos hasta un extremo que no puedo describir. Pero en mi interior está creciendo una furia sin igual por momentos.

-¿Recuerdas aquella noche que te enfadaste tanto conmigo? Volví muy tarde y con un aspecto espantoso. Venía de cazar.
-¿De cazar?
-Llevamos juntos casi diez años, ocho casados y siempre me las he arreglado para calmar mis instintos de caza sin que notases nada.- me dijo en un tono extraño.- pero tú no dejabas de insistir en que querías familia. Yo te decía lo de adoptar para seguirte la corriente, pero lo cierto y verdad, querida esposa es que no puedo tener en casa niños humanos.
-¿Niños humanos? ¿Y éstos, que son? – le dije señalando mi vientre.
-Lobos.

Antes de que continuase noté un dolor desgarrador en mis entrañas y lo que pasó después lo desconozco. En cuestión de segundos todo se volvió negro. Creo que perdí la consciencia o me hicieron perderla.

 Ahora, al abrir los ojos, estoy algo confusa, esto ha tenido que ser una pesadilla. Seguro que abro los ojos del todo y me incorporo como si nada en mi dormitorio, en casa, junto a mi querido marido totalmente normal y anodino. Intento moverme y para mi desconsuelo, oh no, esto ha sido real.


     Leonardo está a mi lado, sonriente. En sus brazos hay un pequeño encantador. En la habitación también están mis suegros. Él tiene otro bebé en las manos y mi suegra, dos.

-Querida, aquí tienes a tus cachorros- me dice ella socarrona.
-¡Felicidades!- me dice mi suegro- Por cierto Leo, ¿se lo has dicho ya?

Leonardo me mira de nuevo con cara amorosa y se acerca a la cama. Mi gesto de retirada es instintivo, de nuevo el instinto. Pero en este momento me doy cuenta de que no le tengo miedo, más bien me siento de nuevo atraída por él.

Él me sonríe. Me besa en los labios y me hace una promesa pícara con los ojos. Mientras, coloca a uno de nuestros bebés en mi regazo. Oh, señor, es un bebé adorable con su piel sonrosada y toda esa cantidad de pelo. Empiezan a acercarme a los demás. Tres niñas y un niño. Todos igual de guapos. ¡He tenido cuatro hijos tras dos meses de gestación!

¿Por qué no estoy aterrorizada?
 
Entonces me acercan un espejo y yo veo en él reflejada mi imagen. Mi nueva imagen. Mi pelo se ve ahora con más cuerpo, mi rostro está… ¡Estoy hermosa! Mis ojos, se ven enormes, almendrados y de un tono pardo vivo. Me siento genial y divina. ¡Viva!

-Bienvenida a la manada amor- me susurra Leonardo.

Violeta

La Puerta de las Tinieblas

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Novela negra. Basada en la Roma de 1875. El director de un periódico aparece muerto, mientras que un asesino inglés, al parecer fallecido hace años, comete un nuevo asesinato, ahora en Roma. La supuesta víctima un escritor hecho famoso a base de unos libros que relatan la aventura del asesino ingés. ¿Estarán ambas muertes relacionadas? ¿Cómo puede un muerto cometer un asesinato? ¿Estará el propio cuerpo de policías involucrado? 

La Puerta de las Tinieblas es un libro muy interesante que te mantiene intrigado hasta el final, donde Archibugi, el protagonista, tiene que apañárselas para resolver los casos sin despertar el pánico de la población de Roma, a la vez que estalla una inminente revolución política y económica.


Uñas Doradas con Craquelado Violeta

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¡¡Hola a todos!! Esta mañana he estado inspirada y he experimentado con los colores para las uñas y el resultado ha sido unas uñas doradas con el craquelado en violeta. 


Las lacas de uñas son de KIKO.

Estoy aprovechando los primeros días de primavera para ir entremetiendo colores más alegres y vivos y mantener algo más los oscuros, ¡que me encantan!

Huevos de Pascua

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¡¡¡Uff!!! Vaya semanita. No he tenido tiempo casi ni para respirar (je, je), pero no puedo creer que todavía no haya publicado nada en el mes de abril. Las siguientes fotos las tomé la semana pasada, el domingo de Resurrección, cuando mi hermano y yo pintamos los huevos de pascua.


El proceso fue de lo más creativo, ja, ja ¡¡y nos lo pasamos super bien!!



Mi hermano eligió la temática de los coches:






Mientras que yo me dejé llevar... (XD):




Y así quedaron:


Pasamos un rato genial y os animo a que probéis vosotros también. ¿Habéis hecho algo creativo ultimamente?

Como siempre os deseo: ¡¡ÁNIMO Y ADELANTE!!