Valor

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     Álvaro lloraba acuclillado en una esquina de su dormitorio mientras escuchaba una y otra vez aquel ruido infernal.

     Su padre, Gabriel, había vuelto a beber. Era un hombre con muchos problemas, un cuerpo muy grande y una mente muy pequeña. Pensaba que en el fondo de una botella encontraría la solución a su vida, no se paraba a pensar que la solución había de buscarla por sí mismo, no en el fondo de una botella.

     Cuando el mundo de Gabriel se cerraba y la desesperación le apretaba las entrañas en lo único que podía pensar era en beber. A veces cuando llegaba a casa se dormía durante horas, pero otras, otras necesitaba descargar su ira y su frustración y terminó haciéndolo de la peor manera posible.

     Golpeaba muebles, gritaba, tenía aterrorizada a su esposa que no podía frenar su comportamiento e intentaba tapar todo lo que podía ante los ojos de su pequeño Álvaro, que tan solo tiene cinco años.

     Leonor, su esposa, temía que cualquier día no se conformase con golpear muebles y ella pudiese convertirse en triste diana de su dolor. Estaba asustada, atemorizada y se veía en un túnel sin salida donde la oscuridad cada día la ahogaba más.

     Por ello, decidió que había llegado el momento. O Gabriel cambiaba su actitud o Álvaro y ella se marcharían lejos, lo más lejos posible de ese infierno improvisado.

     Qué distintos habían sido los otros años pasados juntos. Qué hermosos recuerdos de cuando conoció a Gabriel. Aquel joven atento y maravilloso que la trataba como si fuese una reina y la agasajaba con continuas sorpresas y actos hermosos.

     Decidieron casarse pronto porque el amor que se procesaban era tan fuerte como la cadena más gruesa. No podían estar el uno sin el otro y empezar una vida en común era el paraíso soñado, sobre todo, cuando descubrieron que la naturaleza les había dado un regalo sin igual. Una vida creada conjuntamente. Leonor estaba embarazada.

     Ambas familias eran de clase media. Trabajadores que iban viviendo y sobreviviendo, conforme la época les imponía. Ambas familias les ofrecieron a la joven pareja vivir con ellos para que pudiesen sobrevivir a los gastos y los posibles inconvenientes de una recién iniciada convivencia.

     Pero ambos jóvenes rechazaron las ofertas. Querían esa convivencia, esa intimidad, el poder estar solos todo el día haciendo lo que sus corazones les dictasen.

     El problema es que para independizarse hay que tener también independencia económica. Con el escaso sueldo que recibía Gabriel en la empresa de transportes donde trabajaba no llegaba, por así decirlo, para pagar un alquiler, agua, luz, comida… Leonor dejó sus estudios, contenta y feliz con su nuevo estatus de amante esposa, ama de casa, futura madre. Como si una cosa acabase con la otra, ni siquiera intentó compatibilizar ambos aspectos de su vida, simplemente, lo dejó todo para dedicarse a su pequeño o pequeña y a su querido marido.

     Nació el pequeño Álvaro y la felicidad entró en la casa a raudales. Todo iba bien. Tenían lo justo en cuanto a lo material, pero en cuanto a lo espiritual, eran felices. Se amaban con locura y el pequeño sólo los unió más.

     Poco tiempo después de nacer el pequeño Álvaro, Gabriel perdió su trabajo. La empresa no podía hacer frente a todos los gastos y redujo la plantilla. Al principio, quedó el paro y la ayuda familiar, pero el tiempo pasaba, Gabriel se angustiaba y Leonor ya no sabía lo que hacer, lo que decir. Sólo sabía enfadarse de pura frustración. Podía haber terminado de estudiar, podían haber previsto las cosas, podían haber esperado un poco más para tener hijos, podían, podían, podían.

     Gabriel no aguantó más la tensión y comprobó que bañándose en alcohol podía ahogar sus penas. No desaparecían, pero se adormilaban durante retazos de tiempo cada vez mayores.

     Ya llegaba a casa gritando para que no le gritasen. Había comenzado golpeando muebles, gritando, ni siquiera recordaba desde cuándo no lo abrazaba su esposa. Hasta que un día levantó la mano y ante él donde todo era turbio y algo irreal no había una vitrina, sino Leonor.

     El ruido de la bofetada cayó como una losa tan pesada que era imposible sostenerla. Se quedó paralizado, pétreo. Leonor no dijo nada. Absolutamente nada. Se tocó la mejilla mientras que las lágrimas empezaron a correr por su cara sin ningún control. Poco a poco en su hermoso rostro empezó a dibujarse el contorno del golpe recibido. Lo peor no fue el dolor, ni la vergüenza, ni la desesperación o la impotencia. Lo peor fue que Álvaro lo vio.

-Gabriel, ha sido la primera, y la última- dijo Leonor en un tono de voz tan bajo y educado que erizaba la piel.

Gabriel estaba tan aterrorizado por el acto que acababa de cometer que no reaccionaba.

-O buscas ayuda profesional o Álvaro y yo nos vamos a casa de mis padres. Me da igual que llores, supliques o te tires por la ventana. Quiero al que siempre fuiste. Si no tienes trabajo y estás desesperado, lloramos juntos, sembramos tomates en una maceta, lo que sea, pero dejas de beber ya.

Álvaro no habló. Dejó de hablar. A partir de ese día, su voz se calló.

Gabriel dejó que cada una de las palabras que Leonor le había ido dirigiendo fuesen calando en su interior. Sílaba a sílaba, filo a filo.

Curioso. La resaca no llegó. El alcohol se evaporó de golpe ante lo que acababa de ocurrir. Cosa que no volvería a repetirse jamás. Por la mente y el corazón del joven pasaron los momentos vividos juntos a su esposa. La ilusión, los sueños, Álvaro. Su pequeño le había visto golpear a su madre.

No tenía trabajo, no tenía dinero y no estaba seguro de tener salida. Pero jamás se había sentido tan mal ni tan decidido a no volver a repetir una situación.

Se dirigió raudo y veloz a la cocina. Abrió todos los armarios mientras los ojos asustados del pequeño y la mirada cauta de Leonor observaban como se deshacía de todo el alcohol que había en la casa. Las botellas que les habían regalado los amigos y los familiares con el paso del tiempo y que conservaban para tomar en una ocasión especial… hasta el vino de guisar que a veces Leonor tenía en el frigorífico y que casualmente se acababa de inmediato.

Cogió el teléfono y recordó que le habían cortado la línea. No se paró por ello. Entró raudo en el cuarto de baño y Leonor escuchó cómo se abría el agua de la ducha. Tomó una ducha, se cambió de ropa y salió por la puerta sin articular una sola palabra.

Entonces, sólo entonces, Leonor se sentó en el suelo y lloró como jamás creía haberlo hecho mientras que el pequeño Álvaro la miraba sin decir absolutamente nada.


Gabriel fue a casa de sus padres y les contó lo que acababa de ocurrir, sin saltarse absolutamente nada. Sus padres horrorizados no sabían lo que decirle. Empezaron a recriminarle, gritarle… El hermano de Gabriel, León, los mandó callar a todos.

-¡Necesita ayuda, no gritos! ¡No os dais cuenta que os pide ayuda!

Acto seguido buscó un número en el listín e hizo una llamada. Todos le observaban pero no entendían que pasaba o a quién estaba llamando.

     Al colgar extendió una tarjeta a su hermano.

-Esta es tu salvación. Si de verdad quieres ayuda, mañana, iremos juntos a este lugar y seguirás el camino que te marquen. Son buenos hermanos, te lo digo yo.
-Pero León, ¿cuándo? – preguntó Gabriel claramente asombrado.
-Hace tres años, cuando rompí con María mi mundo se derrumbó. Decidí beber sin parar. Hasta que un día casi me estrello con el coche y mato a unos niños que jugaban en la calle. El padre de uno de esos chicos me acogió en su casa y en lugar de darme una paliza que es lo que merecía, me llevó a este sitio donde me ayudaron a ser quien soy hoy en día. Llevo dos años, diez meses, quince días, y te diría que dos horas, sin beber. Yo también llegué a ser alcohólico.
-Pero yo no lo soy León. Es una mala racha. ¡Puedo dejarlo cuando quiera!
-Mejor. Así será más fácil.- dijo León sin retractarse de su objetivo.

Y así fue como Gabriel empezó a acudir a Alcohólicos Anónimos. Fue duro, difícil, lento… porque sí se había convertido en un alcohólico. Leonor le apoyó en todo, sus padres y sus suegros le apoyaron en todo. Le ayudaron a encontrar trabajo, su vida retomó los cauces que jamás debió perder. Pero Álvaro seguía sin hablar.

Visitaron médicos, especialistas, psicólogos. Pero Álvaro, no hablaba.

Un año después de todo lo ocurrido, hicieron una fiesta a base de refrescos y zumos en la sede donde se reunía la gran familia de Alcohólicos Anónimos. En un momento dado de la celebración, Leonor mira a Gabriel con los ojos de admiración con los que años atrás comenzó a mirarle y le susurró muy bajito.

-Estoy embarazada.

La sonrisa en el rostro de Gabriel era tan grande como su deseo de beber para celebrarlo. Pero evidentemente, eso no iba a ocurrir. Nadie se fijó en el pequeño niño de seis años que miraba a sus padres ni tampoco en su sonrisa.

Cuando llegó el turno de felicitar a Gabriel por su primer año sin beber, un pequeño se adelantó a todos y se acercó al atril donde todos estaban pidiendo la palabra.

Sus padres, sus abuelos y todos los demás fueron testigos mudos de cómo aquél pequeño resumía su estado de ánimo en pocas palabras. Con una gran sonrisa en su pequeño rostro se dirigió a todos siendo breve.

-Mi padre ya no bebe. Voy a tener un hermanito. Mi madre me canta otra vez. Y yo no quiero callarme más.


Violeta

Oscuridad

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      Hola a todos. Mi nombre es José, pero todos me llaman Pepón. Esta historia que os cuento tal vez os resulte un poco angustiosa. Disculpadme por ello, pero mucho me temo que en estos momentos, me siento tan desolado que necesito contar mi experiencia a otros para que no caigan donde yo caí.

     Tal vez sea mejor comenzar desde el principio. Seré breve pues no dispongo de mucho tiempo.

No recuerdo el día de mi nacimiento, aunque sí es cierto que mis padres siempre me dijeron que desde el principio fui un bebé gordito. Según me cuentan, en mi bautizo estaba para comerme. He visto fotografías, y la verdad, no quiero parecer vanidoso, pero siempre he tenido muy buena pinta.

     En mi más tierna infancia soñaba con el momento en que me hiciese mayor y pudiese cumplir mis expectativas. Además, no es por nada, siempre tuve una fijación en mi mente, de forma continua, participar en un concurso de belleza.

     De nuevo insisto, no soy vanidoso, pero sí os reconozco que para mí el ganar un concurso de belleza era importante. He nacido en el seno de una familia importante y sé que para mis padres sería todo un logro que pudiese conseguir mi objetivo.

Por ello, siempre he intentado hacer lo posible porque se cumpliese. Mantenerme en forma, tomar el sol de forma adecuada, cuidar mis movimientos, mi alimentación, mi vida entera gira en torno a poder cumplir mi sueño.

     Al llegar a la juventud pensé que por fin vería realizado mi sueño, o al menos, me acercaría a él inscribiéndome en algún concurso y quedando finalista o semifinalista, pero no pudo ser. Los miembros del tribunal dijeron que era demasiado joven y para poder participar en este tipo de concursos tenía que tener más madurez, de lo contrario, la cosa podría ser perjudicial. Vete tú a saber. Lo cierto y verdad es que me tocó seguir entrenando, practicando poses, cuidando mi salud…

     Y por fin llegó el gran día. Estaba tan tranquilo aquella hermosa mañana de julio con el sol dándome sólo lo justo para ser agradable pero no quemarme, reposando tranquilamente, cuando escuché una conversación que tal vez debió ser privada, pero no fue así. Siempre tuve muy buen oído, ciertamente.

-Pepón ya está preparado.- dijo Tomás.
-¿Estás seguro?- pregunto el Señor Fernández.
-Así es señor Fernández. Ya es maduro, no creo que el concurso le haga ningún mal. Está preparado para ello.
- Tomás, sabes que el presentarse al concurso requerirá un esfuerzo especial para él. Tendrá que olvidar la que ha sido su vida hasta ahora y será famoso con lo que ello conlleva, le lloverán las fotografías y sus fans intentarán por todos los medios acercarse a él, tocarle. Todos querrán saber acerca de su origen, su forma de vida, la preparación que ha llevado a cabo para presentarse al concurso.
-Lo sé señor. Pero le aseguro que Pepón va a ganar ese concurso y eso va a ser muy beneficioso para la familia. Recuerde cuando preparamos a Agustina y quedó la primera en el concurso de hace tres años. Supuso una fama reconocida en todo el país.
-Cierto. Está bien. Tú eres el encargado de que todo salga bien. Prepara la inscripción y crucemos los dedos, aunque sinceramente, yo también le veo preparado para ganar.

No podía creer lo que acababa de escuchar. ¡Por fin! Sería fotografiado y admirado por las chicas, algunas querrían tocarme, ¡seguro! Habría posters míos, sería la envidia de mis amigos, tendría fama y un futuro asegurado.

Y no me equivoqué. Los siguientes días fueron intensos y mi amigo Tomás se encargó de prepararme a fondo. El gran día, el maravilloso y mágico día llegó a mediados de julio en un bonito día donde hacía un intenso calor que podía derretir un bloque de hielo en segundos, pero por mí, mucho mejor. Así mi piel brillaría y luciría con más fuerza.

Me tocaba desfilar casi en último lugar, pero ello no fue ningún problema. Los demás competidores no fueron rivales para mí. Sólo uno de Huelva intentó hacerme sombra, pero los miembros del tribunal lo tuvieron claro desde el principio.

Y así fue. ¡Gané el primer premio! ¡Mi sueño! ¡Mi familia estaría orgullosa de mí! Pero… a veces las cosas no son exactamente como prevemos y mi familia no estaba allí para felicitarme. Desconozco el motivo, pero así fue.

Cogí un enfado tal al verme solo en ese día tan importante de mi vida, que decidí no hablarles durante un tiempo, hasta que se me pasase el sofoco, nunca mejor dicho. ¡Vaya calor hacía! Sin la protección de una sombra que te cobije, el calor a mediados de Julio en Andalucía puede ser generoso.

Fotografías, miradas de admiración, gente que quiere tocarte, aún recuerdo a una señora que me miró con ojos lascivos y me dijo con una sonrisa socarrona.

- Te comería entero si pudiese.

Por favor, señora, diríjase usted a alguien de su edad. ¡Por favor! ¡Cómo está el mundo!

     A partir de ahí, tal y como yo intuía, mi vida cambio. Pero de una forma distinta a como lo imaginé. Del concurso me llevaron directamente a un lugar fresquito. Al principio estuve encantado, pero poco a poco noté que el frío aumentaba y que además aquel lugar era demasiado oscuro. Por lo visto, no debía darme la luz ni tampoco pasar calor, pero esta soledad, este frío, este cautiverio. ¿Qué ocurre? No entiendo nada.

     Decidí gritar y llamar a mis padres. Tal vez ellos pudiesen sacarme de esa situación. Quiero volver a la comodidad de mi casa en el campo, no me gusta este sitio tan siniestro. Pero no me contestó nadie.

     El frío aumentaba y mi miedo también. No puedo describiros la angustia que siento en estos instantes en los que desconozco cuál ha sido mi destino, pero me siento atemorizado y aterido. Lo malo, sobre todo, la oscuridad.

     Estoy acostumbrado al campo de mi Andalucía y este sitio debe ser Rusia, o el Polo Norte, o algo así. La verdad es que me embarcaron y luego me indicaron mi lugar en este hotel y nadie me explicó nada. Sólo que debía esperar al momento justo para hacer los honores.

     Imagino que quieren conocerme desde todos los lugares del mundo. Igual vamos a hacer un desfile y he de perder algo de color. Tal vez esté demasiado bronceado.

     Y de pronto, aquí está la respuesta. Alguien ha abierto la puerta de mi habitación. Por fin saldré al exterior y empezaré a disfrutar de mi éxito. Pero qué veo. ¡Qué veo!

     Ante mí, la mayor pesadilla que os podáis imaginar. Hay un señor grande con bigote que me mira con ojos de lascivia y porta un enorme cuchillo en sus manos. ¡Quiere matarme! ¡Lo sé, lo presiento! Su mirada asesina, ese brillo malévolo en los ojos, ¡se está relamiendo!

-¡Por fin Pepón! Creí que este día no llegaría nunca. ¡Has de estar exquisito! Toda la familia estamos celebrando que te vamos a zampar, ya era hora.

Horrorizado e indefenso veo como este fiero carnicero me sujeta con ambas manos dejándome inmovilizado. Observo atónito como la familia Fernández me mira con ¡deseo! ¡Me quieren comer!

     ¿Por qué? ¡Yo no les he hecho nada! ¡Salvajes! ¡Os denunciaré!

     Entonces oigo la voz de la pequeña de la familia, Laura. La dulce, querida y pequeña Laura que tantas caricias me ha propiciado a lo largo de mi vida.

-Papi, quiero un trozo muy grande de Pepón. Debe estar muy rico. Y tú ya sabes que adoro comer melón. Es el melón más grande y hermoso que hemos tenido ¿verdad papi? ¡Ganó el primer premio en el concurso!
-Así es hija. Ya me lo dijo Tomás. Estaba en su punto. Así que vamos a celebrar el primer premio. Ya estamos todos preparados para ver si está tan jugoso como parece.
-No olvides guardar sus pipas para la próxima siembra querido- añadió la señora Fernández.

¡Salvajes!

Y hasta ahí os puedo contar. Gané el concurso y en breves momentos voy a dar a la familia que me crió un gusto grande y agradable. Vamos, que voy a llenarles el estómago. Supongo que esos son los gajes del oficio cuando eres suculento, hermoso y melón fresquito en pleno verano caluroso de Andalucía.


Violeta

Solución a la Adivinanza

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Bueno, ya ha pasado una semana y lo prometido es deuda, jaja. La respuesta a la adivinanza es la siguiente:

Rodríguez es una mujer.

Simple, ¿verdad? La adivinanza la propusieron en un curso de violencia de género, después de llevar 3 horas y media hablando sobre ello. Me pareció muy curioso el hecho de que lo primero que se me vino a la cabeza fue que Rodríguez era un hombre y hasta que no dijeron que era una mujer no cuadró nada. 

Con esto quiero dar a conocer una realidad demasiado "masculina" que tenemos arraigada en nuestro interior y que es necesario cambiar.
¡¡Nunca es tarde!!  

Stand de Mundo de Cristal

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Hoy, por ser el día de Andalucía, se ha celebrado en mi ciudad unos stand en los que se han dado a conocer características de cada una de las provincias y donde se ha brindado la oportunidad de recaudar dinero a varias asociaciones y pequeñas empresas. Pues bien, ahí estábamos nosotros, dando a conocer el maravilloso y extraordinario libro de MUNDO DE CRISTAL de nuestra querida Violeta.

Aquí estamos los tres bloggeros.

Las fotos están un poco movidas porque hemos pasado ¡¡mucho frío!!

¿Habéis visto que flamencas estamos? Jee

También hemos llevado algunas muestras de lo que se hace en el centro.

Ha sido una gran experiencia, aunque nos esperábamos que la gente estuviera más concienciada con la solidaridad hacia los discapacitados y las personas dependientes, ya que cuando se enteraban de que era para el centro parecía que les daba alergia o algo así. Aunque también han aparecido personas solidarias que han colaborado de corazón. Muchas gracias a todos por ello.

¿Recordáis la primera vez que Neil Armstrong puso un pie en la luna? Un pequeño paso para el hombre fue un gran paso para la humanidad. Pues, ahora, un pequeño paso para ti, es una GRAN AYUDA para ellos. Así que, los que no hayáis participado todavía, que sepáis que nunca es tarde para ayudar a las personas que lo necesitan. Así que ¡¡¡ánimo y adelante!!!

La Orquídea Asesina

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     En pocos momentos de  mi vida he sentido tanta frustración como en aquél en el que me hallaba totalmente inmersa.

     Me llamo Rosa. Menuda ironía. Tengo nombre de flor y voy a morir a manos de una orquídea de inmensas dimensiones que tiene como hobby cargarse a la gente.

     Pero es probable que en este instante penséis que he perdido la razón. Por ello, voy a empezar desde el principio y para eso es necesario retroceder en el tiempo un par de semanas aproximadamente.

     Trabajo en un laboratorio. Soy una adulta de treinta y cinco años, casada, y madre de una hermosa niña de nueve años llamada Azucena.

     Desde hace ya muchas generaciones, ni siquiera estoy segura de cuántas puedan ser, en mi familia se sigue una tradición. A la primera hija que nace se le pone nombre de flor. ¿Por qué? Pues no tengo ni idea. Lo cierto y verdad es que mi madre se llama Violeta, mi abuela, Margarita, mi bisabuela Narcisa… y así podría seguir, pero estoy segura de que os aburriría enormemente.

     Es evidente que yo he seguido la tradición. Mi pequeña Azucena así lo certifica. Pues bien. Mi hija a su corta edad ya muestra señales de ser una enamorada de la naturaleza y de la jardinería.

     Como ya mencioné con anterioridad, trabajo en un laboratorio donde preparamos entre otros productos abono orgánico para plantas. Trabajamos en un sistema de abono bueno para el ecosistema y excelente para las plantas. Está cientificamente probada su eficacia y hasta ahora no nos había dado motivos para pensar que no pudiese salir pronto al mercado.

     Hasta el otro día. Resulta que tenemos varias plantas en el laboratorio con las que llevamos a cabo los distintos experimentos. Entre ellas, pensamientos, crisantemos y algunas variedades de orquídeas.

     Pues bien. El crecimiento es tan vertiginoso que hemos tenido que ir ajustando las dosis cada vez más. En el caso de los pensamientos y crisantemos, han alcanzado un tamaño considerable. Digamos que si la longitud media de la altura de la planta puede oscilar entre diez y veinte centímetros, han llegado a alcanzar el medio metro.

     El díametro de la flor ha pasado también de aproxidamente tres o cuatro centímetros en el caso del pensamiento y seis o siete en el del crisantemo, a unos quince centímetros en el primero y casi veinte en el segundo.

     Pero la orquídea ha sido otra cosa. En el caso de la orquídea la planta comenzó a empequeñecer. Es cierto que existen multitud de variedades de orquídeas procedentes de distintos paises. Algunas necesitan calor, otras más bien fresco. Ésta era una variedad que necesita entre 5 y 7º C para encontrarse en óptimas condiciones. Lo mismo, en ella, el abono no da el mismo resultado, pero lo cierto es que menudo susto nos dio. Empezó a disminuir su tamaño, de una forma casi imperceptible en los dos primeros días y de una manera algo más visible durante el tercer y cuarto día.

     La sorpresa nos la llevamos al quinto día. Le aumentamos tanto la dosis que de pronto paralizó su encogimiento y poco a poco fue adquiriendo su tamaño normal. Ello nos produjo una gran alegría por una parte, por otra, estaba claro que había que seguir el experimento pues el abono no afectaba por igual a todas las clases de plantas.

     Esta orquídea era una especie un poco rara, hubo quien en el laboratorio llegó a insinuar que tenía como prima hermana a una especie de planta carnívora. Este tipo de plantas no la abonamos, pues su comportamiento es diferente. Pero nuestra indefensa e inofensiva orquídea blanca sí fue sujeto de pruebas.

     Curiosamente, a la semana de haberle modificado la dosis del abono, su color comenzó a volverse algo más oscuro, una especie de marfil que se tornó en beige al cabo de dos días y su tamaño también aumentó. Bastante. La orquídea llegó a tener la altura de un pequeño arbusto y el diámetro de su flor podía tener unos cincuenta centímetros.

     Dejamos de abonarla. Pero aún así, la pequeñita e indefensa planta de unos días antes parecía haber cobrado vida propia y haber guardado en sus reservas preveiendo un posible corte en el suministro. Sí, ríanse, pero les aseguro que de sus hojas colgaban una especie de saquitos y al abrir uno de ellos comprobamos estupefactos que estaba repleto de abono.

     A los nueve días su color se había vuelto marrón oscuro y hubo que sacarla del laboratorio. Alcalzó un tamaño nada despreciable de aproximadamente dos metros de altura y un diámetro en la flor de un metro de longitud.

     Del centro de la planta salieron una especie de brazos que pensamos que podían ser pistilos, pero no, nada más lejos de la realidad. Eran lo que parecían, brazos. No humanos, evidentemente, pero sí eran unas especies de cuerdas que colgaban inertes.

     Metimos la planta en una sala independiente y la custodiamos. La aislamos e intentamos abrir un nuevo saco con el consabido peligro que ello conllevó. El valiente que hizo el intento fue impregnado de una sustancia viscosa que lo aturdió e hizo que perdiese el conocimiento. Al analizar esa sustancia comprobamos horrorizados que era una variedad diferente de nuestro abono. Ahora no era bueno para el ecosistema, ahora era realmente tóxico para el ser humano.

     La orquídea se volvió grisácea y su altura y diámetro se duplicó. En estos momentos angustiosos tuvimos que recurrir a las altas esferas. A nuestro laboratorio llegaron un montón de gente importante que nos miraba como si fuésemos estúpidos, ignorantes o vete tú a saber. Nos miraban por encima del hombro y yo ciertamente temí que alguno se diese de bruces con algo, o peor, en una muestra de superioridad se acercasen demasiado a la orquídea y sirviesen de aperitivo.

     Pero la cosa no quedó ahí. Nos alejaron de ella, nos ignoraron por completo.A nuestros oidos llegó la noticia de que la hermosa orquídea era ahora de un color grisáceo oscuro intenso con motas rojas en su interior. Sus brazos se habían vuelto fuertes, y el personal tenía miedo a acercarse a ella.

     No sé de qué forma lo hicieron, pero consiguieron cortar un trozo de uno de ellos y probaron a analizarlo. Al no poder diseccionarlo, decidieron quemarlo para asegurarse qué producto sería mejor si tenían que recurrir a él, pues la planta seguía creciendo y existía el rumor de que faltaba personal. Digamos que tal vez habían desaparecido por engullición.

     Pero el brazo de la orquídea no se podía quemar. Al contrario, al intentar quemarlo ésta empezaba a despedir una especie de gas tóxico que hizo que el aire se consumiese, el fuego se extinguiese y tres operarios cayesen redondos al suelo.

     ¡Menuda se había liado!

     La preocupación era máxima e inevitablemente yo hice el correspondiente comentario en casa. Mi marido es un hombre muy racional y tiende a aconsejar de forma sencilla y sobre todo, efectiva. En este caso, no tenía ni idea de qué hacer.

     Pero claro, la providencia provee, pensaran algunos. Mira por dónde, mi pequeña Azucena estaba escuchando la conversación y decidió intervenir.

-Pues no regadla mami. Todas las plantas necesitan agua- me dice tan tranquila.
-Cariño, hemos dejado de regarla. Pero tiene reservas, o eso pensamos.
-Y ¿dónde está plantado semejante monstruo?
-Directamente en el suelo del laboratorio. Ha roto el pavimento y se ha “plantado” en la tierra. Del tirón- le explico.
-Pues lo tenéis difícil. ¿Y no se quema?
-Emite gases si la quemamos.
-Pues congeladla.
-¿Congelarla? – la verdad, me hizo pensar.
-Claro, si normalmente necesita fresquito para vivir, debería odiar el calor, pero por lo visto le gusta. Pues darle más fresquito del que quiere, a ver qué hace.

¡Dios mío! ¡Mi enana es una listilla maravillosa!

     Al día siguiente solicité tener una entrevista con el jefe del departamento para darle mi opinión. No veáis que trabajito que me recibiera. Pero al final, lo conseguí.

     El jefe de departamento era un hombre bajito, con pelo blanco, gafas, bigote y algo metidito en carnes. Solía hablar y mirarte a la vez por encima de las gafas.

-¡Está usted loca! ¡Congelarla! ¡Queremos estudiarla, no matarla!
-Pero señor, su tamaño se ha vuelto… preocupante. En cuanto al peligro que ello conlleva.
-Tonterías. Habladurías. Hay gente que se ha asustado, se ha largado sin más, y se ha corrido el rumor conveniente de que la planta se los tragó.
-Puede ser señor. Usted verá.

No volví a verle, pero al día siguiente de nuestra conversación aparecieron unas gafas y unos pelos blancos sospechosamente familiares al lado de la orquídea, que ya había vuelto a cambiar de color. Ahora volvía a ser blanca, pero ya empujaba el techo.

Bueno, soy madre. Y no voy a permitir que una plantita abonada se coma a nadie más. Así que ni corta ni perezosa trazamos un plan entre algunos compañeros y yo para entrar a escondidas y congelar la planta. Lo mismo nos llevábamos un chasco, pero lo mismo resultaba.

Como no podíamos llegar a ella por tierra, lo intentamos por aire. Uno de mis compañeros tenía un cuñado que se dedicaba a arreglar antenas y estaba muy acostumbrado a subir a los tejados. Se subió al tejado y con una especie de taladradora cónica hizo un orificio lo suficientemente pequeño para introducir un tubo por el que comenzamos a echar nitrógeno líquido.

¡Guau! ¡Menudo espectáculo! Pensé que volábamos el laboratorio por los aires. La planta empezó a emitir un sonido, una especie de pitido desagradable que se introducía en el oído y te causaba mareos. Pero nosotros seguimos. Uno fue a buscar tapones y se trajo los tapones y unas orejeras. Si alguien se mareaba, otro le sustituía.

Hasta que cesó el pitido. Dejamos el nitrógeno líquido puesto y nos fuimos a dormir. Al día siguiente muy temprano, uno de ellos fue y retiró el artefacto. En el interior del habitáculo no se podía observar nada.

¡Menudo revuelo se montó! Todos corrieron cuando al día siguiente se abrieron las puertas del laboratorio y la planta no estaba. ¿Qué había ocurrido? En el laboratorio estaba el jefe del departamento y cuatro compañeros más, semiinconscientes, aturdidos, semicongelados y en posición fetal en el suelo. Entre ellos, una pequeña plantita, diminuta, de unos diez centímetros de altura. Mi hija tenía razón, era tan rara que la dañó precisamente lo que habría de gustarle. El frío.

Por supuesto, nadie contó lo sucedido, pero el abono se eliminó por completo. No podíamos confiar en que no lo aplicasen a alguna especie de orquídea exótica, o lo que es peor, directamente sobre alguna planta carnívora. Menuda masacre.

Todo volvió a la normalidad y se hizo la vista gorda de lo que había pasado. A mis compañeros y a mí, nos subieron el sueldo, creo que el jefe de departamento habló muy bien de nosotros.

Hoy por hoy estamos tranquilos y felices. Menos mal. Además, tengo tráfico de influencias y me he guardado unas botellitas de abono en casa, porque no tenemos orquídeas en ella. Menos mal.


(A unos tres kilómetros de allí:

-Mira papá, una compañera de clase me ha regalado una botellita de este abono. Dice que es muy bueno, que lo prepara su madre en un laboratorio y que es genial para nuestras margaritas raras.
-No son margaritas hijo, son unas orquídeas exóticas muy especiales. Hay quien dice que son primas de unas plantas carnívoras.
-¡Qué guay! ¿cuánto le echamos?
-Échale bastante, todo el que puedas. Están muy pequeñitas, a ver si conseguimos que crezcan un poquitín.  )

Moraleja: Nunca dejes los productos químicos y/o peligrosos al alcance de los niños.


Violeta

Adivinanza

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Ayer estuve en una clase de la facultad en la que nos hicieron una adivinanza que me hizo reflexionar muchísimo sobre los pensamientos que tenemos grabados inconscientemente. Ahí va la adivinanza:

Rodríguez tiene un hermano llamado Julio al que quiere mucho. Un día, Julio muere, dejando a Rodríguez en un estado desconsolable. En el funeral algunas personas  cerca de Rodríguez comentan: "Qué pena que Julio no tuviera ningún hermano". Nadie miente.

Dentro de una semana publicaré la respuesta a esta adivinanza y el tema de la clase, pero me gustaría que fuerais escribiendo en los comentarios cual creéis que es la solución. Yo no conseguí adivinarlo. 

Novedades

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Como habéis podido observar esta semana ha habido cambios en la apariencia del blog. Y no sólo eso, sino que además ahora hay cuenta de facebook, twitter, youtube, google+, gmail... vamos de todo!! Y todo gracias al creador del blog kmarqdesign.blogspot.com.es, que es un genio con la informática. 

Bueno, ahora que lo sabéis ¡¡podéis seguirme en todas esas redes sociales!! Ja, ja. 

El Amor

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     Algunos creen que para vivir bellas historias de amor han de viajar a lugares exóticos o extraordinarios. Visitar París, La Toscana, Grecia o la India, pero por suerte, todos sabemos que el amor está o puede estar en cualquier parte, incluso, muy, muy, muy cerquita de ti.

     Esta es la historia de Inés, una mujer joven de treinta y dos años que vivía en una granja en las afueras de un pequeño pueblo agrícola. Inés vivía en esta granja con sus padres, Germán y Ana, con su hermana Nuria y con Alfonso, el capataz de la finca.

     Soñaba con visitar bellos lugares, tenía fantasías con viajar y enamorarse de un hombre apuesto y galante que le hiciese perder la cabeza. Pero Inés estaba sola. A veces tenía la tentación de mirarse al espejo y preguntar a su imagen qué era lo que le faltaba, pero en este caso, sería una tontería, pues qué más daba lo guapa o fea que pudiese verse si el problema radicaba en que no recordaba quién era.

     Un par de años antes, había sufrido un accidente de coche. Por suerte, no había sufrido daños demasiados graves, rasguños, un par de costillas rotas y poco más. Sin embargo, sí hubo una consecuencia grave del incidente y es que Inés se llevó un fuerte golpe y quedó inconsciente en el interior del vehículo.

     Consiguieron sacarla de éste antes de que se prendiese en llamas, con lo cual Inés estaba muy agradecida de estar viva, pero su amnesia la obsesionaba. Por más que intentaba recordar no conseguía ver más que simples fragmentos diminutos de su existencia, y en casi todos era aún una niña.

     Sus padres no querían darle muchas explicaciones pues los médicos que la habían atendido le habían recomendado que intentase recordar poco a poco, sin prisa. A veces, se sentaba durante horas con los álbumes de fotos que había en la casa e intentaba recordar y asimilar aquellas imágenes con la que había sido su vida.

     Como para pensar en enamorarse. A veces se imaginaba teniendo una conversación seria con un hombre que no fuese Alfonso, el capataz, que conocía el problema que sufría. Se imaginaba la típica conversación de “¿estudias o trabajas”, y la lógica respuesta: Pss, No me acuerdo.

     Alfonso a veces se sentaba con ella en el porche e intentaba animarla contándole historias graciosas y anécdotas que le habían ocurrido en el Instituto. Inés tenía ganas de gritarle y decirle que se guardase sus recuerdos para él, pero luego, lo pensaba mejor. Alfonso le había dicho que tenía treinta y ocho años. No era un hombre especialmente atractivo, pero sí tenía algo especial para ella.

     Inés se escondía por su falta de recuerdos, Alfonso se escondía porque tenía cicatrices muy feas en uno de sus brazos, en la espalda y en la mitad de su cara.

     A veces, Inés solía mirarle sin que él se diese cuenta. Alfonso era un hombre sensible, encantador, muy atento, y además, era guapo. Tal vez no como los cánones de belleza que se pueden tener habitualmente, tenía una cicatriz que le cruzaba casi la mitad de la cara. Pero… en sus ojos había tanta luz, y contaba unas historias tan bellas, que a veces Inés soñaba con ser la protagonista de aquellas historias que él contaba.

     Por su parte, Alfonso pasaba todo el tiempo que podía junto a Inés. Le gustaba, en general. Era una mujer muy dulce, simpática, alegre… bueno, fue alegre y simpática antes de aquél maldito accidente de coche. Inés contaba los mejores chistes que él había oído en su vida, y sus cuentos, sus historias, eran geniales. Ella siempre tenía historias nuevas que contar a los chicos de un orfanato que había cerca de la granja.

     Pero claro, todo antes del accidente. Después, la joven perdió sus recuerdos, sus historias, sus sueños, y su antigua forma de ser. Intentaba reír, intentaba soñar, pero estaba tan obsesionada con recordar, que se olvidaba de vivir.

     Así había transcurrido todo desde el accidente. Días, semanas, meses y casi dos años ya.

     Había días en que Inés se levantaba furiosa y se volvía muy antipática con todos, incluido Alfonso. Una mañana, se levantó especialmente irascible. Estaba de tan mal humor que se enfadó mucho y golpeó con el puño un espejo que había en su habitación. Se hizo cortes en las manos y en el antebrazo y Nuria y Alfonso la llevaron de inmediato al hospital.

-¿Por qué te haces esto Inés?- le preguntó Alfonso.
-¡Déjame en paz! ¡Tú no eres nadie para hablarme así!- le gritó furiosa.
-No debes hablar así a Alfonso. Es como de la familia y siempre te está ayudando- la recriminó Nuria.
-Estoy cansada. Cansada de no recordar nada, quiero recordar, sentir, quiero salir al mundo y enamorarme. ¡Estoy harta de vivir así! ¡Quiero sentir! –lloraba Inés.
-¿Y qué te impide hacerlo?- le preguntaba Nuria.
-¡Todo!
-Mírame a mí Inés. – le dijo Alfonso- mira mi rostro. Y ni siquiera has visto como está el resto de mi cuerpo, pero me levanto cada día y continúo viviendo. Tú sólo te dedicas a autocompadecerte.
-¡No tienes derecho a hablarme así!
-Tienes razón, no tengo derecho, pero lo hago, porque me considero tu amigo y me importa lo que te pase, a mí, a tu hermana, a tus padres, y tú sólo te preocupas de tu ombligo.
-¡Bájame aquí mismo! ¡No pienso seguir escuchándote!
-Será un placer.

Alfonso pegó un frenazo en seco y en ese instante Inés se quedó durante unos momentos en blanco. Como un flash revivió una imagen acontecida dos años antes, en el interior de un coche que también frenó de golpe.

Su cara mostró tal dolor que Alfonso se arrepintió de inmediato de haberle gritado.
-¿Inés?- le preguntó preocupado.
-¿Estás bien? – le preguntó Nuria.
-Sí. Estoy bien.

Inés no quiso contarles que había tenido un breve recuerdo de aquel día. Pero sí sintió vergüenza de cómo le había hablado a Alfonso y cómo pasaba los días metida en sí misma. Pensó en sus padres y en su hermana y se dio cuenta de que Alfonso tenía razón.

-Alfonso, lo siento, a veces soy un poco imbécil.
-No. Perdona tú, no debo meterme en tus cosas.

A pesar de las disculpas de ambos, Inés notó una inflexión en la voz de Alfonso que le dolió. No sabía bien por qué, imaginaba que porque al fin y al cabo, él le dedicaba muchísimos momentos de su vida. Es más, ahora que caía en la cuenta, se percató de que desde que tenía memoria, él siempre intentaba ayudarla, era amable, la hacía reír, y jamás se quejaba, ni siquiera cuando el tiempo cambiaba y hacía muecas de dolor en la espalda, jamás ella lo escuchó quejarse.

De pronto se sintió cansada, egoísta e inútil.

-Por favor Alfonso, ¿puedes llevarme a casa?
-Inés, de veras, no pasa nada por lo de antes, vamos al hospital y cuando te curen ese brazo volveremos a casa. ¿De acuerdo?

Algo en ése “volveremos a casa” hizo que ya no le importase ir al hospital. Así que le sonrió a Alfonso y asintió con la cabeza. Mientras Nuria miraba a uno y otro y una enorme emoción crecía en su interior.

     En el hospital le dieron unos puntos de sutura y le hicieron prometer que volvería a la semana. Después, Alfonso les ofreció a ambas hermanas tomar un helado, y por primera vez en dos años, Inés asintió de buena gana. El heladero era un joven muy guapo, alto, y con una sonrisa que parecía estar anunciando una pasta dentífrica. Casi automáticamente, al ver a Inés, empezó a coquetear con ella. Al principio, Inés se sintió gratamente sorprendida, gratificada. Pero luego, casi sin darse cuenta comenzó a compararlo con Alfonso, y… Alfonso ganaba. Es más, si se paraba a pensarlo, cuando más animada estaba era cuando estaba con él, cuando algo le dolía o la perturbaba, se lo contaba a él, cuando tenía ganas de reír o incluso de llorar, acudía a él. Siempre estaba ahí para ella.

     Cuando llegó a casa se refugió en su habitación y comenzó a pensar hasta que la cabeza comenzó a dolerle. Pero esta vez era distinto, no intentaba recordar lo ocurrido antes del accidente, sino lo ocurrido después. Empezó a visualizar mentalmente la cantidad de veces que se había mostrado malhumorada, enfadada, difícil, y como siempre Alfonso había estado ahí, junto a ella.

     Un nuevo sentimiento empezó a cobrar vida en su interior. ¿Sería posible que Alfonso pudiese ser para ella algo más que un amigo? La idea cada vez le agradaba más. Es cierto que tenía cicatrices por todos lados, pero ¿y qué? Lo importante es el interior, y el de él era maravilloso.

     Ya no le importaba tanto el pasado. Empezaba a soñar con un futuro.

     Al día siguiente se levantó decidida y de muy buen humor. Así que escribió una carta muy especial. Era trece de febrero, víspera del día de San Valentín. Tal vez era muy osado, pero escribió una carta de amor. Una carta en la que contaba a Alfonso lo mucho que él significaba para ella y donde le proponía intentar una relación juntos. Le hablaba de los sentimientos que él le despertaba, de que se había dado cuenta de que su ilusión máxima al levantarse era ir a escuchar sus historias y sus bromas. De cómo él la hacía ruborizarse con sus piropos.

     Le propuso conocerse, poco a poco. Darse una oportunidad, vivir un presente y un futuro. Y cuando hubo terminado de expresar todo lo que tenía dentro, la envolvió en un bonito paquete y le pidió a Nuria que fuese al pueblo por ella y enviase ese paquete urgentemente.  Por supuesto, Nuria quedó sorprendida al ver la dirección escrita, pero Inés le rogó que no hiciese preguntas y la dejase continuar con su locura.  Su mayor ilusión era que el paquete llegase a manos de Alfonso el día siguiente, San Valentín.

     Conforme los minutos iban transcurriendo, Inés estaba más y más nerviosa, hasta el punto de pensar que tal vez se había equivocado. ¿Y si Alfonso le decía que sí por pena? ¿Y sí él la aceptaba porque pensase que no tendría otra oportunidad con otras mujeres? ¿Y sí…?

     La mañana del día de San Valentín la consumían la duda y los nervios, necesitaba aislarse un poco de todo. Cogió su bicicleta y se dirigió sin rumbo fijo. Paseando se topó con un lugar hermoso que no había visto antes. Era una gran casa antigua y en ella se escuchaba ruido de niños. De pronto, una pelota se cruzó por delante de ella y de momento un chico fue tras la pelota.

-¡Inés! ¡Chicos, ha vuelto Inés!

¿La conocían? ¡Dios mío! ¿La conocían?

-¡Cuánto tiempo Inés! ¡Qué alegría!

Algo confusa se dejó abrazar por los chavales que la abrazaron, unos y otros, le dieron millones de besos y la hicieron sentir como en casa. Entonces se acercó a ella una mujer más o menos de su edad sonriéndole.

-Querida, ¡qué alegría verte!

Pero la mujer notó la confusión en el rostro de Inés, y como conocía la historia mandó a los chicos a jugar.

-¡Venga chicos! ¡Dadle tiempo! Ven Inés, toma algo conmigo. 

     Inés decidió acompañar a aquella mujer. Parecía conocerla bien y ella necesitaba respuestas. Al entrar en un pequeño saloncito que había cerca de la puerta de entrada vio que en éste había multitud de fotografías de muchos chicos, y entre los chicos observó alucinada que había fotografías de ella y… ¡de Alfonso! Pero era un Alfonso distinto, en su rostro no había cicatrices, se le veía sonriente, disfrutando y en complicidad con los chicos… y con ella.

-¿Sigues sin recordar nada?- le preguntó la mujer.
-Así es. Este hombre, Alfonso, trabaja en mi granja. Pero su cara tiene… cicatrices.  ¿Qué es este lugar?
-Un orfanato. Antes tú venías mucho por aquí. Eras voluntaria en este lugar, igual que Alfonso, pero no creo que sea conveniente que te cuente más. Nos advirtieron que tú debías recordar por ti misma.

Inés tomó un café, jugó con los niños, sonrió, se lo pasó bien, prometió volver al día siguiente y se marchó a casa, pensativa y confusa. Al girar con la bicicleta en un recodo, un camión se acercaba hacia donde ella estaba y tuvo que hacer un giro rápido, terminó golpeándose contra un árbol y cayó al suelo, aturdida.

  Pero entonces comenzó a tener otro flash, esta vez mucho más intenso que el anterior. Ya llevaba días en que los retazos que venían a su mente eran cada vez mayores. Y entonces lo recordó. Con nitidez. Ella y Alfonso en el coche de vuelta del orfanato. Risas, comentarios, felicidad. Un camión que se acerca, un giro rápido del volante. Conducía Inés. El coche se sale de la carretera, da unas vueltas de campana y se estrella contra un árbol. Antes de perder el conocimiento, Inés recuerda cómo empieza a oler a gasolina y nota cómo Alfonso la saca del coche. Para ello se hace numerosos cortes, sangra, Alfonso sangra mucho, pero sigue en su empeño de rescatarla y no cesa hasta que lo consigue aún a costa de su propio daño.

  Porque la quiere, porque se preocupa por ella, porque además, es su marido. Inés recuerda de pronto que Alfonso tiene tantas cicatrices por salvarla a ella en el accidente. Y para no presionarla y que ella pueda recuperar su memoria, ha guardado silencio durante estos dos años y ha vivido como un trabajador más en la granja.

  Una amplia sonrisa acompaña las lágrimas que corren libres por sus mejillas. De pronto lo recuerda todo y no cabe en sí de gozo, pues ella ya tiene un amor. Un amor maravilloso que fue y es en el presente, incondicional con ella.

  Deja la bicicleta tirada en el camino y corre hasta la granja. Llega acalorada, ahogada y eufórica para encontrar a un asombrado Alfonso sentado en el porche con un bonito paquete en la mano que ella misma preparó el día anterior. ¡Su carta! ¡Su declaración! Con todo el jaleo había olvidado que le había mandado una carta de amor al que resulta ser su marido.

  Se lanza en sus brazos y le da un beso apasionado en su asombrada boca. Luego se abraza a él con todas sus fuerzas y le acaricia la cicatriz de la cara. Alfonso no dice nada, llora con ella.

-Lo recuerdo todo Alfonso, mi amor, lo recuerdo todo.
-¿Antes o después de esta carta? – le pregunta él.
-Después. Te declaré mis sentimientos antes de recordar quién eras. Vamos, que estamos predestinados tú y yo ¿no crees?- añade con una sonrisa.
-Por suerte mi vida, por suerte. Te he echado de menos, muchísimo.
-Y yo a ti.


En esta vida se pueden hacer mucha clase de locuras y podemos encontrarnos en multitud de situaciones, pero las mejores locuras y las mejores situaciones, son las que se hacen por amor. Las más agradecidas, las del amor correspondido, las más dolorosas, los rechazos de amor.

Violeta


¡FELIZ SAN VALENTÍN!

Mariposas

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Desde hace un tiempo soy seguidora de un blog llamado "Jacaranda hecho a mano" (http://jacarandahechoamano.blogspot.com.es/). Es un blog alucinante, donde la bloguera hace maravillas con las manos. Un ejemplo es el siguiente conjunto de mariposas que le pedí hace tiempo.



Y lo mejor es que hace diseños personalizados. Me encanta y sé que voy a enseñaros más cosas sobre ese blog porque voy a pedirme muchísimas jajaja.

RADA Beauty

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Supongo que ya estaréis al tanto de esta página web en la que puedes encontrar de todo sobre un montón de marcas de maquillaje, pero yo soy "nueva" en esto de buscar páginas por internet para comprar productos y la vi hace poco: RADA Beauty. Simplemente increíble:

El Chiste de la Piruleta

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Nuestro querido blogero de 9 añitos nos ha dejado hoy un chiste para darle un toque de humor a nuestras vidas: 


Esto es un niño que le dice a su abuela,
-¡Abuela abuela!, cómprame una
piruleta. 
Y la abuela se la compra, ahora al niño se le cae la piruleta y la
quiere coger pero la abuela le dice,
-Que las cosas del suelo no se cogen. 
Ahora, la abuela se tropieza con la piruleta y le dice al niño,
-Cógeme. 
Pero,
el niño le dice,
-Abuela abuela, que las cosas del suelo no se cogen. 

 Francisco Pacheco Hans.