Objetivos de la semana 8

0 comentarios


¡¡Hemos entrado en la octava semana!! Quién lo diría, después de tantos intentos fallidos y al final lo estamos logrando. Y es que lo más importante es tener en cuenta nuestros motivos para llevar a cabo el proyecto salud, que son, precisamente, llevar una vida saludable y estar en forma, tanto físicamente como psicológicamente.

Por ello debemos seguir adelante, ya que nuestros objetivos semanales se han convertido en un nuevo estilo de vida, mucho mejor que el que llevábamos y con el que viviremos muchos más años (je, je).

Los nuevos objetivos son:
  • Comer dos piezas de fruta al día.
  • Comer verduras en las dos comidas principales.
  • Comer un dulce al día como máximo (o chuchería o helado o bebida refrescante).
  • Beber 2 litros de agua al día.
  • Correr (trotar) o marchar a paso muy rápido 3 días de la semana durante 45 minutos.
  • Andar una hora 2 días de la semana.
  • Realizar otro tipo de deporte 2 días a la semana.
  • Hacer 3 series de 30 abdominales antes de dormir (o después de realizar el deporte).
  • Aplicar crema reafirmante después de la ducha (para evitar estrías y descolgamientos).
  • Dormir al menos 8 horas al día.
Los únicos cambios son correr 5 minutos más esos tres días que ya venimos haciéndolo y añadir verduras en la otra comida principal que, a estas alturas, ya no nos cuesta nada. Así que ¡ánimo y ADELANTE!

El Pozo de los Deseos

0 comentarios


     Tanto Julia como Marcos miraban absortos la carretera camino del pueblo de los abuelos de Julia. Había silencio en el coche, ambos tenían mucho en qué pensar. Marcos había comentado a Julia que en la pequeña aldea lo iba a pasar muy bien, y además, allí había nada más y nada menos, que ¡un pozo de los deseos!

     Julia siempre había sido una chica muy escéptica. Ahora que había alcanzado la madurez intelectual de los diez años se sentía toda una erudita en el tema. ¿Pozo de los deseos? Realmente le encantaba visitar el pueblo de sus abuelos porque no cabía duda de que la gente tenía imaginación. Al fin y al cabo en aquel pueblecito no había siquiera un cine donde poder recrearse, con lo cual, pues ala, a  imaginar historias.

     Marcos era el padre de Julia. Él mismo le había contado a Julia como en aquel pequeño pueblo donde quería que ella se quedase a pasar el verano ocurrían cosas misteriosas. Lo decía convencido. Lo mismo le había ocurrido algo en el pasado aunque no se lo hubiese contado a Julia. Vete tú a saber.

     Ambos llevaban en el pueblo sólo unas horas. Marcos debía realizar un importante viaje de negocios y no podía dejar sola a Julia y tampoco llevarla con él. No podía ir a trabajar y llevarse a la pequeña. Horas de reuniones eran un importante obstáculo. No le gustaba separarse de ella. Sobre todo ahora. Ahora que estaban los dos solos. Nuria, la madre de Julia había muerto hacía unos meses. Un trágico día se había levantado, como cada día había tomado un rápido café con Marcos, un beso a su pequeña que aún dormía, unos rápidos consejos a María, la canguro, una sonrisa y un beso al aire dirigido a Marcos a través de la ventana de la cocina… Al cabo de unas horas llamaron del Hospital. Nuria había sufrido un accidente de coche y no había sobrevivido. La persona que conducía el otro coche era otra madre como ella que iba intentando sujetar bien el cinturón a su pequeño y no la había visto cruzar la calle. En cuestión de segundos el mundo de Marcos y Julia quedó roto y vacío de una forma sobrecogedora y dolorosa.

     Julia no había hablado prácticamente desde que había ocurrido el accidente. Ya tenía edad para saber lo que era la muerte, pero no desde luego para entenderla. ¿Quién la entiende? Marcos estaba destrozado. Estaba locamente enamorado de Nuria. Llevaban juntos casi quince años. Tenían broncas, como todos, discutían y no opinaban lo mismo de todo, eso era en parte lo divertido de la situación. Pero cada día, cada noche, compartían la vida, lo que les ocurría en ella, y sobre todo el amor a su hija y el que ellos mismos se procesaban.

     Marcos era una persona agradable en su carácter pero a la vez enérgico. Todo tenía un lado malo que Nuria se encargaba de suavizar. Ella le hacía un poco de abogado del diablo e intentaba que viese las cosas de otra forma. Al final, a Marcos se le pasaba el sofocón, y terminaba riendo con sus dos mujeres viendo cualquier película o simplemente jugando a algún juego de mesa. Podría decirse que eran una familia feliz.

     Con todos estos acontecimientos fue como Marcos se alejó de todo gradualmente. En su trabajo entendían sus circunstancias pero las cosas no estaban para asistir al trabajo un día si, otro no, al otro tampoco… Marcos tenía que volver a la realidad y seguir adelante o terminaría muriendo él también aunque sólo fuese de forma social.
     Julia sólo podía guardar una pregunta con ella que la atosigaba y la marcaba cada día. No era ya sólo el por qué había ocurrido eso a su madre. Era una sensación rara que notaba en la boca del estómago y se le extendía al pecho y una especie de zumbido en la cabeza. Sentía que los nervios la inundaban y quería golpearlo todo. Tenía unas ganas horribles de saber quién había matado a su madre, sentía un odio profundo hacia esa persona. Nadie le había dicho si era hombre o mujer, le daba igual, para ella era sólo un monstruo sin escusa que había entrado sin permiso en sus vidas y la había destrozado. Como si no fuese suficiente se había llevado a su madre y le había dejado a otro padre diferente al suyo, tal vez con el mismo cuerpo, pero no era desde luego el padre que ella conocía.

     Por todo esto, cuando a Marcos le dieron un ultimátum en el trabajo no tuvo más remedio que aceptar. Su empresa era pequeña y no tenía más remedio que cumplir los plazos o terminaría también parado y sin tener con qué alimentar a Julia. Llamó a los padres de Nuria que vivían en una pequeñita aldea internada en el bosque y les pidió ayuda. Le costaba trabajo pedir ayuda a los demás, pero no tenía otra alternativa. Inmediatamente la pareja en cuestión se ofrecieron para cuidar de la pequeña Julia. Para ellos sería una bendición tener por allí a una pequeña réplica de su desaparecida hija.

     Habían visitado multitud de veces a los abuelos, pero claro, Julia era muy pequeña y estaba demasiado ocupada jugando y correteando libre como el viento por aquel lugar maravilloso en el que apenas había tráfico como para entretenerse en escuchar historias. A pesar de todo lo maravilloso que le hubiese parecido el lugar en el pasado, siempre lo había visitado junto a su madre. La idea de quedarse a solas con sus abuelos no le agradaba demasiado. Ahora quería y exigía el pleno dominio de su padre. Era el único que le aplacaba un poco ese fuego que llevaba dentro al que no sabía poner nombre pero que la estaba quemando poco a poco.

     De esta forma, tanto Marcos como Julia llegaron al pueblo. Demasiados recuerdos. Aquello fue demasiado para Marcos que tuvo que pasar el resto del día en la habitación en la que habían dormido los tres cuando iban a visitar a los abuelos en Navidad.

     Pero Julia era distinta. Tenía el regalo de los diez años. Es decir, aunque sintiera dolor, y además éste le estuviera permitido, la curiosidad le podía y observaba de reojo. Se salió al exterior a un pequeño porche que tenían sus abuelos con las típicas mecedoras de madera. Primero lloró en silencio. Cuántas veces su madre la había acunado en aquellas mecedoras. Luego se sentó simplemente a observar y entonces escuchó jaleo. Parecían risas de niños, carreras, juegos…

-¿Quién eres? -le preguntó de pronto uno de los chicos que la vio y se le acercó. Era rubio y tenía muchas pecas, podía ser algo más pequeño que Julia.
- Soy Julia.
-¿Eres la rara? -le preguntó otro chico un poco mayor que se acercaba también a conocerla. Ambos se parecían mucho, probablemente fuesen hermanos.
- No sé si soy rara. No tengo ganas de hablar -contestó Julia.

 Apoyada en un árbol y sonriendo había una niña de más o menos su edad que se acercó a ella de forma amistosa.
- Hola Julia. Soy Rosa. Mis hermanos son un poquito pesados, la verdad. Vivimos por aquí cerca. Nos encanta este sitio. ¿Por qué estás tan triste?
- Mi madre murió hace poco y tengo que pasar el verano con mis abuelos. No entiendo nada y cada vez soporto menos a los mayores.
- Ya veo. Pues… puedes jugar con nosotros cada vez que quieras -la intentó animar un poco Rosa-. ¿Verdad chicos?
- Claro que sí -contestó el pequeño.
- Verás Julia. Estos son mis hermanos, Raúl, el pequeño y Tomás el mayor. Nosotros jugamos mucho por aquí. Nos encanta jugar cerca del pozo de los deseos. La gente mayor es tonta ¿sabes? Llegan con monedas y las arrojan al pozo y les piden toda clase de cosas. Nosotros nos escondemos entre los árboles y escuchamos algunas peticiones. Son tronchantes. Ya verás.
- Eso se llama espiar a la gente -comentó Julia.
- No -dijo Rosa con su amplia sonrisa-, eso se llama jugar y sobrevivir en un pueblecito tan pequeño.

     Ciertamente Julia no quería admitirlo pero esos chicos le caían bien. Además, iban despreocupados. Ropa cómoda, algo sucia de estar por ahí jugando, pero se les veía risueños y felices. Posiblemente tuviesen padre y madre. No como ella. De nuevo la tristeza llegó. Y de nuevo ese sufrimiento raro.

-¡Julia! –su padre salió a buscarla-. ¿Quiénes sois vosotros?
-¡Amigos de su hija, señor! –contestó rápidamente Rosa. Era sin duda la más rápida de los tres.
-Vaya. Qué rapidez tenéis los jóvenes. Julia, por favor, acompáñame, ya jugarás mañana con tus amigos.
-¿Tiene prisa señor? -preguntó la insistente Rosa.
-Una poca… -Marcos observó a la pequeña. Le recordaba a alguien pero no estaba seguro de a quién… color miel en el pelo, esas pecas difuminadas, sus ojos marrones y limpios, como si jamás hubiesen visto nada malo… ¡señor! Se estaba volviendo loco. Esa pobre niña le estaba recordando a su mujer. Debía marcharse pronto de aquel lugar con sus millones de recuerdos o terminaría volviéndose loco.
-No debería tener tanta prisa señor. A veces hay que vivir cada momento

Marcos no daba crédito a sus oídos. Una pequeñaza de ¿8 o 9 años? Pues estaba dándole un consejo de una anciana de 70.
-Bueno pequeña, es complicado. Puedes quedarte un poco más si quieres Julia, pero por favor, no tardes.
-Gracias señor -Rosa soltó una carcajada y de nuevo Marcos la miró absorto. Era increíble cómo aquella chiquilla le recordaba a su mujer. Debía descansar algo más.

Marcos se marchó al día siguiente. Llamaba a su hija todas las noches para desearle felices sueños. Le preguntaba que tal el día y esas cosas. Pero Julia se mostraba ausente. Sus abuelos eran maravillosas personas pero no podían sacarla de su ensimismamiento.

     Una mañana los chicos empezaron a tirar pequeños guijarros contra la ventana de Julia. Ya eran buenos amigos. Al menos, salían juntos a correr y saltar. Sinceramente Julia tenía mejor aspecto y parecía comer mejor. Esa mañana Rosa le propuso ir a un sitio especial. El famoso Pozo de los Deseos.

-No me apetece ir Rosa. Prefiero correr por aquí. No quiero internarme en el bosque.
-Está cerca gallina. Y lo vas a pasar bien. Venga, por fa, hazlo por nosotros.

Y de esta manera fue como Julia visitó por primera vez el pozo. Enfilaron por un sendero que había en el bosque y se encontraron el famoso pozo muy cerca, mucho más cerca de lo que creía Julia. Es más, estaba prácticamente dentro del terreno de la finca de sus abuelos. Ella ya les había preguntado por el pozo pero se mantuvieron un poco misteriosos al respecto.

     Y allí estaba. Entre arbustos y hermosas flores de colores se veía el brocal de un pozo. Estaba un poco derruido por uno de sus lados pero en general se encontraba en bastante buen estado. Eso sí, el brocal era muy alto  y se apreciaba perfectamente que las últimas hileras eran nuevas. Medidas de seguridad o algo así, lo había catalogado Rosa.

     Los niños corrieron a esconderse entre los árboles más frondosos y se quedaron allí un rato viendo como la gente llegaba. Primero fue Adela, la molinera. Una joven hermosa y robusta que arrojó una moneda al pozo mientras deseaba en voz alta para regocijo de los niños un novio. Luego llegó Tobías, el cartero. Éste fue más pausado. También repitió la operación. Miró a todos lados como para cerciorarse de que no había nadie en los alrededores, acto seguido se dio la vuelta y arrojó la moneda al pozo mientras deseaba un coche nuevo, al parecer el suyo estaba para el desguace. Luego, Maite, la pescadera. Ésta quería un juego de cuchillos nuevo. En fin… todo un conjunto de peticiones. Los niños partidos de risa observaban día tras día las distintas peticiones, si bien hay que admitir que tal vez alguien supiese divertido que estaban allí, como el día en que el abuelo de Julia llegó y tiró una moneda deseando que esa noche su nieta llegase a cenar más temprano, y tras la petición guiñó un ojo al bosque. Vete tú a saber.

     Hasta que una noche ocurrió algo. Julia estaba dormida. Como cada noche soñó con su madre. Se encontraba en un sueño profundo donde se veía caminando hacia el pozo, pero esta vez, en lugar de esconderse ella lanzaba una moneda y pedía un deseo. Pedía que le devolviesen a su madre. Que el tiempo volviese atrás. Que aquel dolor que experimentaba se fuese. Que el culpable pagase. Que su padre regresara. Deseo, deseo, deseo. Y despertó, en mitad de la noche. Empapada en sudor y con una fuerte convicción.

     De esta guisa se levantó y con cuidado se puso los zapatos que había colocado a los pies de la cama y ni corta ni perezosa se dirigió a la cocina con cuidado de no despertar a los abuelos. Tomó una linterna y se dirigió al pozo. A estas horas nadie la vería ni la escucharía. Qué locura. Ella no creía en estas cosas. Sorprendida vio que el camino que se dirigía al pozo estaba tenuemente iluminado y no tuvo ningún problema en llegar hasta él. Por supuesto no había nadie cerca.

     Se acercó al brocal y acarició y luego besó una concha marina blanca, realmente bonita que su madre y ella habían recogido en la playa el verano anterior. ¡Qué lejos estaba el verano anterior! No tenía monedas, pero lo intentaría con aquella concha que le recordaba intensamente a su madre. Se dio la vuelta y deseó con todas sus fuerzas todo lo que había soñado que pediría al pozo. Lo gritó a viva voz, tal y como había visto hacer a las gentes de la aldea y luego en voz muy baja y con lágrimas en los ojos suplicó que todo volviese a ser como antes.

     Por supuesto no ocurrió nada salvo tal vez que le pareció ver a alguien corriendo entre los árboles. Alguien pequeño. ¡Qué vergüenza! Estaba segura de que la habían visto. Y total, para nada.

     A la mañana siguiente se levantó y como siempre se encontró con sus amigos esperándola. Este día los planes eran diferentes y fueron al pueblo a comprar unos helados. Así que tomaron el camino hacia la aldea que estaba muy cerquita. Al llegar encontraron un gran revuelo. Un señor que venía de la ciudad había tenido un problema con su vehículo y había chocado contra una esquina de la pescadería. ¡La que se había armado! Resultó ser un representante de una famosa marca de cuchillos alemanes. En compensación por el golpe además del seguro entregó a la pescadera una muestra de sus productos por si estaba interesada. El mecánico le informó de que su coche necesitaba varios arreglos y el forastero le indicó que tenía pensado cambiarlo de todas formas.

- Es una lástima -le comentó el mecánico-. Con pocos arreglos estará como nuevo. ¿Estaría interesado en venderlo?
- ¿Por qué no? -le contestó este señor–. Si a alguien le interesa.

     Y así es como Tobías el cartero que pasaba por allí se puso manos a la obra y firmó un acuerdo tras hablar con este señor y el mecánico. Se quedó con el coche, que estaba prácticamente nuevo. Y ofreció a la vez alojamiento al forastero que curiosamente iba a visitar a unos familiares de camino a la ciudad. Tenía interés porque la gente del pueblo se veía muy maja y se quedaría unos días. Por supuesto ni que decir tiene que a la vez que decía que se quedaba observaba como una mujer hermosísima paseaba por la calle cargada de harina en unos cestos que parecían pesados y decidió ayudarla. La joven era molinera. Casualidades de la vida.

     La pequeña Julia observaba como poco a poco en efecto dominó parecía que el pueblo se confabulaba con el destino y con el pozo o vete tú a saber. Porque realmente a ella no le habían devuelto a su madre. En esto que el forastero se acercó a ella antes de continuar con la ayuda a la molinera.

-Perdona pequeña. ¿Tú eres de por aquí? Verás, voy a alojarme unos días en el pueblo pero necesito encontrar a una familia. Creo que son dos ancianos, eran padres de una joven que se llamaba Nuria.

La pequeña quedó algo conmocionada ante la pregunta.

-¿Por qué desea saberlo señor?
-Es complicado pequeña. Necesito hablar con ellos urgentemente.

Sin entender muy bien la razón, guió a aquel señor hasta la casa de sus abuelos tras dejar atrás el molino. Éste llegó y se presentó como Manuel Vereda, hermano de Antonia.

-Verán, no conocen a mi hermana. He intentado ponerme en contacto varias veces con el señor Marcos Rubiales, esposo de la pobre Nuria. Pero al parecer está de viaje. Sé que lo que voy a contarles no tiene porqué interesarles pero quiero que sepan que mi hermana Antonia conducía el coche que por desgracia atropelló a su hija. En el asiento trasero iban mis sobrinos. El pequeño sólo tenía seis meses el día del accidente. Su hermana jugando le desabrochó la correa de seguridad de su silla. Ella al verlo intentó abrocharle porque a su edad no se sostiene y corría peligro. Intentó aparcar el coche a un lado pero el mismo tráfico no se lo permitió. Cuando se giró para abrochar al pequeño notó el golpe. Desde entonces prácticamente no come, no duerme, y no ha vuelto a coger en brazos a su pequeño ni a jugar con el mayor. Está muerta en vida. Sé que no tengo derecho pero quería pediros por favor que os pusierais en contacto con ella. Fue un trágico accidente y jamás podrá remediarse lo ocurrido, pero fue todo como consecuencia indirecta de una niña de tres años. La vida de su hija no puede volver, pero me temo que dentro de poco también perderé a mi hermana. Su marido y sus hijos la han perdido ya.

Al oír esto la pequeña Julia salió corriendo al pozo desesperada, llorando. Las palabras de aquel hombre habían calado dentro de ella. Esperaba que sus abuelos no hiciesen nada. Aquella mujer había matado a su madre. Llegó al pozo y se apoyó en él llorando. Al colocar la palma de la mano en el suelo se pinchó con algo. Cuando lo recogió vio que era la concha que había arrojado la noche anterior. Sorprendida la recogió y vio a Rosa frente a ella, sonriendo como siempre.

-¿Qué te pasa amiga?
- Rosa, ella me quitó a mi mama. No tiene derecho a nada
- Ella no fue Julia. Fue la mala suerte, el destino, vete tú a saber. Ella sólo intentó salvar a su hijo. ¿No habría hecho tu madre lo mismo por ti?
- Tal vez. Estoy muy confundida. Y… ¿por qué está la concha aquí? Anoche la eché al pozo.
- Lo sé tesoro. Te vi. Vigilaba tu sueño y te atraje aquí. Quería que creyeses de nuevo en algo. Quería que te dieras cuenta de que a veces las cosas pasan sin más, pero hay que intentar continuar. Hoy por ejemplo la gente del pueblo cree que el pozo ha cumplido su misión. No es así.  Todo ha sido una casualidad, o no. Pero tú, cariño, no tiraste una moneda. Tiraste un vínculo con tu madre. Y pediste con el corazón. Y el pozo te escuchó. Te da la oportunidad de entender y perdonar.

     En ese momento Julia sintió como una especie de paz por dentro. Rosa tenía razón. Iría y le diría a aquel señor que ella misma hablaría con su hermana. Le costaría trabajo pero su madre lo habría querido así. Llamaría a su padre de inmediato y le pediría que la acompañase. Era tiempo de perdonar.

  Nada más pensarlo miró a Rosa y le preguntó:

-¿Cómo que vigilabas mi sueño? ¿Cómo sabes todo eso?
-Porque tu primer deseo, cariño mío, fue el primero en cumplirse. Tu madre no se ha ido. Está contigo, en tu corazón. Y jamás se irá mientras la recuerdes con amor. No llenes tu corazón por más tiempo de dolor. Llénalo de tus recuerdos hermosos hacia ella.

Dicho esto se acercó y la besó en la frente muy cariñosamente. Julia se abrazó a ella llorando, emocionada. Rosa era la mejor amiga que nunca había tenido. Y era tan lista…

Al llegar a la cabaña estaba distinta. Radiante. Feliz. Contó su decisión a todos y sus abuelos se sintieron muy orgullosos de ella. Cuando su abuela le preguntó qué le había hecho tomar esa decisión, ella le comentó que había sido gracias a Rosa.

-¿A quien? –le preguntó su abuela-. Cariño, todos estos días te hemos visto salir sola a jugar. Pensamos que necesitabas inventarte amigos e hicimos la vista gorda, pero tú has estado todo el tiempo jugando sola.

Fue entonces cuando Julia vio la fotografía sobre la repisa de la chimenea.  ¿Había estado allí desde el principio? Jamás la había visto hasta ahora.

-Abuela, ¿de quién es esa fotografía?
-¡Ah! ¡Era una sorpresa para ti! Es una antigua foto de tu madre jugando en el patio trasero con tus tíos. ¿A que se parece mucho a ti?


    Julia observó anonadada la fotografía. En ella se veían a sus amigos, a los dos pequeños revoltosos, compañeros de juegos de aquel verano, y a Rosa. Por eso se sentía tan cercana a ella y tan a gusto con ella. Rosa era… su madre. 



Violeta

Objetivos de la semana 7

0 comentarios

Vamos a comenzar la séptima semana de nuestro proyecto salud, ¿a que no creíais que fuera posible? Pues aquí estamos, cada día sintiéndonos mejor gracias a la comida saludable y a los ejercicios que mejoran nuestra calidad de vida en general. ¡¡Seguro que ahora que nos sentimos mejor no tenemos ni una pizca de ganas de abandonar!! Así que, demos el siguiente paso:

Los nuevos objetivos son:
  • Comer dos piezas de fruta al día.
  • Comer verduras en una de las comidas principales.
  • Comer un dulce al día como máximo (o chuchería o helado o bebida refrescante).
  • Beber 2 litros de agua al día.
  • Correr (trotar) o marchar a paso muy rápido 3 días de la semana durante 40 minutos.
  • Andar una hora 2 días de la semana.
  • Realizar otro tipo de deporte 2 días a la semana.
  • Hacer 3 series de 30 abdominales antes de dormir (o después de realizar el deporte).
  • Aplicar crema reafirmante después de la ducha (para evitar estrías y descolgamientos).
  • Dormir al menos 8 horas al día.
El único cambio ha sido aumentar 10 minutitos la sesión de correr o marchar, por lo que no va a ser nada difícil cumplir los objetivos esta semana. 

Espero que tengáis unas muy buenas vacaciones. A disfrutar y ¡¡ánimo!! 

El Arte de Amar

0 comentarios


    A lo largo de la historia hemos ido cambiando nuestros hábitos y costumbres. Cierto es que en la mayoría de las cosas seguimos siendo totalmente básicos y comportándonos tal vez como en la Prehistoria. En otras cosas hemos ido avanzando. La tecnología, la ciencia, la educación… Bueno, al menos lo intentamos, sinceramente en los últimos tiempos no estoy tan segura de que hayamos avanzado tanto, si seguimos así el siguiente recorte va a ser cerebral, no vaya a ser que nos sublevemos, pero bueno, ésa es otra historia.

   El arte de amar ha existido siempre desde tiempos inmemorables. Realmente todos hemos escuchado como en la Prehistoria un señor que amaba a una señora lo tenía más o menos fácil en un sentido, es decir, con arrastrarla por los pelos hasta su caverna tenía prácticamente todo el cortejo hecho. Es más, lo mismo no tenía ni que amarla, simplemente estaba ahí el instinto básico. Bueno, ésa es la parte fácil, pero sinceramente hay que reconocer que este mismo señor que arrastraba a nuestra dama en cuestión por los pelos también tenía que ganar el sustento con una lucha encarnizada cuerpo a cuerpo con la bestia correspondiente. Por supuesto también existía la pesca, no vamos a ponernos ahora melodramáticos. En general no debía irles tan mal porque la especie humana no se ha extinguido (todavía). Pienso que en la Prehistoria el arte de amar era directo y básico si bien os confieso que no me gustaría que nadie me cortejase de esa manera.

     Evidentemente el hombre en su inmensa sabiduría comenzó a ser más civilizado. Por supuesto empezó a inventar, descubrir, analizar… empezó a complicarlo todo aunque bien cierto es que sin esos inventos, descubrimientos y análisis no habríamos podido llegar hasta nuestros días e indudablemente no disfrutaríamos de todas las comodidades actuales que poseemos una parte de la humanidad. Sí, he dicho una parte. Hay otra parte que lo está pasando francamente mal, quizás incluso peor que en la Prehistoria, y como sigamos así posiblemente de aquí a nada todos estemos peor que entonces.

     Pero bueno, a lo que nos referíamos, la cosa se fue más o menos complicando y a la vez adornando. Tras la prehistoria vinieron épocas más sofisticadas. Negadme si podéis el romanticismo por ejemplo del Arca de Noé. La humanidad comete una barbaridad tras otra. En un momento dado nuestro creador decide que necesitamos una pequeña lección y decide abrir el grifo celestial.  Para ello mete en un arca a multitud de especies animales, por supuesto emparejadas para su posterior procreación. Éste tema me deja algo más tranquila que el principio de los tiempos pues en éste caso la familia de Noé lo tiene más o menos sencillo. Es decir, os imagináis… “Querida, ¿Dónde quieres que cenemos esta noche, en la proa, o tal vez en la popa? Casi segura estoy  que la dama en cuestión tendría que plantearse tan difícil situación. Pero bueno, ésa es otra historia. Y bueno, qué decir tiene el entretenimiento tras la cena romántica, sin televisión ni Internet, ni siquiera algún librillo con el que distraerse… pues en algo tenían que entretenerse las criaturas, digo yo.

     Quiero deciros que básicamente el arte de amar se basa en algo tan sencillo y simple como que dos personas se quieran. ¿No es así? Tal vez no. Tal vez la cosa se complique un pelín con otros adornos de la vida como los celos, envidias, coqueteos, el aburrimiento… en fin, vete tú a saber. A la especie humana nos encanta complicar las cosas porque es como añadir un poquitín de sal a la vida, un poquitín que a veces pesa cuarenta kilos y nos puede causar daños físicos, pero qué más da, ¡vivan las complicaciones!

     La Edad Media. Por favor, tiempo de Renacimiento, de conquistas, de romances que trovadores cantaban sin cesar. Hermosos caballeros de bucles rubios que eran capaces de enzarzarse en guerras sin igual y luchar hasta morir eran a la vez provocadores de los suspiros de damas que aguardaban ansiosas su regreso en las almenas de los castillos. Cosiendo, suspirando, volviendo a coser, volviendo a suspirar… ¡Qué época aquella! Sus torneos, sus flirteos… claro que aquí hablamos de las damas. No hablamos de las pobres muchachas pobres que no tenían donde caerse muertas, nunca mejor dicho y tenían el privilegio de ser monas. El señor feudal correspondiente decidió hacer un mandato muy justo y conveniente para él, algo así como el “Derecho de Pernada”. Joven que se casaba, joven que pasaba su noche de bodas no junto a la persona con la que había decidido compartir su vida, por cierto, no por decisión propia, sino por decisión de sus progenitores o de la cantidad de cerdos que poseyese…, sino con el señor feudal correspondiente. Aquí te pillo, aquí te mato. Viva el romanticismo en todo su esplendor. Ahora que lo pienso con las modernidades de la época tenía que haber cantidad de chavales y chavalas en el pueblo que se pareciesen al señor feudal. En fin, ésa es otra historia.

     Y luego… bueno, comienzan los tiempos a cambiar y comienza a resurgir nuevas formas de amar. La mujer empieza a hacerse notar. Cuántas historias hemos escuchado referente a romances en los que los caballeros más que hombres eran alguna especie de arácnido o de superhéroe  que trepaban por las paredes, almenas, o por dónde hiciese falta y entraban por los balcones de las damas que suspiraban ansiosas su llegada. Curioso es. Hoy en día si un hombre tiene que subir por una fachada necesita al menos un arnés y un sindicato que lo respalde si se rompe la espalda. En aquella época claro está no subían a arreglar una teja rota o una farola, subían a arreglar otros menesteres, más bien a sofocar determinadas necesidades y calores de algunas damas y evidentemente de los propios caballeros. Era todo muy romántico, sobre todo si el marido de más de una no los pillaba. Quién no ha oído hablar de nuestro D. Juan Tenorio, o del Sr. Casanova italiano.

     En fin, con la de ropa que utilizaban en aquellas épocas. ¿Os imagináis lo complicado que todo se ponía? Pero el amor puede con todo, o con casi todo, que más de uno creo que la palmó intentando encontrar qué había tras todas aquellas capas de ropa para luego encontrarse con que el último baño se lo habían dado hacía ya… digamos tiempo.

     Pero bueno, centrémonos hace bastantes menos años. En tiempo de nuestros abuelos el cortejar a una dama era también algo complicado. Cuántas veces hemos oído lo de que sólo podían verse los enamorados a través de una reja. Y sin embargo, embarazos había, con lo cual me queda una duda importante. ¿Eran rejas abatibles? ¿Eran los amantes contorsionistas? ¿Tal vez se buscaban la forma de verse sin reja entre ellos? Me inclino por la última opción, sinceramente, es la más práctica aunque no desde luego la más divertida.

     ¡Que complicado todo! Los abuelotes se casaban y comenzaba el jolgorio. Niños, niños, niños, niños… y entre parto y parto por supuesto todo lo demás. Sin colegios, sin apenas sanidad… y bueno, las mujeres se casaban y pasaban al estado “decente”. La mayoría ya tenía a su hombre sujeto y empezaban algunos cambios físicos que no se daban en todos los casos pero sí en una buena parte. Ella engordaba un poquitín, el echaba al romanticismo de su vida, ya no hacía falta usar carmín que era caro y él decidía que el bar era un lugar genial donde reunirse con los amigos y quitarse el estrés. Ella se quitaba el estrés  la mayoría de las veces puliendo el suelo. En fin amigos, tal vez sea un poco exagerado y además suena algo machista y estoy segura de que no era del todo así. Él también podía sentarse tranquilamente un rato al final del día y a ella el día no se le terminaba, y encima, la mayoría de ellas estaba casi siempre despeinada. Hay que ver qué poca consideración. Sin embargo, siempre quedaba tiempo para hacer otro hijo, que todas las manos eran buenas.

     Curiosamente, los matrimonios duraban para toda la vida o para casi toda ella. Cierto es que cada uno se acoplaba a su parte de aquel contrato que habían firmado. No digo que no hubiese matrimonios que se amasen con locura, por favor, una cosa no quita la otra. Pero sí que normalmente el ritmo de vida era algo intenso en cuanto a quehaceres diarios y al número de hijos que se tenían. No existían las comodidades actuales y  el trabajo tanto en la casa como fuera de ella era más complicado que ahora. Y los matrimonios duraban, no sabemos si debido a que el amor era de otra manera o porque no tenían tiempo ni para discutir. Vete tú a saber.

     Y luego nos queda nuestra época actual. ¿Verdad que ahora todo es maravilloso? La cosmética, el deporte, los llamados hobbies, todo eso nos ayuda a sentirnos bien y realizados, seamos hombre o mujer. Hoy en día el cortejo es algo diferente. Está quien puede conocerte y enamorarse de ti, o está quien te conoce vía Internet o a través de una agencia de contactos.

     Los seres humanos nos hemos vuelto personitas muy ocupadas. Tenemos una agenda repleta, compromisos por doquier. Incluso nuestros hijos pequeños tienen una serie de actividades extraescolares increíbles antes, ni tan siquiera, de empezar en el colegio. Todo está más o menos medido y en el tema amoroso ahora todo es más complicado. Hay que destacar que hoy por hoy la mayoría de los cortejos necesita una cuenta corriente que lo apoye porque los almuerzos, cenas, regalitos de aniversarios, vacaciones… todo ello no cae del cielo, y al paso que vamos con tanta crisis, nos cortarán la luz y tendremos que volver a la época sin televisión. Uy, uy, lo mismo aumenta la natalidad de nuevo. Eso sería otro problemilla, porque hoy en día un niño de ocho  años debe tener al menos conocimiento de un idioma y medio, practicar deporte, tener soltura en el colegio, ajustarse a la rutina y horarios de sus padres… todo pequeño que se precie debe tener al menos actividades extraescolares durante cuatro días a la semana aparte de sus catequesis y otras tareas varias. Pero, ésa es otra historia.

     Volvamos al tema que nos ocupa. Hoy por hoy no basta con que un hombre trepe por un balcón. Es más, si lo hace llamamos inmediatamente a la policía local o a la Guardia Civil, que hay mucho loco suelto.

     En el caso de las mujeres es importante sentirnos total y absolutamente amadas. Nuestro hombre ha de ser un poco heroico, parecerse un poco a nuestro actor favorito, estar cachas o tener una parla impresionante. Tampoco debe saber tanto de la vida, con que tenga una buena cultura, sea un buen fontanero, electricista, mecánico, albañil y sobre todo, cocinero es suficiente. Si además maneja el arte del plumero y es capaz de sentarse a hacer los deberes con sus hijos, es realmente un hombre maravilloso. Si sabe poner lavadoras y hacer la compra es simplemente perfecto. También ha de entendernos en lo más básico, es decir, no sólo ha de ser buen amante, sino que también ha de ser mejor compañero, detectar nuestros cambios de humor y comprenderlos, acompañarnos a los lugares en los que queremos compañía y dejarnos solas cuando queremos nuestro espacio vital… No sé, ciertamente es fácil hacernos felices a las mujeres. Si además añadimos una pizca de gimnasio, un mucho de detalles y una sonrisa de infarto, tenemos al hombre pasable.

     En el caso de los hombres es importante que las mujeres seamos inteligentes pero a la vez que no vayamos a ser demasiado eruditas que eso le da dolor de cabeza a cualquiera. Por supuesto en una mujer es importantísimo el gimnasio y la peluquería, porque la ley de la gravedad no es igual en hombres que en mujeres. Un ejemplo. Un hombre tiene barriga cervecera o engorda tras el matrimonio, y es normal. Es la barriguita de la felicidad, símbolo inequívoco de que es feliz la criatura. Una mujer tiene barriga cervecera o engorda tras el matrimonio y es una dejada que además tiene un vicio horrible de tomar más cervezas de las que su cuerpo admite. Pero bueno, éstas son otras historias.

     Lo cierto es que hoy por hoy los matrimonios ya no duran como antes. Muchas parejas se casan a los 30 o a los 40, o a los 50… en lugar de a los 20 de antes y sin embargo se agotan antes. Hay estudios de compatibilidad, se habla mucho más que antes, los noviazgos son eternos… y sin embargo, hay parejas que duran y parejas que no. ¿Por qué? Pues ni pajolera idea. Lo cierto es que cada vez hay más rupturas, aunque eso no significa que no existan las parejas para toda la vida.

     Luego están las segundas oportunidades, o las terceras… en fin, oportunidades a doquier. Se puede conocer gente por todas partes si eres un poco despierto y también están las relaciones en las que puedes “intimar” aunque luego si te he visto no me acuerdo. Vamos, que los tiempos han cambiado un poquitín.

     Tengo que tirar sin embargo una lanza por los tiempos actuales. Es cierto que todo se ha complicado un poco pero hoy por hoy existe lo que se llama “comunicación” a igual nivel en la mayoría de los casos. Tal vez por eso ahora se rompen más matrimonios, porque antes, te iba mal y te aguantabas. Ahora las personas buscan la felicidad y para ello si no les va bien lo intentan de nuevo.

     Realmente, el amar a alguien es un arte que hay que desarrollar poco a poco, mimar y recrear, pero sobre todo, hay que valorar mucho a la otra persona y a la vez, hacerse valer. Parece complicado, pero quizás sea lo más fácil de todo. Al fin y al cabo con la persona a la que amas sólo tienes que ser tú mismo. Funcionará. Si no lo hace, es que no es tu mitad o como quieras llamarlo. Os animo a que los que no tenéis la suerte de vivirlo lo intentéis, que al fin y al cabo, con complicaciones o sin ellas, vida no hay más que una.  ¡Suerte!


Violeta

Objetivo de la semana 6

0 comentarios


La sexta semana de nuestro proyecto salud está a punto de comenzar y con ello nuestro nuevo plan de objetivos. Ahora más que nunca hay que ser fuertes, ya que, si hemos conseguido superar las tres primeras semanas del mes de julio (con todo lo que eso conlleva: piscina, playa, salidas...) ¡¡podemos con todo!!

Los nuevos objetivos son:
  • Comer dos piezas de fruta al día.
  • Comer verduras en una de las comidas principales.
  • Comer un dulce al día como máximo (o chuchería o helado o bebida refrescante).
  • Beber 2 litros de agua al día.
  • Correr (trotar) o marchar a paso muy rápido 3 días de la semana durante 30 minutos.
  • Andar una hora 2 días de la semana.
  • Realizar otro tipo de deporte 2 días a la semana.
  • Hacer 3 series de 30 abdominales antes de dormir (o después de realizar el deporte).
  • Aplicar crema reafirmante después de la ducha (para evitar estrías y descolgamientos).
  • Dormir al menos 8 horas al día.
Pasito a pasito se hace el caminito. Este será nuestro lema hasta el final del verano y por eso los únicos cambios que se meten son 5 abdominales más en cada serie y 10 minutitos más de correr o marchar a paso muy rápido. 

Recordad que con estos pequeños cambios casi no se nota el cambio de lo que ya llevamos recorrido (nuestra rutina) y no lo dejaremos.

Por último, una pequeña gran nota: EL SEDENTARISMO CAUSA MAYORES PROBLEMAS DE SALUD A LARGO PLAZO QUE EL TABAQUISMO. 

Esto debe ser motivación suficiente. ¡Ánimo y mucha suerte!

El Hombre del Saco

0 comentarios



     ¿Cuántas veces nos han hablado del hombre del saco? ¿Cuántas veces nuestras madres nos asustaron con lo de que venía y nos llevaba en su enorme saco? Es curioso, con los años uno piensa, ¿Y como iba a meter a tanta gente en el saco? Y además, ¿cómo iba ese pobre hombre a costear el llevarse a tanta gente? Sinceramente, ya no se habla tanto de él. Muchos pensaréis que es debido a que con la crisis no puede permitirse el lujo de ir secuestrando gente por ahí, a diestro y siniestro, pero la realidad es muy diferente. No se lleva a nadie porque ya no lo necesita. ¿No me entendéis? Pues tranquilos, que os lo explico lo más sencillamente posible.

     Hace muchísimo tiempo en una pequeña aldea de algún lugar inexistente, existía una familia tan pobre que por carecer, carecían hasta de nombre.

    El cabeza de familia, León, era un hombre sin embargo conocido en el lugar por tener la inmensa suerte de ser un gran deportista. Era capaz de llegar corriendo desde una aldea hasta la más cercana en prácticamente un par de zancadas. Sus piernas no tenían músculos, eran un músculo con forma de pierna. Su torso era realmente increíble, comparable tal vez con un buen muro. Y por si su musculatura no le hubiese granjeado con más de una dama algún intento de formar una familia, su sonrisa era de infarto.

     Su esposa, Beatriz, era conocida en todo el reino por su belleza. Mujer realmente hermosa cuya fama se había extendido desde uno al otro confín. Pobre como una rata no soñaba con casarse con algún miembro de la realeza. Ni siquiera con algún soldado competente. Teniendo en cuenta que en aquella época la categoría personal se medía por la familia a la que perteneciese y a la vez, los hijos que no pertenecían a la realeza o nobleza eran soldados o sacerdotes, y teniendo en cuenta a su vez que Beatriz no tenía la oportunidad de contraer nupcias con alguien tan insigne, decidió casarse con León, que al fin y al cabo era un chaval majo, con buenas piernas, buen corazón, buena sonrisa y que al fin y al cabo le había dado a Beatriz unos cuántos motivos para querer unirse a él “de por vida”.

     De un hombre tan viril y fuerte y de una mujer tan dignamente hermosa debían nacer por fuerza hijos fuertes y guapos, tal y como mandaba la cuestión. Pero a veces la vida es un poquito bromista y nos depara algo que no esperamos. Julián, el primer hijo de esta singular pareja era guapo y parecía tener aptitudes al igual que su padre. María, la segunda hija de este matrimonio era bella como su madre, esbelta y soñadora. Pero Hugo… ésa fue otra cuestión. El destino a veces quiere jugar, y en aquella ocasión jugó, ya lo creo que jugó. Hugo era un chico “incómodo de ver”. No era feo, era más bien raro. Y bastante enclenque además. Vamos, que las malas lenguas del lugar no soltaron más habladurías porque en aquella época no existían los programas de cotilleo y los juglares tenían sus limitaciones.

      De esta forma Hugo se sentía un poquitín incómodo cuando iba a la aldea. Los demás chiquillos se burlaban de él y hasta le tiraban algún que otro tipo de alimento, cosa que tampoco estaba tan mal porque al fin y al cabo, falta les hacía en su cabaña. Sin saber muy bien cómo, el que Hugo fuese tan “incómodo de ver” les ayudó un poco en su economía familiar.  En fin, cosas que tiene la vida y el destino, que también tienen ganas de jugar.

      De esta guisa Hugo fue creciendo y la cosa se complicó. Ciertamente no había heredado la belleza de su madre, pero si se adivinaba en él algo del porte de su padre. Si bien de pequeño había sido bastante enclenque, y de hecho, al mirarlo no se le adivinaba demasiada musculatura, cierto era también que esos palillos que tenía por brazos y piernas eran más fuertes de lo que a simple vista se adivinaba. A veces, era capaz de cargar con sus dos hermanos a la vez, y no es por nada, pero si bien Julián era un chico esbelto, María ya no era tan esbelta como al principio. Igual de bella o más, pero un poquito regordeta, ciertamente.

    La gente del pueblo que al fin y al cabo se habían acostumbrado a la cara de Hugo, empezaron a llamarlo para trabajitos varios de fuerza. Trabajitos que Hugo hacía sin protestar, cosas pequeñitas, como mudar una carreta que se había quedado sin ruedas de un lugar a otro ahí a lo bestia, a pulso. O como aquella vez que lo llamaron para portar las alpacas de heno, y nuestro querido Hugo decidió que terminaría antes si cogía las mismas de diez en diez, en lugar de una a una como hacía la gente normal.

      En fin señores, que la envidia es muy mala, y sin bien nadie envidiaba la cara de Hugo, cierto es que su fama de fortachón empezó a extenderse por todo el reino. La idea era incluso que Hugo pasase a prestar su servicio de forma remunerada, a cambio de algunos huevos, o incluso gallinas, o algún que otro cesto de fruta. Realmente su familia dejó de pasar hambre.

       Pero lo mejor vino después. A un graciosillo vecino de la aldea se le ocurrió que Hugo podía ganarse la vida asustando a los niños. Sí, sí, amigos míos, habéis escuchado bien semejante barbarie. Este buen señor que no era más que un amargadillo de la vida que no soportaba el ruido de los chiquillos jugando en lo que ellos denominaban calles. Si bien de todos era sabido que las llamadas como tales no eran más que un cenagal asqueroso, y que los chiquillos no dejaban de tirarse al suelo empujándose unos a otros y refregándose contra todo hasta el punto de tirar en más de una ocasión algún puesto o caseta mal instalada. Por todo ello, un día en que este buen señor le había dado un poquitín de más a la jarra del zumo de la uva, decidió que Hugo podía presentarse por las noches en las aldeas y dar un sustillo a aquellos niños más revoltosos.

    Ni que decir tiene que al principio Hugo se opuso rotundamente. Pero la curiosidad fue muy fuerte y él pensó que tal vez no le vendría mal tener para variar algo de dinero en lugar de huevos o gallinas. Quién sabe, pensó, tal vez su fama llegase a la corte y pudiese “asustar” a niños más nobles e incluso principescos, vete tú a saber.

      Así, de una forma sencilla y práctica, Hugo comenzó con su empresa. En el desempeño de la misma se llevaba un viejo saco que tenía su madre para poder guardar en él los pagos que le hiciesen en especie. De todos era sabido que no todos tenían dinero, y había que entender que algunos pagasen su trabajo en especie. Además, ya dice el dicho, quizás proveniente de ésta época y situación, que la avaricia rompe el saco y Hugo no podía permitirse un nuevo saco, así que cargado con su cara “incómoda de ver” y su particular forma de moverse, todo ello removido con la gracia que le aportaba el viejo saco raído a su apostura, hizo que naciese el primer “hombre del saco”.

     Ahora es cuando ustedes pensarán que jamás oyeron contar tan absurda historia. Por favor, no se desesperen aún. La historia no ha terminado, porque no se si les habré comentado, que a veces la vida y el destino tienen ganas de jugar. Ejem, continúo, que a veces desvarío.

     Hugo comenzó a hacerse un nombre como “el hombre del saco”. Y en ello estaba cuando un día llegó a un nuevo pueblo un poco mayor que los demás. Como siempre que llegaba a un sitio nuevo se dirigió a la persona que se encargaba de “dirigir” el pueblo Por supuesto, hablo de personas normales y corrientes, pequeños carguillos, que a la realeza nuestro querido Hugo ni se le ocurría acercarse, no fuese que un rey loco decidiera colgarlo o quemarlo por feo y raro.

      En estas meditaciones iba nuestro amigo cuando en un río vio algo que jamás pensó que vería. Bañándose, desnuda por supuesto, había una joven tan hermosa que ni su madre ni su hermana podían competir con ella. La joven nadaba y nadaba en aquel río, en el que para su desgracia el agua estaba turbia y no le dejaba ver lo que quería con total claridad, pero no había que ser muy listo para saber que aquella joven debía de ser perfecta en más de un sentido.

      Arrebolado decidió que debía marcharse de allí con presteza porque si ella lo veía empezaría a gritar de seguro y se montaría una buena. Preocupado por todo esto decidió en un gesto impulsivo y aprovechando que aún el saco estaba vacío ese día colocárselo en la cabeza como una especie de caperuza. El saco estaba tan viejo y raído que le permitía ver a pesar de todo. Se lo sujetó todo lo mejor que pudo y se apresuró a esconderse de todas formas tras un árbol por si la divina providencia le agasajaba su tormentosa vida con una hermosa visión de aquella doncella al salir del agua.

      Recolocándose se hallaba cuando escuchó una especie de grito proveniente del agua para percatarse con absoluto asombro de que la joven tenía problemas y hacía unos movimientos muy extraños para aquella época. En nuestros días habría sido algo parecido al break dance acuático. Sin dudarlo un solo segundo corrió hacia ella sin pensar que tenía aquel feo saco sobre la cabeza y que por ende, no sabía nadar. ¡Que desastre! Imagínense si pueden por un instante qué debió sentir aquella joven cuando vio que un saco con patas se dirigía a toda prisa hacia ella vociferando y haciendo unos movimientos realmente extraños para además hundirse, toser, manotear, volverse a hundir… vamos que el saco con patas se estaba ahogando. Y es que amigos míos, nuestro Hugo era tan bueno que se le olvidó el pequeño detalle de que no tenía ni pajolera idea de nadar.

      La joven que simplemente se había asustado porque algo había rozado su piel bajo el agua reaccionó de momento y procedió a ayudar a aquel extraño sujeto que ciertamente la intrigaba sobremanera. Cuando le echó literalmente mano para sujetarlo, el dichoso saco empezó a manotear de nuevo y al hacerlo rozó partes del cuerpo de la muchacha que propiamente no debió rozar. Sin embargo, Hugo que no era tonto, alucinado como estaba se tranquilizó un poco al notar determinada protuberancia en su mano, y si bien retiró la misma como si de fuego se tratase, esto ayudó a la joven a sacarlo a la orilla. En estos menesteres estamos cuando los lacayos y doncellas de la joven al escuchar tal alboroto, acudieron prestos a ver que ocurría encontrándose la extraña situación.

       La joven decidió que el saco lo necesitaba más ella que él. Al fin y al cabo, iba como su madre la trajo al mundo y no era digno de una dama. Presta, le dio un tirón a la cuerda que sujetaba el saco en su sitio y lo arrancó de la cabeza de Hugo para colocarlo de tal forma que tapase lo mejor posible sus partes púdicas.

       Al hacerlo tanto Hugo como ella se quedaron petrificados. Él por el susto, el sobresalto, el recuerdo de aquella protuberancia… ella porque la cara de Hugo era… ¡magnífica! ¡Cómo podía existir un hombre tan guapo en el mundo! ¡Señor, era perfecto!

      Se quedó ahí parada como una tonta mirando embelesada a aquel hombre que tapaba aquel maravilloso rostro con un saco. Debía estar loco. Era la única explicación posible. Sus rasgos eran tan… varoniles. Su nariz aguileña, sus profundos ojos, esa mandíbula cuadrada… era perfecto. Y su cuerpo… tan esbelto…

       Hugo no daba créditos a lo que estaba ocurriendo. Al fin y al cabo en un par de microsegundos aquella muchacha se pondría a gritar como una histérica. Seguro. Y encima no podía quitarle el saco porque la chavala en su afán de salvarle la vida no se había puesto aún la ropa. Pero aquella muchacha no gritó. Al contrario, le miraba de una forma extraña que le hizo sentir un cosquilleo inminente. Algo no iba bien. Ya conseguiría un saco en otro sitio, debía huir de ahí inmediatamente.

    Por ello, ni corto ni perezoso se levantó del lugar correspondiente, aún tosiendo y babeando, bonita imagen por cierto. Se alejó de la joven, humillado, asustado y sintiendo algo extraño, nuevo y diferente. Por una vez en su vida deseó con una fuerza bestial ser guapo. Ella se quedó allí pasmada como si de una piedra se tratase. Cubierta con aquel saco asqueroso y con la boca abierta en una actitud de incredulidad. Cuántas veces le había pedido a las estrellas que les mandase un hombre diferente a los demás. ¿Cuántas? ¿Decenas? ¿Centenas? ¡Miles! Ella no quería un guapito de cara como los esposos de sus hermanas. Quería un hombre de aspecto duro y fuerte que proclamase seguridad.

      Así que como a veces la vida y el destino quieren jugar, ambos se quedaron marcados por aquel momento. En el caso de Hugo la cosa fue terrible ya que decidió partir lo más lejos posible a fin de evitar futuras vergüenzas mayores.

      Pasó cuatro días en una aldea cercana y decidió que debía volver a casa. Su espíritu estaba dañado y ya no le satisfacía hacer su trabajo. Además, eso de coger a los niños, meterlos en el nuevo saco que era más áspero, gordo y resistente  era un rollo. Tenía que soltarlos antes porque corrían el peligro de asfixia y no era lo mismo. Necesitaba otro viejo saco raído como antes, de esta forma podía retener a los chavales un rato mayor y los asustaba más dejándolos en la puerta de su casa a altas horas de la noche.

      Ya regresaba a casa cuando al cruzar el bosque fue apresado por unos soldados. No tenía ni idea de por qué. No había hecho nada malo. Sólo su trabajo. El temor le invadió las entrañas. Recordó de nuevo a la joven y pensó que tal vez ésta malinterpretase su manoteo en el agua y su roce involuntario de lo que no debía. De todas formas decidió no forcejear. Sabía perfectamente que con su fuerza podía tirar a todos aquellos soldados al suelo como si fuesen de juguete. Pero algo en su interior le apercibió que se abstuviese de ello.

     Al llegar al pueblo y entrar en el castillo esperó con temor el momento en que sería arrojado al calabozo. Pero ese momento no llegó. Al contrario, lo llevaron directamente al salón del trono donde su Majestad el Rey le habló directamente.

-¡Eh! ¡Tú! ¿Cómo te llamas, plebeyo?
- Hugo, Majestad.
- Te preguntarás que haces aquí.
- Sí señor, así es.
-¿Recuerdas a mi hija Mónica?

     Al decir esto, Hugo se atrevió por primera vez a levantar la cabeza. Un ¡ohhhh! Se extendió por toda el salón del trono. Hubo quien incluso retrocedió varios pasos por si la fealdad se contagiaba. Pero él no percibió nada de esto. Sus ojos estaban fijos en aquella joven hermosa y bella que días antes había visto en el río. ¡Vaya por Dios! ¡Era la hija del rey! ¡Iban a colgarlo!

    A punto estaba de hacerse en los pantalones algo indebido para cualquiera, no sólo para un caballero, cuándo el rey bajó presuroso los escalones que los separaban y se abrazó a él con gran estruendo en el resto de la sala.

-¡Gracias hijo mío! ¡Gracias por salvarle la vida a mi hija en el río!

     Tras volver a colocarse la mandíbula en su sitio, pues justo es decir que se le cayó de pura incredulidad, iba a aclarar la situación con el rey cuando se fijó de nuevo en el rostro de la princesa. Estaba… ¡feliz! Ella lo había planeado todo. ¡No le temía! ¡Le gustaba! Por fin le gustaba a alguien, y nada más y nada menos que a una princesa bella y hermosa.

      La joven se acercó a él y le tomó las manos.

-Joven caballero. Gracias por salvarme en el río. Por favor, permitid que mi padre os lo agradezca quedándoos a cenar. Sabemos de vuestra importante labor en el reino, pero os agradeceríamos que nos acompañarais en el banquete que vamos a ofrecer en vuestro honor.

Al oír las palabras de la reina, los nobles, damas y demás asistentes a este acto quedaron estupefactos, pero eso sí, como dignos “pelotas” de sus majestades, guardaron silencio y aceptaron a Hugo como uno más.

La princesa estaba realmente alucinada con aquel hombre que se veía tan fuerte y diferente a los demás. Hugo estaba tan emocionado por primera vez en su vida que no se molestó en desmentir lo ocurrido. Total, qué más da. Tanto monta, monta tanto.

  En poco tiempo se celebraron los esponsales de Hugo y Mónica. La familia de Hugo no podía dar crédito a lo que veían. Pero así era. Aquel chaval había llegado a ser nada más y nada menos que el príncipe del reino.

  Sobre las futuras generaciones es mejor no hablar ahora. Sólo puedo adelantaros que yo escuché hablar del hombre del saco y no soy de la Edad Media. Algo me dice que los hijos de esta pareja singular no fueron todos guapos y que la tradición familiar se siguió llevando a cabo. Sinceramente, no lo sé. Tampoco me interesa porque al fin y al cabo me conformo con saber que los feos podemos llegar muy lejos.

    Y colorín colorado, esta historia se ha acabado. 




Violeta

Objetivo de la semana 5

0 comentarios

¡¡¡Por fin hemos cumplido un mes de nuestro proyecto salud!!! Al principio fue algo duro pero ya pasó ja, ja. Llegados a este punto deberíamos repasar los objetivos que queríamos alcanzar cuando comenzamos y ver nuestros progresos, que son muchos.

Este mes ha sido para coger el hábito y acostumbrarnos a movernos un poco, dejar la vida sedentaria y cuidarnos por dentro al igual que por fuera, que eran nuestros objetivos a alcanzar a corto plazo. Para alcanzar los de a largo plazo hay que modificar nuestros objetivos de la semana para ir un poco más allá.

Los nuevos objetivos son:

  • Comer dos piezas de fruta al día.
  • Comer verduras en una de las comidas principales.
  • Comer un dulce al día como máximo (o chuchería o helado o bebida refrescante).
  • Beber 2 litros de agua al día.
  • Correr (trotar) o marchar a paso muy rápido 3 días de la semana durante 20 minutos.
  • Andar una hora 2 días de la semana.
  • Realizar otro tipo de deporte 2 días a la semana.
  • Hacer 3 series de 25 abdominales antes de dormir (o después de realizar el deporte).
  • Aplicar crema reafirmante después de la ducha (para evitar estrías y descolgamientos).
  • Dormir al menos 8 horas al día.
Aquí está la temida carrera en lugar de la caminata, pero sólo serán 20 minutos durante tres días de la semana y no se va a notar la diferencia después de haber cogido el hábito de andar durante una hora esos tres días. Visto desde el lado bueno, estamos ahorrando tiempo je, je.

Puede que lo de dormir 8 horas suene repetido y mucha gente lo considere innecesario para el proyecto salud, pero es uno de los pilares fundamentales de la salud física y mental. Durante el sueño prácticamente todas las células del cuerpo se regeneran y se restauran los niveles apropiados de todas las sustancias necesarias para vivir que tenemos en nuestro interior, por lo que siempre hay que tenerlo muy en cuenta y no menospreciarlo.

Dicho todo esto, ¡¡buena suerte esta semana!!